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Opinión | A la luz de una cerilla
Lunes, 11 de Noviembre de 2024
Víctor López Fernández

EL BOTÓN DE APAGAR NIÑOS

Víctor López

 

Todo aquel que sea padre, aunque me atrevería a decir que todo aquel que alguna vez haya tenido que sufrir a un niño propio o ajeno (más aún si es ajeno) en estado de hiperexcitación, dispone desde hace ya unos años de lo que todos los progenitores a lo largo de la historia de la humanidad han anhelado: el botón de apagar niños. Nuestros teléfonos móviles y tablets con conexión a internet se han tornado la fuente de la cuasieterna tranquilidad para cualquier adulto al cargo de niños pequeños. Es encender el dispositivo, activar cualquier aplicación audiovisual, juego o red social y, como por arte de magia, los niños parecen desconectarse de su fuente inagotable de energía y conceden una tregua de minutos e incluso horas. Y en cierto sentido es magia. Pero magia negra.

 

Lo he visto con mis propios ojos, lo he comprobado en mis propias carnes. Mejor dicho, en las carnes de mis hijos, especialmente los mayores. Una pantalla con dibujos animados en sucesión infinita tiene el poder de hipnotizarlos, si es necesario, durante todas sus horas de vigilia. Exponerlos al interminable estímulo de colores llamativos, música chillona y ritmo narrativo desenfrenado en que se ha convertido la animación actual equivale a disfrutar plenamente del hogar, dulce hogar, por muchos niños que haya en casa. Y todo simplemente pulsando un botón. El botón que enciende la tele (o el móvil, o la tablet) y apaga los niños.

 

No descubro nada que el lector no sepa si hablo de la adicción que las pantallas causan en pequeños y mayores. Es uno de los temas más candentes del panorama informativo actual en el campo de las nuevas tecnologías, así que no será el derrotero que tome este artículo, de nada sirve apilar la misma información una y otra y otra vez. Lo que sí pretendo hacer es ofrecerle a usted datos concretos, estudios con cara y ojos realizados por investigadores con nombre y apellidos que le ayuden a comprender la situación y, si le resulta interesante, investigar más a fondo por su cuenta.

 

En primer lugar, resulta esclarecedor comprobar que, como comentaba un par de párrafos más arriba, hoy en día la oferta de contenido audiovisual es infinita en amplitud y profundidad. Hace años, en la prehistoria de lo digital, el contenido infantil se restringía a una determinada franja horaria y un único canal televisivo, dos si se tenía la fortuna de disfrutar de canal autonómico. Pero todo giraba alrededor del efímero concepto de horario fijo. Si llegabas, lo veías. Si te lo perdías, ya no podías recuperarlo. No existía la posibilidad de pausar la reproducción ni retroceder. La publicidad interrumpía el programa. La oferta era mínima. Y quienes hace tiempo que dejamos atrás el desgarbo de la veintena nos acordamos invariablemente de los dibujos de nuestra infancia.

 

Hoy no es así ni se le parece. Los niños disponen de infinidad de canales infantiles emitiendo contenido las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y todos los días del año, incluso cuando éste es bisiesto. No contentos con ello, si quieren ver un programa concreto pueden encontrarlo en cualquiera de las cada vez más numerosas plataformas de vídeo bajo demanda, reproducirlo a placer, detenerlo cuando lo necesitan y retroceder o avanzar a voluntad. Y, por si eso no fuera suficiente, muchos de nuestros niños (no jóvenes, no, niños; no adolescentes, no, NIÑOS) tienen teléfono móvil propio o acceso también bajo demanda al de sus padres. Un disparate. No lo digo yo, lo dicen los datos.

 

Según el Instituto Nacional de Estadística, siete de cada diez niños españoles entre 10 y 15 años tienen un smartphone. En datos del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad, el 33% de los adolescentes entre 12 y 16 años tiene riesgo de hacer un uso compulsivo del contenido digital. No en vano, en España ya existen varios centros especializados en el tratamiento de adicciones a las pantallas, especialmente en adolescentes. Hoy en día y en nuestro país a nadie puede sorprender esta información. Todos hemos sido testigos del síndrome de abstinencia de algún niño a nuestro alrededor cuando se le priva de su correspondiente ración de contenido digital. Todos hemos presenciado la taumaturgia obrada por el providencial teléfono móvil que relaja hasta el letargo al crío que hasta hace dos minutos corría por el restaurante como poseído por una jarra de café solo. Nigromancia. Brujería. Tecnología.

