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Dircom, el nuevo poder en la sombra

Maggie C. López

En el contexto político actual, la figura del Dircom (Director de Comunicación) ha adquirido un papel central dentro de la estructura de los partidos. Lo que antes era un rol técnico, centrado en la gestión de prensa, se ha transformado en una función estratégica con influencia directa sobre la agenda política, las decisiones internas y la imagen pública de los líderes. 

 

En un entorno mediático dominado por la inmediatez, la saturación informativa y la competencia por la atención, los partidos han tenido que reinventar su forma de comunicar. Ya no basta con explicar propuestas o defender ideologías: se necesita construir relatos emocionales, adaptados a formatos breves, visuales y viralizables. En este nuevo ecosistema, el Dircom actúa como arquitecto de la narrativa política.

 

Su labor va mucho más allá de redactar discursos o gestionar crisis. Supervisa el posicionamiento del partido, asesora al líder en su proyección pública, diseña campañas, evalúa el impacto comunicativo y adapta el lenguaje político al digital. Coordina equipos de redes sociales, creativos, portavoces y consultores, articulando una comunicación coherente y eficaz.

 

Este fenómeno no se limita a una ideología o país. En todos los niveles y formaciones, la dirección de comunicación ha ganado espacio y poder. Su cercanía al núcleo de precisiones refleja un cambio profundo: la lógica mediática condiciona cada vez más lo político. Los tiempos, las formas y los contenidos deben adaptarse a las reglas del espectáculo y la visibilidad. 

 

Desde una mirada positiva, esta evolución presenta una profesionalización de la comunicación política. Mejores estrategias pueden ayudar a informar mejor, hacer más comprensibles las propuestas y estrechar la relación entre representantes y ciudadanos. Pero también plantea riesgos: priorizar el impacto puede llevar a sacrificar profundidad, contenido y coherencia ideológica.  La política corre el riesgo de convertirse en una apuesta en escena constante. 

 

La figura del Dircom ha impulsado este cambio. El político ya no es solo un actor institucional, sino también un personaje público, moldeado según métricas, tendencias y reacciones. La espontaneidad se ve reemplazada por guiones, y las decisiones se toman teniendo en cuenta cómo serán percibidas más que su impacto real.

 

El ecosistema digital ha acelerado esta transformación. Las redes sociales han cambiado los flujos informativos y acercado a líderes y votantes. El mensaje debe ser breve, visual y adaptable a múltiples plataformas. En este contexto, el Dircom se parece más a un director creativo que controla no solo lo qué se dice, sino también cómo, cuándo y ante quién. 

 

Este proceso coincide con el debilitamiento del periodismo político tradicional. El periodismo crítico, analítico y capaz de marcar agenda ha sido desplazado por una lógica inmediata y dependiente de la viralidad. La proliferación de notas de prensa y contenidos prefabricados por los partidos reduce la capacidad de los medios para cuestionar. Ante esta debilidad, el Dircom gana margen de maniobra.

 

Surge entonces una pregunta clave: ¿el Dircom actúa con visión de largo plazo o se limita a gestionar lo inmediato? Si bien la presión de las redes lleva a trabajar día a día, muchos Dircoms están apostando por estrategias sostenidas: fidelizar audiencias, construir identidades políticas duraderas y crear liderazgos sólidos  mediante narrativas consistentes y emocionales. 

 

En una política cada vez más centrada en la imagen y la percepción, no sorprende que el Dircom haya pasado de los márgenes al centro de la estrategia. Ya no solo define cómo se comunica, sino que influye directamente en qué se hace. Allí, en la intersección entre visibilidad y poder real, reside su autoridad.

 

Su impacto va más allá de las campañas: moldea discursos institucionales, condiciona la acción cotidiana de los partidos y altera la forma en que los ciudadanos comprenden –o consumen– la política. En un contexto de prensa debilitada y ciudadanía fragmentada en burbujas digitales, su poder para construir relatos es inédito. 

 

Tal vez la cuestión más urgente no sea cuánto poder tiene el Dircom, sino quién lo controla, bajo qué límites opera y qué clase de democracia estamos configurando cuando el relato empieza a pesar más que la realidad misma.

 

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