“No es apatía, es hartazgo: por qué los jóvenes ya no miramos a la política”

Maggie C. López
Nos llaman generación de cristal, pero somos quienes estamos rompiendo con los moldes rotos de siempre
Desde que tengo uso de razón, la política siempre ha estado ahí: en la televisión, en las conversaciones de sobremesa, en los carteles que cubren las paredes durante las elecciones. Pero aunque está en todas partes, para muchos de nosotros, los jóvenes, se ha convertido en algo tan ajeno como un idioma antiguo. Y no, no es que no nos importe el futuro. Es que estamos cansados.
Nos llaman “generación de cristal” como si fuéramos débiles, como si nos rompiéramos con cualquier cosa. Pero lo que realmente estamos rompiendo son los silencios, los estigmas, las actitudes tóxicas que generaciones anteriores normalizaron. No es fragilidad. Es conciencia. Es sensibilidad. Es valentía de señalar lo que no está bien, incluso cuando eso incomoda.
No somos una generación apática. Al contrario. Nos movilizamos por el medio ambiente, por los derechos humanos, la salud mental, por el feminismo, por la justicia racial. Salimos a las calles, como pasó en Valencia. Creamos comunidades y espacios donde nuestras voces cuentan. Lo que pasa es que ya no creemos que esos cambios vayan a venir desde los parlamentos, los partidos o las promesas de campaña.
La política tradicional, la que vemos en los debates televisados o en los discursos llenos de palabras vacías, simplemente no nos representa. Nos hablan desde una torre de marfil, con un lenguaje que parece más diseñado para confundir que para explicar. Cuando nos nombran, lo hacen como un grupo que hay que recuperar, convencer o incluso manipular. Como si no tuviéramos criterio. Como si solo fuéramos números en las encuestas.
Y mientras tanto, los problemas reales siguen ahí: los alquileres imposibles, los sueldos precarios, la incertidumbre laboral, la ansiedad de un planeta en crisis. ¿Cómo se supone que confiemos en líderes que discuten entre ellos, mientras el mundo arde, literal y metafóricamente?
La desconexión no viene de la desinformación o de la falta de interés. Viene del desencanto. Porque hemos visto una y otra vez cómo se traicionan las promesas, cómo se priorizan intereses personales o del partido por encima del bien común. Vemos corrupción, polarización y una obsesión por ganar la próxima elección en lugar de construir el futuro. Todo se convierte en espectáculo, en titulares, en performance. Y eso, para quienes estamos creciendo en medio del caos, resulta insoportable.
Además, la política institucional avanza demasiado lento. En un mundo hiperconectado donde todo cambia a velocidad vertiginosa, esperar años para una reforma que al final se diluye o no llega genera frustración. Las generaciones anteriores quizás podían permitirse la paciencia. Nosotros no. El cambio climático no va a esperar. La precariedad no se va a congelar mientras los partidos se ponen de acuerdo.
Y si a eso le sumamos que nos ridiculiza por ser emocionalmente conscientes, por exigir respeto por hablar de salud mental, por pedir espacios seguros, no es extraño que también queramos alejarnos de las estructuras tradicionales del poder. Nos acusan de “ser ofendidos por todo”, cuando lo que realmente estamos haciendo es dejar de normalizar lo que nunca debió ser normal. No queremos seguir el guion de siempre. No queremos repetir los mismos errores.
Otro factor es que la política no ha sabido adaptarse a nuestros canales. Mientras en redes sociales discutimos temas serios con urgencia y pasión, desde los partidos nos llegan mensajes superficiales o desconectados, diseñados para parecer “jóvenes” pero que terminan sonando falsos. No queremos que nos hablen con emojis o eslóganes vacíos. Queremos que nos tomen en serio.
Sin embargo, aunque muchas veces no vayamos a votar, aunque no estemos afiliados a partidos o no sigamos los debates parlamentarios, sí estamos profundamente politizados. Solo que lo hacemos de otra manera. Lo hacemos cuando elegimos consumir de forma más consciente, cuando nos organizamos en cooperativas, cuando usamos las redes para denunciar injusticias, cuando debatimos entre amigos sobre salud mental, identidad, o derechos humanos.
Estamos más despiertos de lo que muchos creen. Pero no vamos a poner nuestras esperanzas en estructuras que una y otra vez nos han fallado. Y no es por inmadurez. Es por experiencia. Porque aunque tengamos 20 o 25 años, hemos crecido viendo cómo los poderosos se perpetúan mientras a nosotros nos dicen que trabajemos más, que seamos agradecidos, que no exijamos tanto.
Nos duele el mundo. Nos importa. Pero no confiamos en quienes deberían liderar los cambios. No queremos que nos dirijan, queremos decidir. Queremos participación real, horizontalidad, transparencia. Queremos una política que deje de tratarnos como el futuro y empiece a tratarnos como el presente.
Quizás algún día la política se parezca más a nosotros. Quizás algún día nos sintamos parte y no meros espectadores. Pero hasta que eso ocurra, seguiremos creando nuestras propias formas de resistencia y transformación. Porque sí, seguimos creyendo en el cambio. Solo que ya no creemos que vendrá desde arriba.
No es apatía. Es hartazgo. Y no es lo mismo.





















