Por la digna restauración de la Catedral de Cartagena: ¡Un grito de justicia y patrimonio!
Paco Morales
Católico, cartagenero y español
El pasado 9 de julio, la presentación del proyecto “Spartaria”, ganador del concurso denominado para la “restauración” de la Catedral de Cartagena, nos dejó a muchos ciudadanos perplejos y profundamente indignados. Las intervenciones del presidente del tribunal y del arquitecto jefe del equipo ganador, Carlos Campos, destaparon una realidad inquietante: lo que se promueve no es una restauración, sino un acondicionamiento parcial para fines escénico-turísticos, subordinado al Teatro Romano. Es decir, se habla de todo menos de restaurar un edificio sagrado y monumental.
Y aquí está la gran contradicción: el título del proyecto habla de RESTAURACIÓN DE LA CATEDRAL, pero las bases del concurso evidencian que el objetivo real es transformar este templo en un simple espacio multiusos complementario del Teatro Romano. Esta tergiversación es un engaño, una afrenta tanto a los creyentes —para quienes las catedrales son lugares de culto universal— como a todos los españoles, pues estamos hablando de un Bien de Interés Cultural (BIC), un patrimonio que es propiedad colectiva y cuya conservación exige el máximo respeto legal y moral.
Para perpetrar esta operación, el jurado fue seleccionado por representantes de instituciones públicas que, sorprendentemente, parecen llevar décadas ignorando —cuando no saboteando— la recuperación de este templo. Desde el final de la Guerra Civil, esta catedral ha sufrido abandono, ocultación y silencio institucional. Y no lo decimos gratuitamente: como BIC, está obligado por ley a abrirse al público al menos cuatro días al mes. Sin embargo, hemos tenido que luchar durante décadas para que se cumpla esta mínima exigencia legal.
Para más escarnio, en los pliegos del concurso, el propio Obispado —titular del edificio— ha clasificado la Catedral como un “solar”, reduciendo un lugar consagrado, con altar y culto, a un terreno vacío. Esto es tan escandaloso como simbólico: una negación flagrante de su sacralidad y de su historia. Mientras tanto, el Ayuntamiento de Cartagena sigue en la misma línea: una política constante de desprecio institucional hacia la Catedral, apostando por convertirla en una sala de actos al servicio del Teatro Romano.
Durante la presentación del proyecto, se nos habló de: "vincular la Catedral con el Teatro", "recuperar el paisaje", “dar valor a cada momento histórico”, “completar trabajos de arqueología”, “conservación de los elementos que ya hay más lo que vayan apareciendo”, "flexibilizar su uso final", "mirador hacia el Teatro Romano", “evitar la erosión”, “ejecución por fases”, “otros usos”, “mínima incorporación de elementos”, repetidamente “limitación económica” y “aspecto económico”.
Nada de esto se corresponde con la definición canónica y legal de restauración. La RAE es clara: restaurar es “arreglar, renovar o devolver algo a su estado anterior”. Lo que se propone no es una restauración, es un cambio de uso encubierto, disfrazado de intervención cultural.
¿Dónde queda el respeto al lugar de culto más antiguo de nuestra ciudad? Los cartageneros queremos recuperar nuestra Catedral, no un “espacio escénico” con cristal y líneas vanguardistas. No pedimos una reinterpretación moderna, sino la recuperación de un símbolo esencial de nuestra fe y de nuestra historia. La Catedral de Cartagena no es un apéndice del Teatro Romano. Es un templo, un centro espiritual y un hito monumental que durante siglos fue la Primera Catedral Primada de España. Esa dignidad no puede ni debe ser arrebatada por intereses políticos, turísticos o ideológicos.
En este lugar se enraíza la historia del cristianismo en nuestra ciudad: desde la leyenda apostólica de Santiago hasta su consolidación como sede episcopal en el siglo XIII. Desde el expolio del Obispado en 1289 hasta las reformas del siglo XVI y su tragedia durante la Guerra Civil. La Catedral sufrió bombardeos, saqueos, sacrilegios, incendios y derribos. Pero sigue en pie. Y sigue consagrada. Y por tanto, exige respeto, cuidado y restauración, no reinterpretaciones que desdibujen su esencia.
¿De qué sirve repetir que Cartagena es una ciudad cultural si se desmantela su alma? ¿Dónde está la responsabilidad del Obispado, la Comunidad Autónoma y el Ayuntamiento cuando el edificio más significativo de nuestro patrimonio religioso se presenta ahora como “solar” para justificar su transformación?
