Diego Avilés, concejal de Cultura e Identidad, en la plaza Cardenal Belluga.Nos encontramos en la Plaza Cardenal Belluga, donde el sol cae como cae todo en Murcia: de lleno, sin medias tintas. A pocos metros, las palomas sobrevuelan la Catedral y una pareja de turistas se fotografía junto a la imponente fachada. No son los únicos. Cada vez son más los que hacen cola para descubrir una ciudad que otros llevan toda la vida habitando. Y ahí, entre visitas guiadas y flashes, llega Diego Avilés, concejal de Cultura e Identidad del Ayuntamiento de Murcia. Murciano de raíz cofrade y alma contemporánea, lleva casi una década recorriendo los pasillos del poder local con perfil discreto, pero con una convicción clara: "la cultura no viste a una ciudad, la define".
Hay momentos que no salen en las actas ni en los titulares, pero que definen una vida pública. Diego Avilés lo tiene claro, son las emociones que ha vivido en primera fila lo que se lleva de estos años de gestión. “Los momentos más bonitos han sido esos instantes en los que ves a una familia llorar de orgullo porque su hija ha sido elegida Reina de la Huerta, o porque su nieto inaugura una exposición en el Almudí”. La política, dice, “cobra sentido cuando se cruza con lo íntimo”.
Pero también hay dureza. Especialmente la que llega disfrazada de anonimato, con perfiles falsos e insultos en redes sociales. “No me quita el sueño, pero es lo más desagradable que he vivido”, reconoce.
Pero el Diego de hoy no se entiende sin el niño que fue. Avilés es cofrade antes que ciudadano. Literalmente. “Mi padre me inscribió en la cofradía antes de ir al registro civil”, cuenta entre risas. “Concretamente en la Cofradía del Perdón de San Antolín. Cuando nací, bajó del hospital, pasó por San Antolín, me apuntó y luego ya fue al registro”. Aquella inscripción temprana no solo le dio identidad, también vocación. Desde niño, se implicó en todo lo que tuviera que ver con su barrio, ayudando a conservar el patrimonio, organizando actividades, montando proyectos... A los 14 años fundó la primera cofradía juvenil de la ciudad, que aún hoy sigue viva con su tercera generación. Fue entonces cuando empezó a llamar a las puertas del Ayuntamiento, pidiendo salas, gestionando permisos, proponiendo exposiciones y actividades para su barrio. “Asumí responsabilidades muy pronto, y eso me permitió tener contacto directo con los concejales de entonces. Ahí descubrí que desde las instituciones también se podía trabajar para mejorar las cosas”.
Lo que empezó como una forma natural de implicarse en su entorno acabó marcando su trayectoria. “Hacíamos muchísimas actividades en la calle, sobre todo en San Antolín. Todo eso me despertó el interés por la política”. En 2015 se incorporó al equipo del alcalde José Ballesta. “Aquello fue un máster. Aprendí cómo funciona la administración, lo que significa exigirse, lo que implica acompañar a alguien que trabaja desde el amanecer hasta el ocaso”.
Hoy, desde la Concejalía de Cultura e Identidad, Avilés ha convertido esa experiencia en una forma de estar. “La cultura hace feliz a la gente. Lo he visto. Es lugar de encuentro, de libertad, de descanso. Es imprescindible”. Por eso ha volcado tanto esfuerzo en el diseño de Murcia 1200, la celebración de la fundación de la ciudad. Ya se han organizado más de 700 actividades, y el objetivo es llegar a 1000 antes de que acabe el año. “Lo importante es que no es un proyecto solo institucional. Han participado colegios, asociaciones, juntas vecinales... Es coral”.
Y más allá de la cantidad, Avilés subraya el valor de la implicación ciudadana. “Yo creo que lo más importante y el objetivo principal también de este proyecto es que la sociedad se ha hecho partícipe del mismo. Es decir, el hecho de haber superado las 700 actividades supera con creces las previsiones que teníamos”. La clave, dice, está en el origen de esas propuestas: “Han sido muchas las actividades que se han hecho por iniciativa de colegios profesionales, de institutos, de asociaciones, de colectivos, de juntas municipales… no solamente lo que ha partido del Ayuntamiento, sino lo que la propia sociedad, desde todos sus ámbitos, ha querido realizar”.
Ese es, para él, “el principal valor y el principal logro: que toda la sociedad murciana o casi toda ha sido conocedora de que celebramos 1200 años de historia y se ha hecho partícipe desde los distintos ámbitos: profesionales, laborales, culturales, sociales, civiles...”. Y añade una segunda consecuencia directa: “Está sirviendo también como un motivo para fortalecer la identidad de Murcia y de los murcianos, que es algo que tenemos que seguir trabajando fielmente, porque ya gracias a este aniversario muchos murcianos conocen su origen, de dónde procedemos, cuáles son los primeros asentamientos de la ciudad, quién la funda, con qué motivo”.
