YO ME QUEDO CON GORDON GEKKO
Víctor López
«El dinero nunca duerme» es una de las frases de la película Wall Street (Oliver Stone, 1987). Michael Douglas obtuvo el Oscar al Mejor Actor en 1988 por su interpretación de uno de los dos coprotagonistas: Gordon Gekko. El personaje no es más (ni menos) que un experto en finanzas sin escrúpulos, el clásico «tiburón» dispuesto a vender el ataúd de su madre con los restos mortales dentro por ganar dinero. Más dinero. No importa cuánto tenga. No importa cuánto haya ganado. Siempre quiere más dinero.
Gekko es la viva imagen del yup o, como se les conoce más comúnmente, yuppie noventero, acrónimo anglosajón que se traduce por «joven profesional urbano» (young urban professional). Con este término se designaba a los jóvenes ambiciosos, sedientos de dinero y reconocimiento profesional que poblaron el panorama social durante la década de los noventa del pasado siglo. Se los asociaba también con un comportamiento arrogante y una actitud soberbia ante la vida y el prójimo. Consideraban inferiores a quienes tenían ingresos menos abultados que los suyos y seres superiores dignos de idolatría a quienes obtenían ingresos superiores. Alardeaban de su posición económica a través de la ropa, los coches, los últimos dispositivos electrónicos y el acceso habitual a los restaurantes de más alto nivel. No sólo no trataban de esconder su obsesión por el dinero, sino que la mostraban sin reparos. No son, ni mucho menos, un colectivo al que admirar, pero esa honestidad, al menos, debemos reconocérsela.
Los Gordon Gekko de hoy son mucho más sibilinos. Su fijación enfermiza por el dinero es exactamente igual que la de los yuppies noventeros, pero no se atreven a manifestarla con la misma transparencia. Aunque, para el ojo avezado, no son difíciles de reconocer. En las redes sociales y el mundo digital se multiplican como setas. Son, por ejemplo, los que se autodenominan expertos a partir de la edad en la que, más o menos, uno abandona la universidad. Efectivamente, sin ruborizarse ni nada de eso. Ruborizarse es de ineptos. Esta gente sabe lo que hace. El término experto viene del latín experitus y significa «que tiene experiencia». Bueno, pues esos jóvenes (y jóvenas) se otorgan a sí mismos el título de expertos en una ambiciosa panoplia de especialidades (marca personal, desarrollo de negocio, textos persuasivos, marketing digital… escoja usted el que más le guste) desde el inicio de su tierna veintena. Agallas no les faltan, desde luego.
Todo su discurso gira alrededor de un mismo concepto: el dinero. Vender más es su mantra; aumentar los ingresos, su meta innegociable. Todo aquello que enseñan a su ingenua audiencia consiste en aumentar tus ingresos, captar más clientes, vender más a quien ya te compra o aplicar la forma más eficaz de subir tus precios sin temor. De hecho, este tipo de productos de supuesta formación a precio de percebes en Nochebuena es su producto estrella. Y no se llama «formación cara», no señor. Se llama high ticket porque es indudable que en inglés todo mola mucho más, dónde va a parar. Lo mismo que hoy vende usted por cinco puede venderlo perfectamente por cincuenta. ¡Mírese al espejo y dígase a usted mismo que lo vale, maldita sea! Y quien pueda pagarlo lo pagará, y quien no pueda, es que no se merece ni su servicio ni, lo que es más importante, a usted.
