El presidente del Consejo Editorial de MurciaEconomía, Alberto Castillo.En la voz de Alberto Castillo resuenan las ondas de una vida marcada por la radio, la política y el pulso constante de la actualidad. Desde sus primeros pasos en la Unión de Centro Democrático hasta su consagración en las emisoras nacionales, ha narrado la historia reciente de España con la cercanía de quien ha vivido cada instante en primera línea, con un micrófono como compañero y la convicción de que informar es también servir. Hoy, alejado de los focos de la Asamblea Regional que llegó a presidir, Castillo se confiesa observador privilegiado de la realidad. Nos recibe en Mazarrón, localidad costera por la que siente un profundo afecto y en la que disfruta cada verano, mientras comparte su papel en el Consejo Editorial de MurciaEconomía, lugar que asegura haber sido su “puerta de reentré” al periodismo, combinando la serenidad de la experiencia con la pasión intacta por contar lo que sucede, convencido de que el centro político sigue siendo tan necesario como esquivo.
Su vinculación con la política comenzó en la juventud, en un tiempo marcado por movimientos estudiantiles y un país en transición. “Yo me decanté por la Unión de Centro Democrático (UCD). Para mí, Adolfo Suárez siempre será una bandera. Fue quien abrió la puerta a la democracia y legalizó los partidos, como aquel Sábado Santo de 1977 con el Partido Comunista de España”, rememora. Admiración que no le impide señalar errores: “Cuando la UCD se rompió en mil pedazos, Suárez no debió embarcarse en la aventura del Centro Democrático y Social (CDS). Aquello quedó en dos o tres diputados”.
Sobre el rey emérito, recuerda que “en aquel momento no podía irse, Felipe era muy niño” y cita un ensayo de Manuel Vicent inspirado en la fotografía del monarca abrazado a Suárez en un jardín. Castillo confiesa que pronto se sintió más atraído por la información política que por la política en sí. Mientras muchos amigos votaban al PSOE, él militó en la juventud de la UCD en una época en la que “la derecha moderada no existía, solo la más radical”.
Cursó estudios en Maristas y en el Instituto Alfonso X el Sabio. Inició Derecho, pero abandonó en segundo curso tras la muerte de su padre. “Me hundí poco a poco”, admite. Fue un jesuita, el padre Mato, quien le animó a retomar el rumbo, introduciéndole en movimientos juveniles y en estudios de filosofía y teología.
En 1979 entró en la radio de la mano de Adolfo Fernández, futuro senador y concejal, quien apostó por él. Tras pasar por la escuela de radio, con aulas en las emisoras, trabajó tres años en Radio Cadena hasta que en 1982 Antena 3 Radio lo fichó con contrato fijo. En Murcia dirigió la emisora de Cieza; después, la de Málaga durante ocho años, y más tarde la de Sevilla, donde cubrió la Expo 92 para José María Carrascal. “Me pedía anécdotas y cosas raras para la tele. Un día sacaba a una señora agotada y otro cualquier curiosidad que me encontrara en la Expo”, recuerda. Guarda también el recuerdo dramático de las inundaciones de Málaga de 1988.
En 1993 llegó el “antenicidio”: la SER compró Antena 3 Radio y de más de 1.100 empleados solo 114 fueron absorbidos por la nueva propiedad. Él fue uno de ellos. “Ahí empezó mi verdadera formación intelectual en el Grupo Prisa: máster en periodismo, dirección de empresas, publicidad… Nos formaban de manera integral”.
Sobre las supuestas consignas políticas, asegura que solo una vez recibió una: “No molestar al PP”. Ese momento lo sitúa en plena crisis del Grupo Prisa. “Zapatero se había enemistado abiertamente con Juan Luis Cebrián. Estaban a muerte. De hecho, Zapatero le quitó al grupo la exclusividad de los partidos de fútbol para dársela a Jaume Roures, su amigo. Ahí vino la ruina de Prisa y de Cuatro Televisión, que entonces era nuestra. Fue el inicio del declive”.
La situación financiera se agravó: “La SER llegó a tener más de 5.000 millones de pesetas de deuda. Empezaron las reducciones de plantilla y las reconversiones. Prisa salió a la venta y apareció un fondo buitre estadounidense dispuesto a quedarse con el grupo”. La operación despertó las alarmas en el PP al descubrir que detrás estaba Pedro J. Ramírez. “No querían que Pedro J. se hiciera con Prisa. Entonces fue Soraya Sáenz de Santamaría quien reunió a los bancos acreedores y logró una prórroga para el pago de la deuda. Salvó al grupo de desaparecer”.
En 2017, prejubilado, colaboraba en La 7 Televisión y comenzó a interesarse por Ciudadanos: “Me atrae muchísimo Albert Rivera; salvando las distancias, lo veo un segundo Adolfo Suárez”. Coincidió con su idea de incorporar a personas con prestigio social ajenas a la política. Su amistad con la entonces secretaria general, Valle Miguélez, se forjó en encuentros informales. Una noche, tras la elección de la reina de la huerta, Miguélez le propuso ir en las listas municipales. Castillo declinó: “La política municipal no me ha gustado en la vida. Me gusta la vida parlamentaria, es lo que he cubierto siempre como periodista”.
Pocos días antes había compartido un vino con Miguélez y Fran Hervías, mano derecha de Rivera. “Me quedé pensando que me habían examinado”, admite. Finalmente, aceptó ir como independiente en las listas autonómicas. Primero le ofrecieron el número 8, que rechazó por las encuestas, y al día siguiente le confirmaron el número 4. Fue elegido presidente de la Asamblea Regional.
Su visión del panorama político es clara y defiende la necesidad del centro político: “El PP ha ocupado parte de ese espacio, pero el PSOE lo ha perdido. Todos los proyectos de centro han fracasado, desde UPyD a Ciudadanos, cuyo golpe definitivo llegó en la Región de Murcia”.
Su regreso al periodismo llegó con MurciaEconomía. “Ha sido un honor presidir su Consejo Editorial. Desde septiembre nos reuniremos mensualmente para seguir potenciando un medio que se ha convertido en líder regional”, afirma. Agradece especialmente a José Miguel Cánovas, presidente del Grupo MurciaEconomía, que contara con él para formar parte del consejo editorial del periódico, una oportunidad que considera un reconocimiento a su trayectoria y, al mismo tiempo, un estímulo para seguir vinculado a la actualidad informativa desde otra perspectiva.
Castillo habla de esta etapa con la misma calidez con la que recuerda sus primeras emisiones de radio, como si los micrófonos y las redacciones formaran parte inseparable de su biografía. Su mirada, ahora más pausada pero igual de atenta, sigue buscando historias que contar. Porque, aunque haya dejado atrás la trastienda de la política, conserva intacta la pulsión por entender y explicar el presente.
En el fondo, su vida se dibuja como un dial que ha sabido girar con el tiempo: de la ilusión juvenil en la UCD a las madrugadas en la Expo 92, del vértigo informativo en el Grupo Prisa a los debates parlamentarios en la Asamblea Regional. Hoy, desde un consejo editorial, sigue escuchando las voces de la actualidad con la misma pasión de siempre, convencido de que la buena información, como la buena radio, no envejece: solo cambia de frecuencia.