“No se trata de mirar al pasado con melancolía, sino de proyectar la Murcia de mañana”
Respecto a las críticas sobre que algunas actividades no tienen relación directa con el origen histórico de la ciudad, responde que “no se trata de mirar al pasado con melancolía, sino de proyectar la Murcia de mañana”. La celebración, insiste, no es solo patrimonio o efeméride, es también oportunidad. “Queremos que sirva para fortalecer la identidad de Murcia y de los murcianos”.
En ese sentido, la cápsula del tiempo que forma parte del proyecto es uno de los elementos que más ilusión le genera. Se trata de un mural creado por Lidó Rico, en el que decenas de ciudadanos han moldeado sus manos para formar parte de ese mural sujetando elementos de bronce. En una de ellas, el alcalde sostiene el corazón de Alfonso X. En otra, la cápsula que se abrirá dentro de cien años. “Queremos que los murcianos del futuro se vean en ese mensaje, que sientan que esta Murcia proyectada fue posible”.
Pero no quiere que el 1200 se quede solo en un pico de actividad. “Ha sido un revulsivo. Hemos agitado a la sociedad y eso va a dejar una estela. Aunque no celebremos cada año un aniversario, esa energía tiene que quedarse”.
Esa energía también se traslada a los espacios. Habla con orgullo de la coordinación entre Cultura, Patrimonio, Turismo y Pedanías. “Patrimonio rehabilita, Cultura da vida y Turismo lo proyecta”. Su gran apuesta es convertir la Cárcel Vieja en el centro neurálgico de la vida cultural murciana. “Un espacio vivo, dinámico, participativo, donde siempre pasen cosas”.
La gestión, dice, no solo va de cultura, sino de identidad. Y ahí entra el turismo. “No queremos morir de éxito. Murcia tiene que seguir siendo Murcia”, recalca. “Queremos crecer, sí, y lo estamos haciendo, pero sin perder nuestra esencia”. Porque sabe que hay una línea fina entre ser una ciudad acogedora y convertirse en un escaparate vacío.
Para Diego Avilés, el valor de Murcia no está solo en su patrimonio ni en su clima, aunque ambos cuenten. Lo que de verdad marca la diferencia, dice, es su gente. “El calor de los murcianos, su forma de ser, es algo que alegra al que viene y que le llama la atención”. Por eso, aunque defiende que la ciudad debe crecer y aspirar a recibir más turistas, insiste en que no puede perder su esencia. “Murcia no puede dejar de ser la ciudad de siempre”. Los datos, dice, acompañan ya que el Instituto Nacional de Estadística ha registrado cifras “brutales” de ocupación y visitas. Entre enero y junio, los establecimientos hoteleros de la ciudad recibieron un total de 280.441 viajeros, lo que representa un incremento del 7,7 % respecto al mismo periodo del año anterior. Esta cifra no solo supera ampliamente la media regional (3,7 %) y nacional (0,8 %), sino que constituye el mejor registro para este semestre desde que existen datos.
Su apuesta pasa también por el apoyo firme a la colaboración público-privada. Gracias a ella, explica, se han podido reforzar las fiestas y eventos con propuestas como el Jardín de los Sueños o los espectáculos piromusicales. “Empresas como Universae o Salzillo Global han apostado por formar parte de lo que estamos construyendo. Y eso suma”.
Diego Avilés no rehúye la contradicción. La abraza. “Soy una persona de contrastes”, admite. Puede estar por la mañana en una reunión sobre el Patronato del Ramón Gaya y por la noche en un concierto de Arde Bogotá. De traje y corbata o con camiseta oversize. Barroco o performance. “Me debo a todos. A los que votan y a los que no. A los que creen y a los que no. Y por eso no me da miedo apoyar tanto a nuestras raíces como a las nuevas expresiones culturales”.
Cuando necesita parar, acude a la Fuensanta o a los atardeceres del Mar Menor en invierno. Allí donde todo desacelera y la cabeza encuentra descanso. Y si tuviera que elegir un símbolo de su paso por la concejalía, lo tiene claro: la Cárcel Vieja. “Quiero que sea el cerebro y el corazón cultural de Murcia”.
Antes de despedirse, dice algo que suena a nota mental, a promesa íntima: “Intento retener estos momentos para cuando sea un anciano. Porque me hacen feliz. Estoy enamorado de Murcia”.
Diego Avilés no hace ruido. No busca el foco, ni la frase llamativa. Lo suyo va de fondo, de vínculos, de identidad. Tal vez por eso sus palabras no golpean, pero calan. Porque no hay confrontación, pero sí hay emoción. Y eso, en política, también deja huella.










