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El odio no puede ser la seña de identidad de mi generación

Maggie C. López

Crecieron juntos, sueñan juntos y hoy se niegan a dejarse dividir por el odio.

 

Hay lugares que, sin pretenderlo, terminan siendo símbolo de lo que una sociedad puede llegar a ser cuando se construye desde abajo, desde lo cotidiano, desde el vínculo humano. Torre Pacheco es uno de ellos. En sus aulas, en sus calles, en sus fiestas y en sus parques, se ha forjado una convivencia real entre hijos de migrantes y jóvenes autóctonos. No se trata de una integración forzada ni de una imagen de postal: es una convivencia vivida, sincera, tejida día a día desde la infancia. Por eso duele que esa armonía se vea amenazada por discursos de odio que no nacen del pueblo, sino que se infiltran como virus ajenos, disfrazados de justicia y alimentados por la ignorancia.

 

El reciente ataque que sufrió un vecino mayor del pueblo, Domingo, fue lamentable, sin duda. Pero lo que realmente perturbó la paz de Torre Pacheco no fue solo ese acto violento, sino su posterior instrumentalización por parte de quienes buscan sembrar desconfianza y miedo. Desde plataformas digitales y perfiles radicalizados, se empezó a señalar a toda una comunidad —la marroquí— como culpable colectiva. Una reacción desproporcionada y profundamente injusta. Porque la violencia no tiene nacionalidad, pero el odio sí tiene promotores.

 

Y sin embargo, la respuesta más clara y más humana vino del propio Domingo, la víctima: pidió calma, pidió que no se hicieran generalizaciones, y defendió la convivencia que él mismo ha vivido toda su vida en el pueblo. Su voz serena, su ejemplo de dignidad, fue el primer muro contra el intento de fractura. Pero no fue el único. 

 

La juventud de Torre Pacheco tomó el testigo. Jóvenes que han crecido compartiendo pupitres, patios de colegio, entrenamientos, meriendas y sueños. Que no distinguen entre “los de aquí” y “los de fuera” porque, para ellos, no hay un “fuera” cuando todos viven lo mismo. Que saben que la identidad no se hereda, se construye.Y que la suya está hecha de muchas raíces, pero de un mismo suelo: el de la convivencia.

 

No es una juventud ingenua. No ignora las dificultades ni los retos de vivir en una sociedad diversa. Pero ha aprendido, por experiencia propia, que la diferencia no es el problema, sino el prejuicio. Que lo que fortalece una comunidad no es la homogeneidad, sino el respeto. Que convivir no es tolerarse, sino reconocerse en el otro.

 

Frente a los que agitan el miedo desde pantallas lejanas, esta generación propone el valor de lo vivido. No responde con rabia, sino con convicción. Ha salido a la calle, ha hablado en redes, ha mostrado que la convivencia no necesita teorías ni discursos complejos: necesita voluntad, cercanía y memoria compartida.

 

Esa es la verdadera fortaleza de Torre Pacheco. No su normalidad, sino su tejido humano. Las comidas compartidas entre vecinos, los saludos en la tienda, los partidos de fútbol mixtos, las fiestas donde suenan músicas distintas. Todo eso es lo que convierte a un pueblo en una comunidad. Todo eso es lo que intentaron dañar. Y todo eso es lo que esta juventud está dispuesta a proteger.

 

Las instituciones han actuado, sí: investigando los mensajes de odio, reafirmando el compromiso público con la convivencia. Pero más allá de las medidas legales, lo que de verdad marca la diferencia es la respuesta social. Y, en especial, la de los jóvenes. Porque cuando una generación dice “no” al racismo desde la experiencia, ya no hay discurso que pueda borrarla.

 

Esta juventud no va a permitir que se ponga en duda lo que han construido con naturalidad: una comunidad en la que nadie sobra por tener otro apellido, otra lengua materna o distinta religión. Para ellos, ser de Torre Pacheco no es cuestión de origen, sino de pertenencia. Y esa pertenencia se gana compartiendo, viviendo y respetando.

 

No nos engañemos: los intentos de división seguirán. Pero lo harán en un terreno donde ya ha crecido algo más fuerte. Porque en este pueblo hay una generación que no hereda el odio. Y eso, hoy más que nunca, es una esperanza colectiva. No solo para Torre Pacheco, sino para toda una sociedad que necesita recordarse humana, solidaria y unida en la diversidad. 

 

Torre Pacheco estuvo, por un momento, en la cuerda floja. El germen del odio —sembrado desde fuera, amplificado en redes, alimentado por prejuicios— pudo haber arraigado y fracturado una convivencia que costó años construir. Pudo haber convertido la desconfianza en enfrentamiento, el miedo en violencia, y el dolor en excusa para la división. Pero no fue así.

 

Torre Pacheco es, hoy, mucho más que un nombre en el mapa: es un ejemplo. Un espejo en el que debería mirarse cualquier comunidad que aspire a convivir con justicia y humanidad. Ojalá todos nos pareciéramos un poco más a Torre Pacheco. El mundo, sin duda, sería un lugar mejor.

 

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