Humo negro producido por la antorcha de Repsol este lunes. J. M. Rodríguez / AGMAyer no fue un día cualquiera. Tampoco fue solo un apagón. Fue una grieta súbita en nuestra cotidianidad, un aviso silencioso —y oscuro— de lo que ocurre cuando el sistema que sostiene nuestras vidas se detiene sin previo aviso.
A las 12:33 del lunes 28 de abril, se apagó la luz. Y con ella, también se interrumpieron las certezas: la actividad económica, la seguridad de nuestras calles, las comunicaciones, los hospitales, el tráfico. Durante varias horas, gran parte del país, incluida la Región de Murcia, quedó en una especie de paréntesis. Y no fue un problema técnico sin más, fue una sacudida.
Cinco días antes del apagón, Repsol ya operaba bajo mínimos por fallo eléctrico
El pasado 22 de abril, cinco días antes del apagón generalizado, Repsol se vio obligada a detener parte de su producción en la refinería de Escombreras por un fallo en el suministro eléctrico externo. La empresa comunicó a sus clientes la interrupción en las operaciones, causada por una incidencia ajena a la planta, lo que ya apuntaba a una debilidad estructural en la red que alimenta uno de los complejos energéticos más relevantes del país.
Durante el apagón nacional, la refinería volvió a activar las antorchas de seguridad, visibles desde varios kilómetros a la redonda. El Ayuntamiento de Cartagena recomendó a los vecinos de Alumbres permanecer en sus casas con puertas y ventanas cerradas, mientras se gestionaba una situación delicada con protocolos de contención.
No hubo víctimas, pero sí una sensación compartida: esto no puede volver a pasar. Porque este apagón no fue solo una caída de tensión. Fue una advertencia. Miles de personas atrapadas en ascensores, hospitales funcionando con generadores, comercios cerrados sin previsión, sistemas de emergencia saturados y carreteras sin semáforos. Y, sobre todo, incertidumbre.
En cuestión de minutos, nos dimos cuenta de lo interdependientes que somos, y de lo frágil que es una red que creemos inquebrantable. También se sembró algo más peligroso que el miedo: la desconfianza. ¿Estamos preparados para gestionar una emergencia energética?
Hoy, el suministro se ha restablecido. Pero la confianza, no tanto.
En medio del silencio eléctrico, miles de murcianos y murcianas miraban al techo, esperando que volviera la luz. Y con ella, una explicación.










