Estrecho dilema: el maná del desierto
Alejandro Izquierdo Monterde
Economía y Relaciones Internacionales en Universidad Complutense de Madrid
Hay lugares que, aunque pequeños, contienen al mundo entero. El Estrecho de Ormuz es uno de ellos.
Un trazo de mar que mide apenas lo que va de Toledo a Madrid en su parte más angosta, pero por donde cada día navega una quinta parte del oro negro del planeta. Es un pasadizo tan angosto como decisivo, un cuello de botella por el que entra y sale la sangre que alimenta el corazón energético del comercio global. La aorta, cerca del colapso.
Miles son los ojos que lo observan con voluntades bien distintas. En la cara norte de la moneda está Irán, capaz de poder cerrar la llave de paso que ha brindado durante años un gran control, acceso y también dependencia; y al sur Emiratos Árabes y Omán, que ven algo más que petróleo en cada uno de los barcos que lo cruzan. El Estrecho asimila la tensión de las potencias, ese equilibrio frágil entre economía y estrategia, entre diplomacia y petroleros. Todo allí es cada vez más crítico: tensiones, disputas y mala mar; este último también hace que todo suba, raramente que baje.
En este entierro occidentales y orientales también tienen su vela, soplada por el viento con fuerza, y con unos portadores que rezan cada vez más insistentes para que no se apague. El barril sube más rápido de precio que cualquier cohete en año nuevo, y las primas de riesgo de medio mundo comienzan a hablar en el idioma de buques escoltados y rutas alternativas.
Estados Unidos, por su parte, juega en dos tableros. Por un lado, su producción interna y sus conexiones en América Latina lo hacen menos dependiente del Golfo Pérsico. Pero por otro, su papel como alfil de esta jugada le obliga a mantener buques de guerra patrullando la zona, porque el libre flujo de petróleo es también un interés nacional, aunque no se bombee en Texas.
Y luego está Asia, el gran demandante silencioso. Japón, Corea del Sur, India y, por supuesto, China; son grandes clientes de este fluido que hace que sus máquinas no dejen de funcionar. Los tigres asiáticos, más sedientos que nunca, temen quedarse sin agua. Por eso cada uno de ellos planea su estrategia para poder meter la cabeza en el bebedero. Pero como los de su especie, beben siempre mirando al frente… por lo que pueda pasar, claro.
Si Ormuz se cierra, no solo sube el petróleo: se recalculan presupuestos, se ralentiza el crecimiento y se agrietan las cuentas externas. Si Irán se pone nervioso, no podemos olvidar que tiene la mano bien cerca del maná del desierto, y eso traerá un éxodo mundial. Estrecho dilema.




















