La Inscripción de Behistún

La Inscripción de Behistún supuso una auténtica revolución filológica e histórica, al contener tres versiones de un mismo texto grabadas en tres lenguas distintas: persa antiguo, elamita y babilonio (acadio). Este conjunto epigráfico no solo destaca por su valor lingüístico, sino también por la fuerza simbólica y política de su contenido.
Uno de los fragmentos más célebres proclama:
“Yo soy Darío, el Gran Rey, Rey de Reyes, Rey en Persia, Rey de países, hijo de Histaspes, nieto de Arsames, un aqueménida.”
A continuación, Darío traza su linaje:
“Mi padre fue Histaspes; el padre de Histaspes fue Arsames; el padre de Arsames fue Ariaramnes; el padre de Ariaramnes fue Teispes; el padre de Teispes fue Aquemenes. Por eso nos llamamos aqueménidas. Desde antiguo somos nobles. Desde antiguo nuestra familia fue rey.”
Este texto monumental fue hallado tallado en un acantilado del monte Behistún, en la actual provincia de Kermanshah (Irán), a unos cien metros de altura. Se atribuye su autoría a Darío I el Grande, quien ordenó su grabado como parte de una estrategia de legitimación dinástica.
La inscripción incluye una autobiografía política, en la que Darío justifica su ascenso al trono tras derrotar al usurpador Gaumata. En el relieve escultórico, se le representa con un arco, pisando al enemigo vencido, acompañado por nueve prisioneros atados y la figura del faravahar, símbolo de la divinidad persa.
Este documento adquirió especial relevancia al convertirse en el equivalente cuneiforme de la Piedra de Rosetta, ya que permitió el desciframiento de las lenguas mesopotámicas gracias al trabajo del orientalista Henry Rawlinson, entre 1835 y 1843.
Por su valor histórico, lingüístico y artístico, la Inscripción de Behistún fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y sigue siendo una fuente clave para comprender el mundo antiguo y la consolidación del Imperio persa.





















