Cartagena tiene sabor, pero nadie lo vende: la gran deuda con el turismo gastronómico
Paco Morales
El turismo gastronómico es hoy uno de los principales motores de atracción de viajeros en todo el mundo. La Organización Mundial del Turismo (OMT) lo define como aquella modalidad de turismo que ofrece experiencias culturales y sensoriales a través de la cocina local. Actualmente, más del 45 % de los turistas internacionales escogen su destino motivados en parte por la oferta culinaria. En países como Italia, Francia o Japón, el 60 % de sus visitantes prueba al menos un producto o receta típica, y muchos diseñan su itinerario en torno a ella.
En España, el turismo gastronómico representa un 12 % del gasto turístico nacional, según datos de Turespaña. Comunidades como Galicia, País Vasco o Andalucía han sabido convertir su cocina en una marca sólida. ¿Y la Región de Murcia? Apenas aparece mencionada, y si lo hace, es de forma puntual. Pero lo más llamativo es lo que ocurre en el Campo de Cartagena, donde abunda el sabor, la historia y la calidad… pero brilla por su ausencia cualquier tipo de promoción oficial.
“Tenemos productos de primera y cocineros con talento, pero falta un plan ambicioso, falta visión política”, denunció el chef Pablo González-Conejero en una entrevista de prensa regional (2023).
Pese al potencial inmenso de la gastronomía local como motor turístico y cultural, resulta preocupante la tendencia creciente que amenaza a la cocina tradicional: el cierre paulatino de emblemáticos restaurantes cartageneros, motivado por la jubilación de grandes chefs sin relevo generacional o por la presión del mercado. En su lugar, proliferan locales de comida rápida —hamburgueserías, kebabs, pizzerías industriales— y una oleada de establecimientos de cocina internacional (italiana, vegana, china, norteamericana, mexicana, entre otras) que, si bien enriquecen la oferta y responden a nuevas demandas, están ocupando espacios antes reservados a la cocina autóctona.
Esta transformación forma parte del proceso de Urbanalización, un fenómeno por el cual nuestras ciudades se hacen cada vez más homogéneas y predecibles, perdiendo sus particularidades locales. Cartagena no es ajena a esta deriva: comienza a parecerse peligrosamente a cualquier otra ciudad española o extranjera, con la consiguiente pérdida de su identidad gastronómica. La cocina tradicional no puede ni debe desaparecer; necesita reconocimiento, apoyo social e institucional, formación y promoción activa como patrimonio cultural vivo y singular.
En la comarca de Cartagena se comen platos tan potentes y emotivos como en cualquier rincón del país: olla de cerdo, guiso de pavo con pelotas, olla gitana, arroz con pescado y marisco, caldero del Mar Menor… amén de otros como el pulpo a la cartagenera, los michirones, los salazones, embutidos y quesos. Recetas con siglos de tradición y alma campesina y marinera, que definen una identidad. No nos olvidamos de exitosas creaciones modernas como la marinera o el asiático. Pero también debemos resaltar el producto que lleva desde 1946 siendo embajador de la marca Cartagena por todo el mundo: el licor 43.
Sin embargo, ¿por qué el cocido madrileño, la fabada asturiana, la caldereta menorquina o el gazpacho andaluz tienen más prestigio nacional e internacional que nuestros platos?
Hay varias respuestas, pero todas apuntan en la misma dirección: falta de promoción, de inversión y de autoestima institucional. En muchas regiones, estos platos han sido elevados a patrimonio cultural. Han sido filmados, versionados, exportados. Aquí, en cambio, se siguen cocinando en silencio, en casas familiares, en bares humildes sin más proyección y, desde hace poco, algunos establecimientos los van ofreciendo, alternándolos con otros platos de cocina nacional.
“Una receta que no se cocina ni se cuenta es una historia que desaparece”, advierte el chef e investigador Carlos Caparrós.
Y hay muchas historias por contar en esta tierra. La gastronomía cartagenera no necesita inventarse nada. Ya lo tiene todo. Y, por supuesto, el emblemático caldero del Mar Menor, probablemente el plato más característico del litoral murciano y uno de los más intensos del Mediterráneo.
Aun así, ni Cartagena ni su comarca figuran entre las rutas oficiales del turismo gastronómico nacional. No hay una marca, no hay un centro de interpretación, no hay un calendario anual de eventos culinarios de referencia.
“Cartagena necesita mostrar su alma comestible. Un territorio sin cocina es un cuerpo sin voz”, escribió la periodista Ana Vega en El Comidista.
El turismo gastronómico no es solo una moda: es una oportunidad económica, social y cultural. Podría ofrecer empleo local, fomentar el consumo de proximidad, combatir la estacionalidad turística y reforzar el vínculo identitario de los habitantes con su territorio.
Bastaría con impulsar proyectos como:
- Una marca propia, gestionada por un órgano regulador sectorial (incluso la Cámara de Comercio), que certifique y proteja las recetas tradicionales.
- Un Festival del Caldero y la Salazón.
- Una Semana del Secano, centrada en productos agrícolas y platos olvidados.
- Rutas del pan, los embutidos, el queso, la miel o la cerveza artesanal.
- Un Centro de Interpretación Gastronómica del Campo de Cartagena, por ejemplo, en el Mercado de Santa Florentina.
- Formación en escuelas de cocina local para jóvenes, con enfoque en producto autóctono.
El presupuesto estimado para poner en marcha una red gastronómica sólida en la comarca es inferior al de cualquier pabellón institucional en un gran evento turístico. Y, sin embargo, ni la Comunidad Autónoma ni los ayuntamientos implicados han mostrado interés alguno.
“Lo que no se protege, se extingue. Y lo que se deja sin presupuesto, se olvida”, lamenta el cocinero tradicional Pedro Ruiz, de La Unión.
No hablamos solo de comida. Hablamos de historia, de memoria, de raíces. Hablamos de lo que nos hace únicos frente a otras regiones. Hablamos de transformar el caldero, la olla gitana (porque me gusta mucho), la morcilla o la olla de cerdo en un reclamo turístico al nivel de la fabada asturiana, el cocido madrileño o la txuleta vasca. No tienen nada que envidiar… salvo el marketing y el respaldo institucional.
“Los turistas no vienen solo por el sol: vienen a conocer, oler y saborear la tierra”, insiste M.ª Carmen Muñoz, cocinera tradicional de Pozo Estrecho.
“¿Por qué no se apuesta en serio por nuestra cocina?”
La respuesta debe llegar ya. Porque si seguimos esperando, muchos de estos platos desaparecerán con las últimas abuelas que los cocinan. Y habremos perdido algo que no se recupera con dinero: identidad.



















