
Carlos Alcaraz lo ha vuelto a hacer. Como en Wimbledon, como en Nueva York. Pero esta vez fue diferente. Más largo, más agónico, más intenso. Y por eso, seguramente, más suyo. Porque si hay una forma de ganar que lo define, es sufriendo, improvisando, volviendo cuando otros se van. En la final de Roland Garros 2025, Alcaraz levantó dos sets en contra ante un Jannik Sinner que rozó la perfección con 3 bolas de partido en el cuarto set. El resultado final fue 4-6, 6-7(4), 6-4, 7-6(3), 7-6.
Durante dos sets, Sinner jugó como si le perteneciera la Philippe Chatrier. Llevaba seis partidos sin ceder un solo parcial y quería sumar su segundo Grand Slam del año sin perder ninguno. Dominó los tiempos, restó profundo, sostuvo la red. Alcaraz, errático, falló con la dejada y no encontró continuidad con el primer servicio. El italiano se llevó el primero y el segundo, este último en un desempate eléctrico. Parecía que iba a suceder lo impensable, una final sin emoción.
Pero Carlos no sabe perder sin rebelarse. En el tercer set comenzó el giro con más peso de bola, más piernas, más dejadas y bien elegidas. Rompió en el tramo medio y mantuvo el saque con garra. En el cuarto, los dos alcanzaron un nivel de excelencia que rozó casi lo irreal. Carlos cedió el saque y Sinner tres bolas de partido con 5-3 a favor del italiano y al servicio de Alcaraz. El español no cedió el partido y salvó su juego para romper el saque del italiano e igualar el cuarto set que se decidió en el tie-break. Con la remontada final del set, Carlitos aprovechó la ocasión para llevarse el tie break y empató a 2-2 el partido. La final se fue al quinto.
Y allí, con la pista más pesada, con las piernas más cargadas y la cabeza más turbia, emergió su versión definitiva. Aprovechó el primer despiste físico de Sinner para romper en el inicio y, aunque cometió algunos errores no forzados, mantuvo la iniciativa con su derecha liftada y el revés paralelo. La clave, como tantas otras veces, fue la variedad. Sinner, enorme en la derrota, luchó hasta el último punto. Pero el que mandó fue Carlos.
Cuando parecía que el partido ya había tocado techo, llegó el clímax. En el set definitivo, ninguno cedía. Alcaraz rozó la gloria con 5-4 a favor y su servicio, pero Sinner se aferró con todo e igualó el set con un break a 5-5.
Y allí, en el desenlace más tenso imaginable, Carlos fue un vendaval. Tomó ventaja desde el primer punto, combinando golpes ganadores, dejadas milimétricas y restos brutales. Se puso 6-0 antes de que Sinner pudiera reaccionar. Con un passing paralelo impecable, cerró el 10-2 y se desplomó sobre la tierra batida. Miró al cielo y gritó. París, de nuevo, era suyo.
El murciano, que ya había conquistado Roland Garros en 2024, Wimbledon en 2023 y 2024 y el US Open en 2022, suma así su quinto Grand Slam con apenas 22 años. Lo logra venciendo al número 1 del mundo, en una final épica, bajo el sol implacable de la Philippe Chatrier, que acabó por fundir incluso al rival más resistente del circuito. Y lo hace, como siempre, a su manera: sin dejar de correr, sin dejar de creer, sin dejar de emocionar.
El siglo XXI del tenis ya tiene dueño. En París, el rey es Carlos.




















