Antonio Montoya recibe en su casa a MurciaEconomíaExisten figuras empresariales en Cartagena que merecen ser reconocidas por su implicación pasada, presente y futura en el porvenir económico del tejido productivo. Y pocas de ellas tanto como la de Antonio Montoya Sánchez. Una figura que ha contribuido a que lo que hoy es el comercio local de la ciudad portuaria diese algunos de sus históricos primeros pasos, que supo interpretar la reconversión que vivió la ciudad a finales del siglo XX. Don Antonio, por méritos propios, entra en el selecto club de los grandes empresarios de la ‘trimilenaria’. Hijo de un carpintero de La Puebla con visión y mucho trabajo, el tiempo ha reconocido a este perito mercantil y digno representante de una empresa familiar.
Por ello, MurciaEconomía ha querido descifrar el peso del currículo de este emprendedor con mayúsculas, nacido en La Puebla en 1935 y que lleva con orgullo seguir abriendo la persiana de sus comercios todos los días y cerrar la contabilidad al llegar la noche.
Don Antonio en la intimidad
Habla con amor de la mujer de su vida, Paqui, que conoció en Mazarrón y de la que no se ha separado en estos seis lustros. En tiempos donde los ‘divorcios grises’ están de moda, enternece que una pareja sobreviva al tiempo y al amor y admirar con orgullo la familia que han formado. Sus hijos, Esther y Federico, han recogido el testigo de las empresas familiares, y sus nietos —Antonio, Raquel, Laura, Santi y Álvaro— son el legado más hermoso que Antonio y Paqui han construido. Al abuelo se le cae la baba cuando habla de Santi y de Antonio, Campeón del Mundo de Vela.
“Sin Paqui no hubiéramos podido llevar la empresa familiar de la manera que ha ido. Primero, porque me ha apoyado desde el primer momento para que pudiera centrarme en el negocio mientras ella se multiplicaba para gestionar la vida familiar; segundo, cuando decidió dar un paso adelante, incorporándose en la estructura empresarial; Paqui es una persona que siempre ha estado ligada a la moda y ha sabido transmitir su estilo al negocio”.
Don Antonio, noventa años dan para mucho. ¿Cómo recuerda sus inicios?
Estuve trabajando seis años por cuenta ajena, desde los quince hasta los veintiún años. Aprendí lo que pude, pero enseguida quise hacer algo por mi cuenta. Conseguí un préstamo de un millón de pesetas para empezar. El banco me lo dio porque mi madre puso una tierra de garantía. Posteriormente, aprovechando que el almacén de aceite que había en la Calle del Carmen, Balsa Oliva, cerraba, le ofrecieron a mi padre la posibilidad de coger el negocio. Era una lástima que la única empresa de aceite que había en la ciudad cerrara y como mi padre era una persona inquieta decidió tomar las riendas del negocio.
¿Cómo era su primer local?
Una nave de 200 metros en el barrio de San Antón dedicada al vidrio, ya que había cerrado la unión vidriera en Santa Lucía. Empece desde lo más bajo, de cero. No tenía ni clientes, ni experiencia en montar una empresa pero me lancé. En los años 70 está cerró y nos trasladamos a la carretera de canteras como Vidrios Cartagena.
En el año 87 empezamos otro negocio, zapatos, zapatería Esther MONTY que también se amplió en los 90 con una segunda zapatería, Markas, un establecimiento low cost pero manteniendo la calidad que caracteriza a Esther MONTY.
Hábleme de esos primeros años.
Fueron durísimos. Trabajaba de lunes a domingo. Yo mismo hacía los pedidos, las cuentas, iba a visitar clientes… Me movía por teléfono fijo. No había móviles ni GPS, así que a veces me perdía buscando direcciones. Todo era mucho más complicado.
¿Qué sientes ahora, viendo que tu empresa sigue en manos de tus hijos?