 

En cuanto el efecto sobre los cerebros infantiles del contenido animado (los dibujos de toda la vida), el profesor Dimitri Christakis dirigió una investigación cuyos resultados merecen detenernos unos segundos. Christakis es pediatra, investigador y Director del Instituto de Salud Infantil en la Universidad de Washington. Hace unos años, en el mencionado estudio, llegó a la siguiente conclusión: los colores llamativos, la música estridente y el ritmo narrativo frenético que tienen los dibujos animados actuales (especialmente si los comparamos con los de, por ejemplo, hace treinta años) provocan un efecto muy claro en el cerebro de los niños, especialmente en su capacidad de atención. Los resultados de la investigación de Christakis mostraron, por un lado, que los niños que se exponen a este contenido audiovisual durante una hora diaria tienen un 10% más de posibilidades de desarrollar problemas de atención en su vida adulta que quienes no lo hacen. Por otro lado, observaron que el efecto de exponerse durante una hora al día al contenido audiovisual animado de hace treinta años (Barrio Sésamo, David el gnomo o Los Fruitis, por ejemplo; escoja usted su favorito) es neutro, no afecta a la capacidad de atención ni positiva ni negativamente. Por último, Christakis y su equipo descubrieron que una hora diaria de estimulación cognitiva (leer, pintar, dibujar, escribir, bailar, cantar, hacer puzles, tocar un instrumento…) disminuye en un 30% las posibilidades de tener problemas de atención en la vida adulta. El ratito (o ratazo) de serenidad que nos regalamos como adultos cuando pulsamos el botón de apagar niños no sale gratis. No les sale gratis a ellos, quiero decir, a los niños. A nosotros sí. Pero no pensemos que todo el problema se reduce a series interminables de dibujos animados, ni mucho menos.

 

El doctor Bruce S. Liese es profesor de Medicina de Familia y Psiquiatría en la Universidad de Kansas y miembro destacado de la Asociación Americana de Psicología Profesional. Lleva décadas estudiando y trabajando con adicciones de todo tipo y, según sus propias palabras, actualmente «las adicciones que más gravedad entrañan para los jóvenes son los videojuegos y las apuestas online», y las sitúa al mismo nivel que «el alcohol, el tabaquismo y la compulsión por la comida». Y es que cometeríamos un error si en nuestro marco mental acerca de los riesgos digitales restringiésemos el peligro a las redes sociales. En este sentido, resulta esclarecedor el ejemplo de China, país que desde 2021 lleva restringiendo el uso de videojuegos en línea por parte de menores de edad, quienes sólo pueden jugar durante una hora diaria los viernes, sábados y domingos.

 

Los entornos digitales conforman un infinito universo laberíntico de cebos psicológicos donde el más insignificante de nuestros comportamientos queda registrado y pasa a formar parte del famoso algoritmo. Después, toda esta información se usará para diseñar a medida la experiencia que estos entornos nos ofrecerán (porque no la buscamos, no, se nos ofrece) para que nuestro cerebro no tenga escapatoria. Porque está todo diseñado de antemano. Todo tiene un por qué y un para qué. Nuestras mentes son manejadas a distancia a través de la tecnología. Y existe un lugar donde esto se aprende: el Departamento de Diseño del Comportamiento (Behavior Design Lab) de la Universidad de Stanford.

 

Este departamento se dedica, por resumirlo en pocas palabras, a utilizar la tecnología de manera persuasiva para facilitar la vida de las personas. A partir de comprender de qué teclas, conscientes y subconscientes, se compone nuestra mente, qué tipo de comportamientos y reacciones provoca la activación de cada una de ellas y cómo pulsarlas utilizando la tecnología, el DDC pretende «impulsar un cambio saludable» en los comportamientos y modos de conducirse de los individuos. Una perspectiva sin duda loable. El inconveniente reside en que, una vez se aprende a tocar el piano, la melodía que cada uno ejecute es decisión personal. En este departamento han estudiado todos los ingenieros empleados en Facebook, Instagram, Google y cualquier compañía tecnológica de renombre. Y ahí aprendieron a manipular nuestro subconsciente a distancia a través de la tecnología para guiar nuestro comportamiento en su propio interés. Interés absolutamente legítimo, que quede claro, puesto que son empresas y como tales tienen todo el derecho del mundo a buscar el máximo beneficio económico. Pero los usuarios deberíamos ser conscientes de las herramientas que usan y es nuestra responsabilidad, y de nadie más, comprender dónde nos estamos metiendo cuando desbloqueamos nuestros teléfonos, encendemos nuestras tablets o activamos nuestro servicio de contenido en streaming.

 

Resulta peligroso que el desencanto por una realidad hostil (como todas las realidades que ha habido desde que el hombre es hombre, por otra parte) nos lleve a refugiarnos en la irrealidad de emociones sintéticas, vivencias artificiales y estados de ánimo filtrados que nos ofrecen nuestros dispositivos móviles. La vida hay que mirarla de frente, no de reojo. Los problemas se afrontan de cara, no de perfil. Las emociones desagradables son como el desierto: hay que atravesarlas de principio a fin y evitar quedarnos a mitad de camino si no queremos que acaben consumiéndonos. Y eso no puede hacerse a través de una pantalla.

 

Las redes sociales no son heroína. Los videojuegos no son cocaína. El universo digital no es fentanilo. Y éste es precisamente su gran peligro. La vertiente positiva de su uso es innegable, y las ventajas que ha supuesto su aparición en infinidad de ámbitos están fuera de toda duda. El problema es que no provocan caída de dientes ni demacran el rostro, las consecuencias negativas de su uso inadecuado no son visibles ni inmediatas. Pero existen. Y está en nuestras manos reducir su impacto. Sólo necesitamos voluntad e información. Aquí yo he tratado de ofrecerle a usted lo que considero más relevante acerca de lo segundo. Ahora sólo resta empeñarnos en lo primero.

 

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