KIPLING, HEMINGWAY Y SYLVESTER STALLONE
Antes de seguir leyendo, debe usted saber esto: a partir de este punto se van a destripar dos historias, un libro y una película, con el propósito de ilustrar la idea central de este artículo. Mi teoría es que, en realidad, usted no debería preocuparse por ello. Si las conoce, no debe preocuparse precisamente por ese mismo motivo: las conoce. Si no las conoce, tampoco debe preocuparse: quien a estas alturas no haya visto Rocky ni haya leído El viejo y el mar, es que ya no va a hacerlo. Hechas las aclaraciones preliminares, comencemos.
Los paralelismos entre estas dos historias no son pocos, empezando por el momento profesional de sus autores. En 1952, Ernest Hemingway, rebasada la cincuentena, llevaba varios años viendo reducida su capacidad de producción literaria. La razón de su desgaste creativo tal vez residía en el peaje físico que le correspondía enfrentar tras décadas de excesos en lo relativo a heridas de guerra, matrimonios efervescentes, amores furtivos, borracheras mastodónticas, boxeo clandestino y un gusto casi atávico por la caza y la pesca hasta el límite de la extenuación. A pesar de ello, ese mismo año publicó El viejo y el mar, su obra más conocida y la que probablemente supuso su confirmación irrevocable como absoluto merecedor del Premio Nobel. Lo ganaría dos años después.
Corría 1975 cuando a Sylvester Stallone, aspirante a actor que llevaba más de una década tratando de abrirse hueco en el politeísta universo cinematográfico americano, se le ocurrió la idea de rodar una película sobre un boxeador en horas bajas. El protagonista de la idea original, el guión y la película sobre Rocky Balboa rozaba la treintena y aún no era nadie en el mundo del celuloide. Según sus propias palabras en 1977 a Barry Norman en el programa Film 77 de la BBC, durante la época en que concibió la historia Stallone estaba «emocional, espiritual y físicamente en bancarrota». Tenía 106 dólares en el banco, un pisito cuyo alquiler le costaba el triple de esa cantidad, una mujer embarazada y un perro enorme que no perdonaba una comida. En esas circunstancias, y a pesar de que llegaron a ofrecerle la nada despreciable cifra de 350.000 dólares por los derechos sobre el guión de Rocky a condición de que se apartase de la producción, Stallone no cedió hasta conseguir su propósito: protagonizar el filme. Dos años después, Rocky se alzó con tres premios Oscar, entre ellos el de mejor película.
Ambas narraciones orbitan alrededor de lo que para Hemingway fue una fijación absoluta, un concepto que en prácticamente todas sus obras podemos vislumbrar en la lejanía u observar en primerísimo primer plano: nuestra bastarda concepción natural de la victoria y la derrota. El escritor norteamericano desafía lo que el común de los mortales consideramos ganar y perder, así como nuestra tendencia a ponderar el valor de un proceso en función de su desenlace. Un dislate conceptual que hoy en día está más arraigado que nunca. Vivimos en la dictadura del resultado inmediato, tangible y objetivamente mensurable, la santísima trinidad de nuestra actual obsesión por lo material. Ninguna acción tiene sentido si su resultado no es el esperado; ningún resultado es meritorio si no está empapado por esa santísima trinidad; cualquier medio tiene justificación si nos ayuda a alcanzar el codiciado fin.
Pero, eso sí, cuando las cosas no salen como esperamos la culpa es siempre del empedrado, los políticos y, como (no) cantaban los Milli Vanilli, la lluvia.
Pero Hemingway y Stallone desprecian ambas nociones, especialmente la idea de una derrota cuya definición se sustenta sobre un enunciado tan frágil como «ser vencido por otro en cualquier disputa o lid». De simplista, parece absurdo. Y, aun así, condiciona nuestro comportamiento. Estamos dispuestos a sacrificar cualquier cosa por evitar vernos, y que nos vean, derrotados. Pero ése es el auténtico fracaso. Asumir que ya nunca se podrá crear un texto digno de ser recordado. Aceptar un remolque de billetes en un momento vital de extrema necesidad a cambio de renunciar a lo que se sabe que se es capaz de lograr. Éstas son las dos derrotas que ni Hemingway ni Stallone quisieron dar por sentadas.Esta actitud herética en el país del comeback, de las historias en las que un triunfador muerde el polvo y vuelve para alcanzar un mayor éxito del que conoció hasta ese momento, es la que tiene un auténtico mérito por parte de Ernest y Sly. El coraje de entronizar una aparente derrota, de desafiarnos a calibrar la victoria vacía de rendimiento, pero llena de significado.
