LA VIDA NO SE MIDE
El número de impresiones de una publicación, la cantidad de reproducciones de un vídeo, el alcance, el recuento de seguidores, la tasa de crecimiento de la audiencia, la cifra de reacciones, la suma de los comentarios recibidos, cuántas veces se ha compartido un contenido, la tasa media de compromiso, la tasa de clics, la conversión… todo esto son «solamente» algunas de las variables que se miden y evalúan con auténtica obsesión en el mundo digital, especialmente en las redes sociales. Y eso que en esa lista inagotable no aparecen todas las que los expertos en la materia denominan imprescindibles. Si fueran bolsas de la compra, en el maletero de un coche grande no cabrían.
Es una de las fijaciones de estos tiempos modernos que nos ha tocado vivir: medirlo todo, sopesar hasta el último detalle del último detalle, calcular la aproximación con un mínimo de tres decimales. Acaparar datos aún sin tener tiempo ni manera de convertirlos en información. Establecer clasificaciones infinitas para cada categoría creando así un trampantojo de control dentro de un maremágnum de conceptos etéreos: clientes que no tienen interés; clientes que dicen que no tienen interés ahora, pero podrían tenerlo en el futuro; clientes indecisos; clientes indecisos que no han valorado nuestro producto; clientes con buena predisposición, pero sin medios económicos en este momento; clientes que quieren comprar, pero dudan sobre qué producto concreto adquirir; clientes convencidos…
Está bien medir. Es necesario hacer cálculos para comprender las circunstancias concretas o determinados contextos y ser capaces de tomar decisiones. Pero, igual que en las fiestas de mi pueblo, hay que saber parar. Debemos evitar vernos inundados de datos que nos ahogan, entorpecen nuestro discernimiento y nos impiden avanzar. Imaginemos un barco cuya misión consiste en cruzar el océano o alcanzar otro continente. Este barco precisa de la información que le ofrecen las muestras que toma en tierra para realizar su viaje, pero la permanente insatisfacción con la cantidad de muestras obtenidas provoca que la travesía se reduzca a un mero cabotaje durante el que en ningún momento se pierde de vista el continente. Necesitamos una muestra más. Y luego otra.
Cuando yo empezaba a trabajar esto se llamaba parálisis por análisis. Y estaba muy mal visto. El objetivo era analizar, sacar conclusiones y tomar o recomendar decisiones. Analizar, concluir, decidir y ejecutar. Después, si era necesario, corregir y continuar. Y quizá ahora también está mal visto, no digo que no, pero al disponer hoy en día de una cantidad de información que tiende a infinito, suceden dos cosas: por un lado, podemos tener la impresión de que, por mucha información que tengamos, con un datito más, uno que precisamente aún no hemos localizado, ya tendremos toda la necesaria (este efecto se prolonga indefinidamente). Y, por otro lado, al haber tantos, siempre habrá un dato que respalde cualquier decisión, sea la que sea y salga como salga. Y claro, visto así tiene sus ventajas. Tramposas y ficticias, pero ventajas.
El inconveniente principal de vivir inmersos en esta avalancha de cálculos innumerables reside en que luego salimos a la vida real y nos damos cuenta de que no funciona así. Llamo vida real a las cosas que importan de verdad: la familia, las amistades, la salud, el cumpleaños de un hijo, una cerveza con tu cuñado, los recuerdos del último verano, la cara de unos nietos cuando ven aparecer a los abuelos. Todos estos factores habitan en el piélago de la existencia, donde no se divisa tierra por mucho que te esfuerces y donde, más que medir y calcular, debemos ceñirnos a experimentar. Nadie (nadie en su sano juicio, quiero decir) vive midiendo la intensidad de cada una de sus experiencias, calibrando al milímetro el gozo de sus actividades. Probablemente porque no hay unidad de medida para el placer. Podemos disfrutar mucho o poco, y aun así estos dos conceptos tienen una traza diferente para cada uno de nosotros.
—Me gustó mucho más Berlín que París.
—Ya, pero ¿cuánto más?
—Pues unas 243,75 unidades de deleite más.
—Ah, ya comprendo. A mí me gustó más París, pero no con tanta diferencia.
Un diálogo de esta clase no es concebible fuera de una película escrita por Valle-Inclán y dirigida por Luis García Berlanga, aunque no parece tan descabellado que dentro de poco llegue a convertirse en habitual. Pero tampoco se trata de vituperar el uso de cifras muy precisas o cálculos estrictos en cualquier ámbito, por supuesto que no. Las magnitudes nos ayudan a establecer un contexto, constituyen la referencia del terreno en el que nos movemos y contribuyen a despejar el panorama cuando tratamos temas excesivamente farragosos o que son demasiado abstractos para nuestra audiencia o interlocutor. Es decir, delimitan la realidad a la que nos referimos.
Pero de eso a pretender medir el placer que proporciona determinada magdalena decorada con respecto a la del establecimiento de al lado, media un abismo por el que lo más probable es que nuestra salud psicológica termine despeñándose.
Parece que tememos lo indefinido, que nos da miedo todo aquello que no tiene unos límites bien establecidos y perfectamente visibles. Quizá porque es precisamente en lo indefinido donde no podemos competir con los demás. Cuántos viajes hemos realizado, los kilómetros que hemos recorrido, el número de países que hemos visitado, la cantidad de restaurantes que hemos probado, la cifra de fotografías que tomamos, las veces que las compartimos con los demás… todo ello en una carrera infinita por ser los que más. Los que más lo que sea: los que más países han visitado, los que más viajes han realizado, los que más restaurantes (y más caros) han probado… aunque la experiencia haya sido un desastre, eso es lo de menos. Hay que ser los que más y demostrar que lo somos. Si nos detenemos a pensarlo, si nos detenemos a pensarlo de verdad, y no hacen falta más de dos minutos, hay pocas cosas (o ninguna) más absurdas.
Tengo un buen amigo, uno de los más antiguos con quienes todavía mantengo relación a día de hoy, que se dedica no sólo a llevar energía a las zonas más remotas de Sudamérica, sino a hacerlo de forma sostenible y respetuosa con el medio ambiente. Operan alrededor de 10.000 km de líneas de transmisión eléctrica, más de 4.000 km de gasoductos, generan 16.000 millones de kilowatios/hora al año y proveen directamente de energía básica a 6 millones de hogares en Colombia y Perú cada día, pero ¿cuál es la unidad de medida que se usa para valorar su impacto en la sociedad? ¿Cómo pesamos la importancia de que un niño pueda estudiar en casa, más allá de las horas de luz solar, sin el riesgo de encender una vela? ¿En qué posición de la «Lista de las 150 cosas más importantes para la humanidad» (hacer listas es otra manera de medir, de clasificar, de organizar) ubicamos el hecho de que una madre pueda bañar a su bebé con agua caliente y no tenga que hacerlo con agua fría o atemperada en la lumbre?
Tenemos que parar. Debemos aceptar que no todo se puede medir. Que hay elementos cuya dimensión únicamente es comprensible a través de lo intangible. Relajémonos. Dejemos de verlo todo como números en una pantalla y observemos el mundo a nuestro alrededor. Una cerveza en la playa al atardecer, como dice el anuncio, no tiene precio. Ayudar a tu hijo a dar sus primeros pasos no se mide en unidades de placer, probablemente porque, si se pudiera, los números se saldrían de la tabla. Como tampoco se puede calcular el alivio que alguien siente cuando un ser querido sale del quirófano a salvo después de una intervención complicada. Y es precisamente en estos momentos durante, aunque sea por una milésima de segundo, comprendemos que la vida, la Vida, no se puede medir.





















