UNA NUEVA NAVIDAD
Dice el sabio y docto refranero español: “Desde la Purísima Concepción, las Pascuas son”. Hay otra versión más completa del ciclo festivo pues, citando de nuevo el saber popular de nuestro refranero, dice lo siguiente: “Desde la Purísima Concepción hasta San Antón, las Pascuas son”. De una u otra forma estos dichos populares, hoy olvidados, quedan obsoletos pues esa referencia al día de la Inmaculada como inicio o arranque del ciclo navideño ya no sirve en esta sociedad consumista en la que vivimos.
El desconocido lector pondrá mil ejemplos, si quiere, del inicio de esta locura consumista en la que se ha convertido la Navidad. En septiembre ya encontramos turrones en nuestros supermercados. A últimos de octubre, cuando muchos se disponen a vivir el célebre Halloween, fiesta importada que cada año está calando más, se venden calabazas con monstruosas caras, calaveras mortuorias, disfraces de muertos vivientes y figuritas navideñas de “Papa Noel, estrellitas, abetos de plástico y gordos muñecos de nieve.” Todo junto y revuelto. Especialmente en los establecimientos “chinos.”
Las televisiones, principalmente, nos martillean todos los días en sus informativos, desde octubre, con la compra de mariscos y carnes para congelarlas y ahorrarnos con ello algún dinero ya que cuando las fechas de comidas y cenas navideñas están más próximas el precio de estos productos se dispara. Es la ley de la oferta y la demanda, algo tan viejo como el mundo consumista en el que estamos inmersos.
El origen de cenar marisco Nochebuena es costumbre que tiene su raíz en los tiempos en los que la noche más hermosa del año, hoy ha perdido ese sentido, era vigilia pues la Iglesia obligaba al precepto ya que la Virgen estaba dando a luz. En los hogares más humildes se cenaba frugalmente. Verduras, sardinas, alguna rodaja de merluza o pescadillas que inundaban los mercados en aquellos días a precios asequibles a los bolsillos más humildes. El hervido de verduras con “mollas de bacalao salado” era el plato más tradicional entre las clases más humildes. Ya vendría el “Día de Navidad” para comer la carne del pavo, el capón o el recurrente pollo. El cordero estaba reservado para los bolsillos más favorecidos. Aquella costumbre de la cena de vigilia, en los hogares más pudientes, se traducía en grandes bandejas de marisco de primerísima calidad que más que una cena era una declaración de ostentación pues ya se encargaban, los del servicio de la casa, de contar a todos lo que se había cenado en casa de los señores la noche del veinticuatro.
Con el paso del tiempo, y la subida de salarios, dejando atrás la época de hambruna en la que nos sumió la "guerra incivil", las economías domésticas más humildes comenzaron a recuperarse y el marisco, especialmente el congelado que también era novedad en aquellos años, se popularizó en nuestras mesas convirtiéndose, hoy en día, en algo imprescindible por Nochebuena o Nochevieja.
Vendrán en estos días, también, las cenas de empresas, regalos, fiestas, cotillones, vestidos y complementos y por supuesto los décimos del sorteo de lotería por aquello del “y si toca.” De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda, también, “el tardeo”. Excusa perfecta para seguir bebiendo como si no hubiera un mañana. Y todo esto, en muchos casos, cubriendo nuestras cabezas con un gorro rojo, que lleva en su punta torcida una bola blanca, que semeja al que popularizó en los años cuarenta en EE. UU. una conocida marca de refrescos. Nació el celebérrimo “Papa Noel” que nada tiene que ver con las hermosas raíces de este tiempo de gozo. En fin, diciembre, es el mes consumista por excelencia con la excusa de una nueva Navidad a sones de villancicos importados en la mayoría de los casos. Se han puesto muy de moda los de Sudamérica.
¿Dónde queda el verdadero sentido de este tiempo de gozo y alegría? ¿Y nuestras costumbres y tradiciones que son nuestras raíces?
Estamos asistiendo a una ceremonia de la confusión que nos aparta del origen de la Navidad. Renos, elfos, los citados gorros del “gordo de rojo” o trineos para hacerse la foto de recuerdo. A todo esto hemos acuñado lo de “felices fiestas”, clara variante del consumismo imperante. Por no citar la nueva moda “para no herir susceptibilidades” cuando dicen algunos “feliz solsticio de invierno”. Agárreme usted la mosca por el rabo.
Poniéndonos la mano en el corazón tenemos que reconocer que entre las luces led, los villancicos importados, la pugna por ver quién instala antes la decoración y todas esas cosas, la Navidad, corre el riesgo de desaparecer vaciada de contenido. Es como si el célebre Grinch, creado por el Dr. Seuss en 1957 hubiera hecho casa en nuestros corazones. El origen de este personaje que “odia la Navidad” está en un libro infantil de Seuss titulado “Cómo el Grinch robó la Navidad”. Y a partir del éxito literario, el personaje, se dio a conocer en todo el mundo siendo muy popular en estas fechas navideñas. Hasta el punto de incorporarlo a nuestro vocabulario llamando “grinch” a la persona que no le gustan estas fiestas.
Hoy, la sociedad, rehúye hablar de Dios, no vaya a ser que el Niño Jesús, la mula, el buey, los pastores, los reyes magos o simplemente desearle Feliz Navidad al vecino vaya a ofender a determinados colectivos, enfadar a los votantes o espantar a clientes indecisos. Se suprimen incluso fiestas navideñas en determinados colegios para no “herir susceptibilidades.” Eso por no citar el cambio de costumbres, especialmente en los más pequeños de la familia, a los que les visita últimamente el señor de la “risa falsa,” el de “ho ho ho” en detrimento de Melchor, Gaspar y Baltasar. Dice algún sesudo pensante que los niños tienen más tiempo para disfrutar de sus regalos el 25 de diciembre y no el 6 de enero que al día siguiente hay que volver al colegio. Que los niños se traumatizan al no poder disfrutar de sus juguetes. Pues los de mi generación y siguientes se ve que estamos todos traumatizados. Desconocido lector, si lo hubiere, “agárreme de nuevo la mosca por el rabo.”
Quizá por ello, en nuestras manos, está el cambiar el rumbo de esta Navidad que amenaza con naufragar. Mostrar, celebrar y recordarle al mundo, sin complejos ni miedos, que es Dios el que nace en un humilde pesebre lejos de ostentaciones, riquezas o lujos. Que con su nacimiento pretende hacer de toda la humanidad una gran familia donde reine la paz, la concordia y el amor. Que nos trajo un mensaje que, dos mil años después, sigue vigente y que todos los días del año se encuentra entre nosotros. No nos dé vergüenza desear al mundo “Feliz Navidad”.
Y con este sencillo mensaje de “Paz y Bien” para todos, en estos días, cierro mi particular “Ventana” en este nuestro diario para volver, si Dios quiere, una vez que Melchor, Gaspar y Baltasar se hayan ido de vuelta a Oriente.
En enero volveremos para seguir hablando de actualidad que hay “mucha tela que cortar.”
Alberto Castillo Baños





















