La apuesta fría, el mercado del hielo

Alejandro Izquierdo Monterde
El Ártico, ese gran espejo blanco que parecía eterno, ajeno al tiempo y a los balances de cuentas, empieza a hablar en idioma de grandes cargueros y contenedores. Y lo que antes fue deshielo, ahora es oportunidad. No para todos, claro.
Rusia, que conoce mejor que nadie cómo moverse en esta gran isla helada, ya lo había intuido hace años: ahí se podría construir una gran autovía. Y China, que no necesita que nadie le dé permiso para pensar en grande, lleva tiempo tomando notas y colocando fichas, y considerándose, como ellos ya dijeron en 2018, “un estado cercano al Ártico”; aunque estén más cerca del ecuador que de lo otro. Cuestiones estratégicas.
No es que se haya inventado nada nuevo. Solo que el deshielo ha hecho más corto el camino entre Shanghái y Rotterdam. Cuando la economía mundial empieza a parecerse más a una partida de Risk que a un tratado comercial, cada semana de navegación ahorrada puede pesar más que cien reuniones en Bruselas. Porque eso es lo que está en juego: tiempo, rutas y acceso. Y detrás de todo, control. Lo curioso es que esta nueva ruta, disfrazada de geografía, es una ecuación puramente política. El cambio climático ha hecho lo que años de diplomacia no consiguieron: abrir paso a nuevas formas de comercio. Más rápidas. Más baratas. Más frías, también. Y así, mientras se congelan las relaciones internacionales en otros frentes, el Ártico se descongela. Literal y estratégicamente. El círculo polar ya no es blanco y helado, sino que es un gran pedazo de acero, que deja estelas agrietadas y banderas que se clavan en el hielo con más prisa que discurso. Europa, por su parte, se observa dividida entre su alma climática y su instinto comercial, entre los principios y las ventajas, y ahora poniendo al día a sus países clave en la zona. Svalbard, Reikiavik y Nuuk son solo algunos ejemplos de lo que será en un futuro no muy lejano los nuevos Algeciras, Amberes y Hamburgo.
Es normal, todos quieren su parte de esta tarta que hace veinte años, lejos de poder comerse, a los líderes mundiales les producía una especie de sensación de frío en la cabeza cada vez que intentaban probar un bocado, una migraña incómoda que solo les hacía recordar que el hielo era aún demasiado hielo. Desde entonces, cientos de foros, cumbres y debates se han desarrollado para poder tratar de forma “eficaz y responsable” esta cuestión. Pero las cumbres, por altas que sean, no sustituyen al mar. Porque al final, como siempre, el que aprovecha la ruta no es el que más la discute, sino el que primero suelta amarras.




