A ello se suma una grave contradicción legal: ¿cómo puede un edificio BIC seguir cerrado, sin cartel, sin culto regular, sin accesibilidad, cuando la ley exige su apertura mínima mensual y la protección de todos sus valores históricos y religiosos? ¿Cómo es posible que la administración pública participe de esta degradación en lugar de defender su restauración completa?
La intervención del presidente del jurado fue, sencillamente, lamentable: vacía de argumentos, y profundamente insensible al significado del lugar. Como recordaba una voz sabia durante el acto, aún resuena la antigua cita del “Fundamentum Ecclesiae Cartaginensis” del obispo Diego de Comontes:
“Y cuando así fue erigido, en la dicha ciudad de Cartagena erigió una nueva catedral para alabanza y honra de Dios […] y así erigida, el maestro hermano Pedro Gallego […] llegó a ser obispo por el Señor Papa Inocencio IV, quien, estando en Lyon con su corte, consagró al mismo obispo la víspera de las calendas de agosto de 1288, es decir, en el año del Señor 1250…”
En muchas diócesis de España conviven con total normalidad dos catedrales, sin que ello suponga conflicto alguno. ¿Por qué, entonces, ese afán tan persistente por borrar la nuestra, precisamente cuando ostenta el privilegio de haber sido la Primera Catedral Primada de España? No entendemos esta actitud de abandono y desprecio, cuando sería perfectamente posible conservar este templo en armonía con la actual sede murciana. Más aún, ahora que se ha demostrado que el traslado de la sede episcopal desde Cartagena a Murcia se realizó de forma ilegal, es el momento de saldar, al menos en parte, esa deuda histórica. La mejor forma de hacerlo es restaurando la monumentalidad del edificio, devolviéndole —si no exactamente su forma original, por falta de planos precisos— al menos una imagen fiel a la reconstrucción modernista que proyectó Víctor Beltrí, respetando así tanto su dimensión espiritual como su valor patrimonial.
Resulta imposible no establecer un paralelismo entre lo que sucede con la Catedral de Cartagena y el abandono institucional que sufre el conjunto monumental del Valle de los Caídos. En ambos casos, tanto el Gobierno autonómico como la propia Iglesia parecen haber renunciado a su responsabilidad histórica y moral. Si en Madrid se desentienden del futuro de la basílica y la monumental cruz de Cuelgamuros —dejando a su suerte un símbolo de gran valor artístico, espiritual y patrimonial—, en la Región de Murcia ocurre lo mismo con la primera Catedral primada de España, cuya restauración es postergada sine die entre silencios cómplices, indiferencia burocrática y una clara falta de voluntad política y pastoral. Esta pasividad institucional ofende no solo a los fieles, sino también a cuantos reconocen en estos lugares no una reliquia del pasado, sino un legado vivo que merece respeto, defensa y proyección hacia el futuro.
La Catedral de Cartagena no es solo piedra, es memoria, es identidad espiritual, es testigo de siglos de historia. Merece lo que han tenido todas las demás catedrales de España: una restauración digna, respetuosa con su valor arquitectónico y religioso. No aceptamos que se le robe su función, su dignidad y su presencia bajo un disfraz culturalista. ¡Exigimos su restauración como lo que es: la Catedral Primada de Cartagena!
¡Los cartageneros queremos restaurar tal como era (en lo posible) la Catedral en 1850!
Además, la Catedral de Cartagena, por su rica historia y su inigualable estatus primado, posee un potencial turístico religioso e histórico que brilla por sí mismo, sin necesidad de ser un apéndice o un mero complemento del Teatro Romano. Restaurada a su esplendor, se convertirá en un destino ineludible para visitantes de todo el mundo, atraídos por su singular legado. Su restauración es, por tanto, una inversión crucial en la memoria, la identidad y el futuro de Cartagena.
Por eso, desde aquí, hacemos un llamamiento a todas las autoridades, a la sociedad cartagenera, a los creyentes, a los defensores del patrimonio: ¡Basta ya de desprecios, basta de abandono, basta de mentiras! Cartagena merece recuperar su catedral. España merece que no se borre su historia. ¿Nos unimos para defender este legado insustituible?



















