LA TRAMPA DE LO RÁPIDO Y FÁCIL
Le reto a hacer la siguiente prueba: acceda a cualquier red social, cualquier día de la semana a cualquier hora. Valen todas: Instagram, Twitter, LinkedIn, TikTok… Incluso, en ocasiones, podrá usted verlo en páginas web de todo pelaje y condición. Haga la prueba donde le plazca y se dará cuenta de una realidad incontrovertible: vivimos atrapados en la tiranía de lo fácil y lo rápido. Aprenda usted un idioma perfectamente en dos meses, adquiera conocimientos de inversión suficientes para hacerse multimillonario en semanas o procúrese la información necesaria sobre prácticamente cualquier disciplina en 80 horas de vídeo que podrá consumir en dos fines de semana. Comunicaciones de este tipo proliferan en el mundo digital (y el no tan digital) aprovechándose de nuestra natural tendencia al mínimo esfuerzo. Y así nos va, claro.
Pero yo, como ya se imaginará, no me resigno. Me niego a aceptar que el aprendizaje se reduzca a empaquetar una serie de contenidos de nula profundidad, y sólo aparente utilidad, con el único criterio de que la inversión en tiempo no sea demasiado exigente. Como si alguien fuese a sufrir una indigestión de aprendizaje. Por ahí no paso. Me aferro como un koala a su rama de eucalipto y no me van a arrancar de este lugar por mucho que las modas se empeñen. De hecho, en la comunicación de mis cursos y formaciones suelo advertir, precisamente, de todo lo contrario: no es fácil, no es rápido, no hay fórmulas mágicas, no hay atajos. Pero, eso sí, lo aprendido dura toda la vida.
Y es que dice el refranero español que «Lección bien aprendida, tarde o nunca se olvida». Qué pocas veces se equivoca el refranero, por cierto. Es innegable que la pausa y la reflexión en el proceso de aprendizaje favorecen la adquisición de conocimientos. Nuestro cerebro necesita tiempo para desarrollar las conexiones neuronales adecuadas y encontrar acomodo a la nueva información obtenida. En ocasiones, y no pocas, incluso la discrepancia sobre la perspectiva utilizada, los ejemplos expuestos o los datos aportados por el docente ayudan también a construir un conocimiento sólido y duradero en la mente del estudiante. Aunque hoy eso no se estila.
Las redes sociales, el entorno social predilecto de nuestros jóvenes y menos jóvenes, son el ejemplo perfecto de esto mismo. Vídeos que no llegan al minuto, textos reducidos a la mínima expresión, párrafos cuya extensión no supera una frase, frases construidas con un verbo como máximo, verbos elegidos entre unos pocos que, sobre todo, resulten fáciles de entender a cualquiera… todo ello atrofia nuestra mente. Atrofia nuestro entendimiento. Y atrofia también nuestra capacidad de aprendizaje y de enfrentarnos a la realidad cotidiana con espíritu crítico.
Cuando hablo de este asunto con alumnos o amigos me encanta poner siempre el mismo ejemplo: Leonardo da Vinci. A estas alturas, nadie puede discutir el genio de da Vinci, un visionario multifacético que, entre otro millar de cosas, sin considerarse pintor cambió la historia de la pintura para siempre. Bien, pues el genio que cambió la historia de la pintura para siempre pasó no menos de seis años (¡seis años!) como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio antes de establecerse por su cuenta. Seis años de trabajo inagotable, esfuerzo diario y actividad, muchas veces, iluminada por la exigua luz de unas pocas velas. Entonces, si la etapa de Leonardo da Vinci como aprendiz constó de más de dos mil días, ¿es razonable que alguien plantee aprender cualquier disciplina mínimamente valiosa (y que perdure lo suficiente como para considerarlo un aprendizaje y no la mera absorción temporal de información) en dos meses, tres semanas o cuatro días? Parece lógico pensar que no.
Llegados a este punto, está claro que a los estudiantes, alumnos o diletantes en cualquier campo no les favorece esta modalidad de aprendizaje urgente y comprimido. Un acercamiento tan somero como el que obligan a realizar este tipo de propuestas comerciales no buscan el aprendizaje. Buscan, en cambio, el beneficio económico, o al menos eso me resulta meridianamente claro a mí. Por eso las llamo propuestas comerciales y no propuestas pedagógicas, porque no sólo no hay (porque no puede haber) aprendizaje, sino que el único beneficiado es el vendedor. El que comercializa el curso. El que despacha las formaciones como quien vende lechugas. La encarnación de la tercera pata del diabólico trípode que nos esclaviza: la obsesión enfermiza por el dinero.
Rapidez y facilidad son conceptos que, cuando se asocian con el dinero, dan lugar a no pocos problemas. Ejemplo claro y crudo: las drogas. No hay dinero más fácil ni más rápido (al menos, del que yo tenga conocimiento) que el que proporciona el mercado de las drogas. Por transportar unos kilos de cualquiera de esas sustancias prohibidas se pagan sumas obscenas. Si su insensatez es tal que se lanza a mover cantidades mayores, las ganancias potenciales alcanzan cifras astronómicas. Y las consecuencias potenciales adquieren la misma dimensión. Rapidez, facilidad y dinero son tres conceptos de los que, cuando aparecen en conjunto, se debe sospechar.
Por eso quiero utilizar este espacio que tan amablemente Murcia Economía me brinda para reivindicar todo lo contrario, para promover el humanismo, para incentivar la pausa y la reflexión. Resulta crucial detenernos a meditar con sosiego sobre la naturaleza de nuestros actos para evitar que esta época de la inmediatez imperante se convierta en una época dominada por, como dice un profesor a quien admiro profundamente, la inmediotez.





















