Valeria Castro en La Mar de Musicas 2025 | Foto: Cuenta XPor las calles se respiraba música antes de que se oyera una sola nota. El martes trajo una jornada cargada de emociones y sonoridades diversas en La Mar de Músicas. Desde los rincones más íntimos de la canción del autor hasta las sacudidas suaves de la electrónica experimental, Cartagena fue, por unas horas, un continente sonoro donde cada rincón escondía una voz.
La tarde arrancó con sol alto y ambiente cálido, pero la plaza del CIM ofrecía un pequeño oasis donde los primeros acordes se deslizaban entre adoquines. A las 19:00, Le Parody abrió el telón del día con una propuesta valiente. Con su habitual mezcla de electrónica minimalista y raíz andalusí, Sole Parody construyó un set hipnótico, donde las bases digitales conviven con sonidos orgánicos y samples que recordaban los cánticos de la tierra. Su presencia fue discreta pero poderosa, dejando claro que su música no busca el golpe sino la resonancia interior. Los asistentes, muchos aún con cafés en la mano, se dejaban llevar por esa marea de loops y pulsos graves. Fue una apertura perfecta: onírica, íntima, sin prisma.
Poco después, a las 20:00, el centro histórico se llenó de acento local con el concierto de Río Viré. En el escenario de Repsol, la banda cartagenera liderada por Manuel Torres presentó su nuevo álbum El búho y la alondra, una obra densa en emociones que ahonda en el amor, el duelo y la ternura. Su indie-pop con alma poética conectó de inmediato con el público de casa. Torres, con voz temblorosa pero firme, agradeció estar tocando "en la ciudad que nos vio nacer". Hubo momentos de introspección, con letras que acariciaban heridas, y también instantes de luz con melodías que flotaban como faroles encendidos. Cartagena aplaudió a sus hijos con entusiasmo genuino.
Y como si la noche tuviera un crescendo perfectamente orquestado, a las 21:30 el patio del Antiguo CIM se llenó con la voz rasgada y elegante de Conociendo a Rusia, el proyecto del argentino Marteo Sujatovich. Acompañado por una banda sólida, presentó temas de su último disco Jet Love, una colección de canciones que suenan a Buenos Aires, a rock nacional pulido por el tiempo y enriquecido por arreglos contemporáneos. Sujatovich, carismático y cercano, saludó al público con humor y emoción. Temas como “Lo mejor” y “A la vez” hicieron cantar a buena parte del auditorio, donde muchos ya habían seguido su ascenso desde ediciones anteriores del festival. El suyo fue un concierto maduro, elegante, y lleno de pequeñas joyas de composición.
Pero todo era, en cierto modo, un preámbulo para la gran cita de la noche. A las 23:00, el auditorio Paco Martín, ya completamente entregado, recibió a Valeria Castro, que regresaba a Cartagena con su álbum El cuerpo después de todo bajo el brazo. El silencio con que se recibió su primer acorde fue casi reverencial. Bastaron unas notas para que la artista canaria se adueñara del espacio, demostrando que su sensibilidad no es pose ni artificio, sino una forma de estar en el mundo.
Vestida con sobriedad y rodeada por una escenografía austera, Valeria se convirtió en canal de emociones profundas. Sus letras, que hablan del cuerpo, de la pérdida, del perdón y de la memoria, encontraron eco en una audiencia visiblemente conmovida. La cantante no necesitó grandes alardes: su voz, al borde de la fragilidad, lo decía todo. Cartagena, que ya la había aclamado en 2022, volvió a rendirse a su arte.
La noche cerró como una caracola que guarda el murmullo del mar. Las luces se apagaron con suavidad y muchos tardaron en levantarse de sus asientos, como si quisieran retener un poco más de lo vivido. Fue una jornada que demostró por qué La Mar de Músicas no es un simple festival: es un refugio de sonidos sinceros, un mapa que conecta el alma de los artistas con la piel de una ciudad que escucha con el corazón abierto.