Tanto Rocky Balboa como Santiago, el viejo protagonista de la obra de Hemingway, son derrotados al final de sus caminos. Quiero decir que son derrotados en el sentido que ampliamente aceptamos hoy la derrota: no alcanzan el concepto consensuado de victoria en sus empresas. Y son derrotados de la manera más cruel posible. Santiago y Rocky pierden después de sufrir los embates de un destino tan sañudo como para permitirles acariciar la victoria momentos antes de arrebatársela en sus narices. Y es precisamente en ese instante y no otro, en el momento en que los protagonistas del libro y la película acarician contra todo pronóstico la improbable victoria, cuando comprendemos la grandeza de su actitud. De hecho, probablemente coincide con el momento en que ellos mismos lo comprenden.
Porque la victoria no reside en vencer a Apollo Creed sobre el ring. Reside en no dejarse noquear. La victoria no reside en volver con el esquife rebosante de pesca, ni siquiera con el pez más grande jamás visto en la isla. Reside en demostrarse a uno mismo que aún se es capaz. O quizás no. Quizás la victoria no llegue siempre al final del proceso. Quizás lo que llega al final del proceso es sólo el resultado, independientemente de que éste se asemeje a una derrota. Porque la victoria, en ocasiones, la alcanzamos mucho antes de obtener el resultado último. La fortaleza de Santiago y Rocky les permite, respectivamente, volver tras haber pescado el pez más grande jamás visto en la isla, aunque devorado por los tiburones, y mantenerse en pie durante quince asaltos ante Apollo Creed, aunque pierda la pelea. El pez devorado y el combate perdido no son derrotas, son simplemente resultados.
Las victorias de nuestros protagonistas suceden mucho antes. Santiago y Rocky vencen en el momento en que deciden, el uno, salir a pescar solo más allá de la zona habitual de pesca y, el otro, enfrentarse en un ring de boxeo al campeón de los pesos pesados. Aun sabiendo que las posibilidades de victoria son ínfimas. A pesar de ser conscientes de hallarse en la situación más desventajosa imaginable. Todos queremos un Rocky campeón, por supuesto. Todos anhelamos un Santiago que regrese a su pueblo envuelto en los vítores de quienes antes lo habían despreciado. Pero ninguno de esos desenlaces, por bien que nos hubiesen hecho sentir, habrían tenido nada que ver con la auténtica experiencia humana. Nos hubieran dejado un buen sabor de boca, pero se habrían convertido de forma inmediata en productos olvidables.
Y es que la victoria no siempre tiene cara y ojos. En ocasiones no es un resultado preciso y fácilmente identificable. A veces, más de las que creemos, la victoria es una decisión o, más concretamente, la actitud y convicciones que nos llevan a tomar la decisión de embarcarnos en un proyecto sin fiar todo su valor al resultado obtenido. Pero, aceptémoslo, no siempre actuamos así. Lo que sucede es que nos dejamos cegar por el oropel de la supuesta victoria. Preferimos trocar todo lo que tenemos a nuestro alcance por un minuto (o dos) de regocijo hueco conseguido tras un proceso de valor insignificante. O, peor todavía, renunciamos a embarcarnos en la tarea por el temor a un resultado desfavorable.
La buena noticia es que podemos evitarlo. Sólo hay que leer a los clásicos, como siempre. Rudyard Kipling ya nos advirtió de ello. En su poema If, el británico nacido en Mumbai nos alertó acerca de la importancia de tratar a los dos impostores que son el triunfo y el desastre de la misma forma. Pero claro, no es sencillo. La teoría es fácil, la práctica es otra cosa. Aunque se me ocurre que quizá no lo logremos porque no tasamos en su justa medida el resultado del que hablaba Kipling, ya que no cumple con la santísima trinidad de nuestro utilitarismo exacerbado: no es inmediato, no es tangible y tampoco es objetivamente mensurable. En su poema, Kipling nos dice que, si conseguimos no dejarnos engañar por la victoria y la derrota, esos dos impostores, nuestra será la Tierra y todo lo que hay en ella. Y lo que es más importante: llegaremos a ser Hombres (y Mujeres).






















