Instalaciones de Repsol en el Valle de Escombreras (Imagen de archivo).
Cuando se piensa en la economía española lo más común suelen ser ciudades abarrotadas de turistas o fábricas de coches. Sin embaego, hauy un sector que suele pasar inadvertido: las empresas químicas. Esta industria representa el 6,1% de todo el PIB español y un 4,7% de la población salarial activa. Una cifra superior a la construcción y el sector primario.
Sin embargo, este sector se ha construido sobre un imperio internacional con el 73% de su facturación viniendo de las ventas fuera del país. Es por ello que ha habido reiteradas preocupaciones desde 2024, cuando los precios de la energía por la guerra de Ucrania provocó una verdadera crisis con la facturación retrocediendo. Desde entonces se han construido dos caminos. Mientras España ha logrado recomponer esta industria clave, el resto de Europa atraviesa un sendero crítico en el que muchas fábricas están cerrando y buscando otros destinos en un éxodo en busca de una rentabilidad que ya no se encuentra en el Viejo Continente.
Hay casos concretos como la planta de steam cracker, de Amberes de TotalEnergies que va a cerrar a finales de 2027 dejando sin trabajo a 250 personas que dependían de la misma. Este mismo mes de julio Dow ha anunciado que no solo cierra una sino que ya son tres las plantas que cerrará ante los desafíos estructurales que plantea la región.
Hay dos factores claves para la crisis. Por un lado, los precios de la energía de las fábricas del centro y norte de Europa, donde más se concentra la producción, se han disparado. Por otro, están los mayores costes de insumos, mayores costes de crédito y otros frentes de presión como son los aranceles.
La excepción española
En España la situación ha sido algo diferente. A pesar de que no se está en una situación de bonanza, el sector espera que este año se recupere prácticamente todo lo perdido en 2023. En 2022 se alcanzó un récord de facturación de 89.866 millones de euros y se cayó de golpe, en solo doce meses, a los 82.493 millones, según datos de la Federación Empresarial de Industria Química Española (Feique). Una caída del 8,2% prácticamente en línea con las cifras europeas. Sin embargo, el rebote fue más intenso con una variación anual del 3,6% en 2024 hasta lograr los 85.483 millones. En una escalada que, según sus perspectivas, se quedaría a las puertas de la remontada en 2025 con un ascenso del 4,2% hasta los 89.073 millones de euros. Esto supondría quedarse ya a menos de un 1% de facturación de sus máximos históricos previos al batacazo de 2023.
Pero, empezando por el principio, ¿por qué se espera un mayor crecimiento este año y hay una diferencia tan abismal entre Europa y España? Hay dos respuestas claras. Si bien España sufre muchos de los problemas que afectan también a Alemania, Holanda o Italia, cuenta con una ventaja estratégica, los precios de la electricidad. Los costes energéticos son ostensiblemente más bajos en la península ibérica, pero especialmente el potencial de los mismos. Por lo tanto, mientras las fábricas se van cerrando en el norte, la inversión de la industria se concentra en España.













