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Opinión | Sección cultural
José Daniel Martínez
Miércoles, 19 de Noviembre de 2025
José Daniel Martínez

Jesucristo como figura histórica

 

Muchos hablan de Jesucristo desde la creencia religiosa y afirman hechos basados en acontecimientos de fe, sin embargo, la figura de Jesucristo va más allá de la fe y de la creencia firme, pues puede ser demostrada con documentos históricos y filológicos.

 

A lo largo del tiempo, los historiadores han tratado de investigar diversos documentos que pudieran demostrar la existencia o no existencia de Jesucristo, mas muchas veces se remitían a los propios documentos bíblicos en los que los apóstoles certificaban la existencia histórica de Jesus, mas si descartamos el compendio bíblico, a pesar de que fueron documentos diversos agrupados en uno para darles sentido histórico y teológico, nos quedan los documentos históricos puros despojados de toda creencia religiosa y que se atienen a los hechos reales y filedignos.

 

Por un lado tenemos la obra Antigüedades de Flavio Josefo que, aunque fue en su Testimonium Flavianum hay intervención de copistas cristianos que pudieron favorecer el texto hacia su doctrina, también contiene una segunda referencia en el capítulo XX y no se sostiene que hubiera una manipulación total de los textos. La primera referencia dice así (37 d.C.):

Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre. Pues realizó obras sorprendentes, fue maestro de hombres que reciben con gusto la verdad, y atrajo a muchos judíos y también a muchos griegos. Era el Cristo. Y cuando Pilato, por denuncia de nuestros principales hombres, lo condenó a la cruz, los que lo habían amado desde el principio no dejaron de hacerlo. Y hasta ahora no ha desaparecido la tribu de los cristianos, que de él toma el nombre.

 

La segunda referencia dice así:

 

Ananías convocó al Sanedrín y presentó ante él a Jacobo, hermano de Jesús, llamado Cristo, y a algunos otros; y los condenó a ser lapidados.

 

Por otro lado, tenemos la referencia de Cornelio Tácito, el cual es altamente independiente de las fuentes cristianas y en su obra Anales habla de Cristo (obra datada en el 55 d.C.):

 

Nerón, para acallar los rumores (del incendio de Roma), culpó y sometió a las más exquisitas torturas a los que el vulgo llamaba cristianos, odiados por sus abominaciones. El autor de este nombre, Cristo, fue ejecutado durante el reinado de Tiberio, por sentencia del procurador Poncio Pilato; reprimido por el momento, aquella superstición perniciosa volvió a estallar, no solo en Judea, origen del mal, sino también en Roma.

 

Otro texto de gran relevancia es el de Plinio el Joven (61 d.C.):

 

Acostumbran reunirse en un día señalado antes del amanecer y cantar un himno a Cristo como a un dios, y comprometerse mediante juramento a no cometer delito alguno, ni robo, ni adulterio, ni traición a la palabra dada.

 

Uno de los más destacables textos es el de Suetonio (69 d.C.):

 

Expulsó de Roma a los judíos que, instigados por Chrestus, causaban continuos tumultos.

 

Ya un tanto tardía tenemos la referencia en el 70 d.C. de Mara bar-Serapión, que es conservada en el British Museum:

 

¿Qué ganaron los judíos con matar a su sabio rey? Desde entonces su reino fue abolido. Dios justamente se vengó de ellos. El sabio rey no murió para siempre; en sus enseñanzas vive.

 

Y finalmente tenemos las fuentes judías rabínicas del Talmud babilónico, el cual es ácido y crítico con Jesucristo porque lo toman como un falso profeta y condenan su labor:

 

La víspera de la Pascua colgaron a Yeshu. Un heraldo anduvo cuarenta días proclamando que sería apedreado por hechicería y porque había seducido a Israel a la apostasía. Pero como nadie salió en su defensa, fue colgado en la víspera de la Pascua.

 

Todas estas pruebas históricas llevan a historiadores actuales a afirmar que Jesucristo existió (y lo dicen con evidencias notables), es más, las historias de Tácito, Josefo y Plinio convergen y muestran una base histórica sólida y externa a los documentos bíblicos (los cuales también son considerados documentos históricos que fueron recogidos de manera independiente y reunidos para dar sentido a una historia, pero que sumados a los relatos de historiadores acentúan la importancia de la figura histórica de Jesucristo).

 

El hecho histórico de Jesucristo más demostrado con pruebas en la mano es la crucifixión a manos de Poncio Pilato, tanto es así que las fuentes bíblicas lo confirman (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), las epístolas paulinas también (anteriores a los evangelios; 1 Corintios 2:2, Gálatas 3:1), así como fuentes no cristianas (Tácito, Flavio Josefo y el Talmud). Todas son fuentes independientes y que relatan unos hechos que convergen y otros más amplios que para saber si fueron ciertos tendríamos que haber estado allí.

 

Otro hecho histórico con un alto grado de certeza es el bautismo de Jesús por Juan el Bautista, ya que es relatado en Marcos 1:9-11, Mateo 3:13-17 y en Lucas 3:21-22, además de que Josefo menciona a Juan el Bautista en Antigüedades (XVIII, 116-119).

