Hay festivales que simplemente ofrecen conciertos. Y hay otros que se convierten en rituales colectivos. La Mar de Músicas, que este 2025 ha celebrado su 30ª edición, pertenece al segundo grupo. Nació en Cartagena en 1995 como un sueño pequeño con mirada inmensa: tener puentes a través del mar, hacer del Mediterráneo un espacio sonoro donde las culturas se encontraran, no para compararse, sino para mezclarse, escucharse, reconocerse. Y, desde entonces, cada julio, esa visión ha cobrado cuerpo y alma en los rincones de esta ciudad milenaria.
Este año, el país invitado ha sido Corea del Sur, y no ha sido un capricho exótico: ha sido una muestra más de la voluntad del festival de mirar más allá de lo fácil, de lo esperado, de lo que ya conocemos. Porque si algo enseña La Mar, es que la música es un idioma universal, una brújula que siempre apunta hacia lo humano.
Desde los primeros acordes de la banda coreana Leenalchi en la inauguración, hasta el cierre desenfrenado con G-5 y la mística electrónica de Derek V. Bulcke, todo en esta edición ha sido un viaje emocional, espiritual incluso. En los patios del Antiguo CIM, en la Plaza del Ayuntamiento, en el Auditorio Paco Martín o a la orilla del mar, el público ha vibrado, ha llorado, ha bailado, ha gritado , ha callado…porque también el silencio compartido ante una voz desgarradora –como la de Valeria Castro o Youn Sun Nah– es una forma de comunión.
La multiculturalidad no ha sido un eslogan, ha sido una latido constante. Desde el afrobeat de Seun Kuti, heredero de una revolución sonora, hasta la electrónica tradicional de Jambinai, que hizo dialogar instrumentos ancestrales coreanos con guitarras distorsionadas, cada artista traía no un solo estilo, sino una historia. Y el público –una mezcla intergeneracional, curiosa, sensible– supo acogerla con la atención que merece lo sagrado.
¿Cómo explicar lo que se siente cuando en una misma noche coinciden los ritmos ancestrales de Bolivia con el neofolk murciano, el rap callejero con la chanson francesa, o el bolero con el jazz experimental? ¿Cómo explicar ese escalofrío cuando Toquinho, leyenda viva de la música brasileña, canta “Aquarela” junto a un auditorio entero que no puede evitar cantar con él, aunque muchos jamás hayan pisado Brasil?
Eso es la Mar: no entender del todo lo que oyes, pero sentir que lo comprendes con todo el cuerpo. Es mirar a alguien desconocido durante el concierto y compartir una sonrisa de asombro, como si ambos descubrierais el mundo por primera vez. Es llorar con una letra en un idioma que no hablas. Es querer más.
También fue emocionante ver cómo Cartagena se volcó. Porque este festival no solo se vive en los escenarios, sino en las calles, en las exposiciones, en los bares llenos, en las conversaciones al amanecer. La ciudad entera se transforma en un puerto de culturas. Durante nueve días, Cartagena no mira hacia dentro, se abre. Y lo hace con alegría, con hospitalidad, con esa mezcla tan mediterránea de ternura y fiesta.
La edición 2025 también ha sido un homenaje a la memoria. La exposición “La Mar cumple 30” nos recordó de dónde venimos. Vimos fotos en blanco y negro, nombres olvidados, carteles antiguos, y entendimos que este festival no es solo una celebración anual: es una construcción colectiva, un archivo vivo de todo lo que hemos sido como sociedad. Nos vimos reflejados allí, más jóvenes, más ingenuos tal vez, pero igual de hambrientos de belleza.
Y sí, hubo también revelaciones: el impulso poético de Maestro Espada, los puentes que tendió Guitarricadelafuente, con la tradición murciana, el descaro alegre de W24 o la elegancia radical de Arooj Aftab. Pero más allá de los nombres, lo que queda es una sensación: la certeza de que el arte, cuando es verdadero, nos iguala. Nos convierte en comunidad.
La Mar de Músicas no es solo una programación brillante, ni una apuesta por lo alternativo, ni siquiera un motor turístico –que también lo es–. Es, sobre todo, una afirmación profunda de que aún podemos encontrarnos en lo esencial: la emoción compartida, la belleza inesperada, el ritmo que atraviesa fronteras.
Treinta años después, este festival sigue cumpliendo su promesa. En un mundo cada vez más ruidoso, más rápido, más dividido, La Mar nos ofrece cada julio una pausa para escuchar , para sentir, para celebrar. Un lugar donde el alma, por fin, encuentra eco. Y eso, en estos tiempos, es más que un lujo: es una necesidad.