Orgullo. Porque ha costado mucho. Todo ha sido a base de esfuerzo, de no rendirse. Ver que ellos siguen y que esto continúa es lo mejor que me puede pasar. Esto es como un hijo más. Además, tengo la suerte de seguir vinculado a ella. De hecho, sigo repasando la caja de la tienda todos los días. Mis hijos me dan un papelito y yo realizo la contabilidad en euros y pesetas. Es cierto, que llevamos veinticinco años sin usar la peseta, pero para mi sigue existiendo, sigue valiendo.
Cambiando de tercio, ¿qué significa Santa Lucía para usted?
Es un barrio muy especial. Miguel Hernández, alcalde de Cartagena, sufrió el cierre de la Unión Vidriera. Entonces sondeó a mi padre para asumir la empresa y sus trabajadores. De esa propuesta nace Vidrio Cartagena S.A. Mi padre era una persona muy emprendedora y le gustaba crear empresas. En aquel momento, se habían quedado 300 obreros parados y mi padre decidió incorporarlos a la sociedad. De manera, que hemos contribuido humildemente a la tradición vidriera de la ciudad.
Una de sus grandes aficiones ha sido la pesca, cuénteme.
La pesca ha sido una de mis grandes pasiones. Me iba a pescar a Cabo Tiñoso y a los alrededores. En definitiva, por toda la costa. Estuve en torno a 25 o 30 años pescando. De hecho, me saqué la licencia. Me decían que no era pescador oficial y tuve que hablar con el Patrón de la cofradía para solucionar aquel asunto. Pescaba de todo: atunes, melvas, bonitos… Fue una etapa bonita, la verdad. Al final, cuando me retiré en mi historial de la Seguridad Social tenía registrado todo el tiempo que estuve como vidriero, pescador, fundidor…
Noventa años dan para mucho, pero hablemos del presente. ¿Está usted satisfecho con el camino recorrido?
Noventa años, en julio. Ahora mismo tengo ochenta y nueve años (risas). Estoy satisfecho. Ahora me acuerdo de cuando mi padre se salió de la carpintería en La Puebla, se vino con Martín López de La Tropical de Los Alcázares, se colocó en el puerto haciendo calafates de madera en las obras del puerto y un buen día, uno de La Puebla, Francisco Inglés, que se vino a Cartagena y le ofreció una barranca de madera en la antigua lonja. Este hombre buscó a mi padre para hacer una barraca de madera cruzada, había dos filas de barracas. Aquello parecía el oeste americano, como las películas del oeste. Eran barracas de madera, mi padre y Francisco Ingles hicieron una barraca durante bastantes años.
Este Inglés se juntó con Felipe Jiménez. La lonja vieja desapareció, éramos cuarenta y tantos propietarios en quince/veinte barracas. Eso no lo habéis conocido vosotros, lo que había en la muralla de tierra. Cuando nació Portmán Golf, compraron a unos cuantos y se juntaron con la mayoría de la propiedad y obligaron a hacer 200 o 300 viviendas. Se metió Alfonso Bas. Estos son los socios pioneros que ayudaron a comprar a los cuarenta y tantos propietarios, entre esos estábamos nosotros. Yo con quince años me venía con mi padre desde La Puebla a las 6 de la mañana. Una faceta que no conoce ni mi hija, ni mi hijo.
Por último, ¿cómo ve el comercio actual de Cartagena?
Ha cambiado muchos. Las grandes figuras del comercio local han desaparecido, prácticamente, en su totalidad. Quedan muy pocos establecimientos de antes. Apenas, dos o tres. Pienso que es ley de vida, lo que no quita que me de pena. Hay que adaptarse a los tiempos y esa es la principal obligación que tiene el comercio de Cartagena. No podemos dejar que uno de los principales atractivos de nuestra ciudad desaparezca.
Antes venía gente de los alrededores hasta Cartagena para comprar en sus tiendas. Ahora, eso ha cambiado. La gente compra por internet, dejando de lado a un comercio que ofrece un contacto directo con el cliente y productos de calidad.