 

Si continuamos en esta hazaña de verificar la historicidad de los hechos podemos concluir que la predicación de Galilea y Judea también fue cierta, pues los Evangelios la mencionan (todos) e incluso las tradiciones orales más tempranas. Otro hecho que parece cobrar importancia histórica es la elección de discípulos y la existencia del discípulo que continuaría (Evangelios, Hechos de los Apóstoles, cartas a Pablo... —se menciona a Pedro, Santago y a Juan—).

 

Aparte de esto, el conflicto más certero históricamente fue el de las autoridades religiosas judías, pues las fuentes sinópticas tradicionales y Josefo describen las tensiones existentes entre el judaísmo y Jesucristo. Parece estar confirmado que Jesús cuestionó interpretaciones de la ley del Templo y por ello fue percibido como un predicador conflictivo con los judíos, ya que cuestionaba sus tradiciones y costumbres (las costumbres de los fariseos, pero no cuestionaba a la ley de la Torá), mas no todos los judíos lo veían como conflictivo, pues muchos siguieron a Jesús y lo consideraron su maestro; su conflicto principal fue con las autoridades del Templo y con las élites sociales (élites sacerdotales). La crucifixión se debió a razones políticas y de seguridad romana y no solo a la religión, ya que la crucifixión era un método romano reservado a los rebeldes, a los que no se dejaban domar por la política y a los delincuentes peligrosos (así como a los esclavos), además no se deseaba a ningún líder social que pudiera provocar tensiones o disturbios. Jesús entró triunfalmente en Jerusalén y esto fue visto como un agitamiento público y ganó popularidad entre la gente; cuando purificó el Templo (expulsando a comerciantes de la fe y a vendedores) hubo un enfrentamiento entre las élites sacerdotales y Jesucristo pudo haber puesto en jaque a la élite sacerdotal (lo que podría provocar a las autoridades sacerdotales a denunciarlo ante Poncio Pilato, según cuentan E.P. Sanders, Geza Vermes y John P. Meier).

 

Jesucristo no buscaba destruir la religión judía, sino reformarla y denunciar los abusos cometidos, los abusos vistos desde una perspectiva histórica podrían ser los siguientes: venta de animales a cambio de monedas (porque los fieles necesitaban corderos para sacrificar y otros animales), además los cambistas de monedas y los vendedores ponían precios elevados, tanto es así que Jesús llamaría al lugar una «cueva de ladrones» (Mateo 21:13, Marcos 11:17). Así mismo, había hipocresía religiosa en la época por un estricto formalismo en rituales religiosos vinculados a la ley, mientras se descuidaba a la verdadera fe, también se excluía a los pobres y se les marginaba (difícilmente accedían al tempo) y la élite religiosa era muy autoritaria, tanto es así que tanto la élite sacerdotal como el Sanedrín tenían su interpretación rígida de la Ley de la Justicia, mas Jesucristo cuestionaba a estos por impedir acercarse a Dios de manera sencilla y a quienes actuaban con egoísmo en nombre de Dios. El Templo tenía grna poder económico e incluso administrativo, E.P. Sanders y Geza Vermes son historiadores que destacan algunos abusos existentes pero que no evidencian una corrupción generalizada. Jesucristo no fue contra el Templo judío, sino contra líderes corruptos. Los posibles líderes corruptos a los que se refería eran Anás y Caifás (sumos sacerdotes que fueron importantes en la condena de Jesús: Juan 18:12-14, Marcos 14:53-65), además de miembros del Sanedrín (tribunal supremo judío formado por fariseos, saduceos y ancianos), así como los escribas (maestros de la Ley y guías religiosos).

 

Históricamente, Jesucristo no dijo explícitamente «Yo soy Dios», pero sí dijo «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10:30) y también «Antes que Abraham fuera, yo soy» (Juan 8:58), lo cual vendría a ser lo mismo que decir que es Dios. Los historiadores afirman que Jesús no proclamó ser Dios de manera literal y exacta (les queda la duda de que lo dijera o no) y afirman que los cristianos del siglo II fueron quienes dieron este significado al entender que Jesús lo dijo (E.P. Sanders, John P. Meier, Geza Vermes, Bart Ehrman), sin embargo, todo depende de la interpretación del texto y de las fuentes bibliográficas.

 

En la versión antagonista de la historia encontramos un libro novelesco y nada riguroso de Fernando Conde Torrens (Año 303. Inventan el cristianismo) en el que el autor afirma que el cristianismo fue fundado por Constantino y la religión cristiana fue creada escribiendo a mano el Nuevo Testamento por falsificadores que coincidirían con los que falsificaron documentos históricos cristianos, lo cual no tiene una base histórica sólida y es propio de una obra novelesca de ficción, de hecho, cuando leemos el libro nos damos cuenta de que es una novela y de que el autor hizo una labor promocional de su libro afirmando haberse documentado y haber desmontado la cristiandad (el autor afirma que no existe el Jesús histórico). 

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