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Opinión | Turisteando
Paco Morales
Jueves, 14 de Agosto de 2025
Paco Morales

El Monte Miral una joya olvidada del turismo espiritual y cultural

Paco Morales
Técnico Empresas Turísticas

Pocos asuntos han sido defendidos con tanta insistencia en el Pleno de Cartagena como el de los eremitorios del Monte Miral. La concejal María Dolores Ruiz ha planteado el tema en numerosas ocasiones a lo largo de los años, sin que hasta ahora haya logrado despertar el compromiso institucional necesario.


Mientras el eremitorio de Nuestra Señora de la Luz, en Santo Ángel (Murcia), avanza en su proceso de consolidación tras un derrumbe parcial en 2022, las ermitas del Monte Miral en Cartagena siguen sumidas en el abandono, el deterioro y la parálisis institucional. El contraste no puede ser más evidente. Dos conjuntos históricos de fuerte valor espiritual, arquitectónico y patrimonial, separados apenas por unos kilómetros, pero tratados con una diferencia que ofende a cualquier observador mínimamente imparcial.



La ermita de Nuestra Señora de la Luz fue construida por un grupo de ermitaños en torno a 1691, aunque su estructura actual corresponde al siglo XVIII. Tras más de tres siglos de historia, en 2022 sufrió el derrumbe parcial de su cocina y anexos debido a las lluvias y al paso del tiempo. La reacción de las autoridades fue inmediata: se declaró Bien de Interés Cultural (BIC), se activaron protocolos de apuntalamiento y, en menos de un año, comenzaron los primeros trabajos de consolidación. La Comunidad Autónoma y el Ayuntamiento de Murcia actuaron con rapidez, movilizando recursos y reconociendo la importancia del enclave dentro del Parque Regional del Valle y Carrascoy.


Mientras tanto, en el municipio de Cartagena, el conjunto de eremitorios del Monte Miral —que data del siglo XVI y que constituye uno de los núcleos más antiguos de vida eremítica en el sureste peninsular— ha sido víctima de una historia muy distinta. Tres de las ermitas del Monte Miral fueron declaradas en 1992 partes del monumento de San Ginés de La Jara (protegidas como si fueran BIC). Posteriormente, en 2019, el Cabezo de San Ginés fue declarado Sitio Histórico, pasando a formar parte de ese conjunto las seis ermitas que hoy sobreviven —una de ellas semiderruida—, de las nueve que existieron originalmente. Este es el único complejo eremítico de toda la Región de Murcia que conserva tantas ermitas agrupadas. Sin embargo, ni este reconocimiento ni su singularidad han bastado para revertir su estado de ruina.



En plena Sierra Minera de Cartagena, entre el mar y los espartales secos de El Beal, se alza un promontorio casi invisible para el gran público, pero cargado de historia y espiritualidad: el Monte Miral. Pocos lugares en la Región de Murcia reúnen en tan pocos metros cuadrados tantos siglos de silencio, fe y patrimonio como este rincón olvidado, que guarda en sus entrañas un conjunto de eremitorios rupestres —lugares destinados a la vida eremítica, es decir, al retiro espiritual y solitario de personas— que nos conecta directamente con las raíces más profundas del cristianismo hispano.

 

En España, destacan los de San Pedro de Rocas (Orense) o la Tebaida berciana (León), pero el Monte Miral representa uno de los escasísimos ejemplos de este tipo en el sureste peninsular, lo que le confiere un carácter singular y estratégico dentro del mapa del patrimonio religioso español.

 

Las ermitas del Monte Miral, habitadas entre los siglos V y XIII, fueron hogar de anacoretas cristianos que, siguiendo el ejemplo de los Padres del Desierto, buscaron en la soledad del monte el camino hacia Dios. Estos eremitas practicaron una vida de oración, austeridad y aislamiento en un paraje que aún hoy conserva esa aura mística capaz de impresionar al visitante atento. Es probable que estos primeros anacoretas se asentaran en cuevas en un entorno ya sacralizado previamente, quizás desde época romana o incluso anterior, dado el alto valor simbólico que la altura y la proximidad al mar tenían en muchas tradiciones espirituales.