Porque otro de los elementos fundamentales de este tipo de perfiles es la egolatría desmedida. Después de atiborrarse de todo el mueble de autoayuda de La casa del libro, han metido en su hormigonera mental los conceptos más rimbombantes y se han aprendido de memoria las palabras clave que les hacen parecer expertos para regurgitarlo todo después ante la cámara de sus teléfonos hasta la extenuación. La extenuación de la audiencia, quiero decir, porque ellos no se cansan. Y hablando al objetivo, con la misma ausencia de pudor con que se cuelgan el título de expertos, dicen cosas como «Yo todo lo que he aprendido lo he aprendido en YouTube y cursos online»; «Me obsesiona la libertad» (con leer algo más que simplemente autoayuda se podría haber deducido que hay pocos términos más antagónicos que «obsesión» y «libertad», pero qué más da); «Para mí las personas son lo primero» (después de 6 párrafos hablando de «yo mi me conmigo»); y, una de mis favoritas, «El dinero resuelve todos los problemas». Me encantaría que este último pudiese tener una charla con Steve Jobs y el problema de salud que se lo llevó por delante a pesar de su patrimonio de 10.200 millones de dólares. No podrá ser.
Pero la desfachatez alcanza cotas más altas. Hay quien te anima a vender un curso online sobre una disciplina cualquiera, sepas mucho o poco de ella. Una vez alcances cierto número de inscritos y, por tanto, el éxito de la venta está asegurado, es cuando escoges cuatro o cinco libros sobre el tema, los estudias, subrayas lo importante y entonces, con más conocimiento del que probablemente tendrán los inscritos, perpetras la formación. Tanto este ejemplo como todos los entrecomillados del párrafo anterior son absolutamente ciertos y presenciados por quien estas líneas escribe. Es aterrador.
En el colmo de las desvergüenzas se encuentran el manojo de estos individuos (e individuas) que no solamente venden un servicio concreto, sino la fórmula para vender ese mismo servicio. Es decir, teóricamente están fabricándose competencia a ellos mismos. «Te voy a contar cómo hacer lo que yo hago, lo que tardé quince años en descubrir». Es como si Coca-Cola, en lugar de vender refrescos, se dedicase a comercializar su fórmula secreta. A éstos se los distingue sin esfuerzo porque son servicios que sufren de una conveniente caducidad anual. Cada fin y principio de año proliferan los mensajes del tipo «Lo que servía en 2024, ya no sirve en 2025. Ahora, lo que necesitas para vender es este nuevo servicio que te traigo y por el que, lógicamente, te voy a cobrar». Lo mejor de todo es que ellos mismos te cobraron una cantidad de, mínimo, cuatro cifras por una fórmula tan infalible como la que ahora te venden debido a la obsolescencia de la anterior. Es un negocio redondo.
Pero lo más aterrador de todo no es la falta de escrúpulos de quienes tratan de aumentar el tamaño de su cuenta bancaria a costa de cualquier cosa. Lo más aterrador es la falta de transparencia que exhiben y de la que nunca podremos acusar a los yuppies de hace tres décadas. Porque el envoltorio que le ponen a todo esto es el de sé tú mismo, busca tu auténtica esencia, no te obsesiones con el dinero (pero el objetivo es vender más y más y más y más), sé tu propio jefe y alcanzarás el nirvana. Ya no se peinan hacia atrás con gomina, sino que lucen un calculado despeinado de recién levantado legañoso. Han trocado la camisa azul de cuello banco y la corbata estampada por zapatillas de surfero y camiseta de algodón con el cuello desbocado. Hasta en el disfraz son clones. Pero el discurso les delata.
Un discurso lamentable, burdo y peligroso, muy peligroso. Particularmente para los más jóvenes, a los que la promesa de pingües ingresos con el mínimo esfuerzo les seduce por su falta de experiencia. Por eso debemos tener cuidado con según qué contenido consumen nuestros jóvenes en redes sociales. Para ellos, no solamente es peligroso el contenido que interpela a nuestra vertiente violenta o la más concupiscente. Este contenido del que hoy hablo puede vaciar sus huchas y las de sus padres en menos que un gallo decide si canta o no. Hay no pocos ejemplos de ello. Y es que estos manipuladores de pacotilla saben bien a quién dirigirse bajo su piel de cordero. Por eso precisamente son peligrosos. Y por eso yo me quedo con la honestidad codiciosa de Gordon Gekko y su legión de émulos con brillantina.