 

Pero este legado no es solo espiritual. Es también una oportunidad turística de primer nivel, especialmente en un contexto donde el turismo cultural y religioso crece con fuerza en toda Europa. Según datos del Parlamento Europeo, el turismo religioso representa ya un 20% del total del turismo cultural del continente, movilizando a más de 35 millones de personas al año. La recuperación del Monte Miral —vinculada a las peregrinaciones locales— permitiría abrir nuevas rutas temáticas en Cartagena, diversificando su oferta y complementando el turismo de sol y playa. La inclusión del Monte en rutas de senderismo espiritual o programas educativos intergeneracionales podría convertirlo en un punto de encuentro entre cultura, espiritualidad y sostenibilidad.

 

No hablamos de un capricho romántico. Existen ejemplos internacionales de éxito que avalan esta propuesta: el Valle de Qadisha en el Líbano, el Monte Athos en Grecia, las cuevas monásticas de Capadocia en Turquía o los desiertos egipcios donde nació el monacato cristiano. Lugares que, lejos de ser relegados, se han convertido en ejes de rutas espirituales con alto valor económico, educativo y simbólico. Muchos de ellos han sido incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. ¿Por qué no Cartagena?

 

Todo esto debe hacerse dentro de lo que se llama puesta en valor turística, es decir, dar a conocer y cuidar el lugar para que las personas puedan descubrir su belleza, su historia y su alma. No se trata solo de arreglar unas ermitas antiguas, sino de devolverles vida, sentido y dignidad, y compartirlas con quienes buscan algo más que sol y playa: una experiencia auténtica que les conecte con lo profundo, con lo verdadero.

 

Para hacer del Monte Miral un atractivo imprescindible, hay que abordar su puesta en valor con rigor y sensibilidad. Dado que se encuentra dentro de un Lugar de Interés Comunitario (LIC), todo acceso debe adecuarse con materiales naturales e integrados en el paisaje, como piedras o madera. La planificación debe contemplar un plan director de restauración, conservación y uso público, en colaboración con arqueólogos, historiadores, arquitectos del paisaje, especialistas en marketing y guías especializados. Es imprescindible realizar una intervención arqueológica rigurosa que contemple tanto la restauración como la rehabilitación.

 

Además, se debe garantizar su protección con medidas de seguridad adecuadas, ya que su importancia cultural y religiosa puede ser incomprendida o incluso atacada por parte de sectores insensibles al patrimonio. La señalización es otro aspecto clave: debe instalarse cartelería visible desde la carretera para invitar a la visita, así como paneles informativos en el aparcamiento y a lo largo del recorrido, que contextualicen la historia del eremitismo y su relación con el convento de San Ginés de la Jara. Estos recursos podrían incorporar códigos QR para acceder a contenidos multimedia, recreaciones 3D, o audioguías en varios idiomas, alineándose con las nuevas demandas del visitante cultural.

 

Un elemento diferenciador sería la creación de un mirador en la cima del monte, desde donde se pueda apreciar una panorámica del Mar Menor, el Monasterio, la Sierra Minera y el litoral cartagenero. La experiencia del visitante se vería así notablemente enriquecida, ofreciendo tanto contenido histórico como belleza natural. Además, un pequeño centro de interpretación en la base del monte, diseñado de forma sostenible, podría servir como punto de acogida y espacio para talleres, conferencias y actividades escolares o espirituales.

 

Es urgente también un acuerdo formal entre la propiedad del monte, el Ayuntamiento de Cartagena y la Consejería de Patrimonio Cultural y Turismo para asegurar la protección, accesibilidad y promoción del enclave. Este tipo de sinergias institucionales ya han funcionado en otras regiones para convertir espacios olvidados en verdaderos polos de atracción turística. Sería deseable además el respaldo del Instituto de Turismo de la Región de Murcia y la Universidad, que podrían contribuir a la investigación, promoción y desarrollo de este enclave singular.

 

La puesta en valor del Monte Miral no es solo una cuestión de fe, sino de responsabilidad cultural y visión de futuro. Cartagena posee una historia milenaria que merece ser contada, vivida y compartida. Que no pase otro siglo sin que este monte sagrado recupere el lugar que le corresponde en la memoria de todos, y se convierta en un destino imprescindible para los miles de turistas que cada año se alojan en el Mar Menor. Porque redescubrir el Monte Miral es también redescubrir el alma profunda del sureste español.

 

 

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