El olvido del sacrificio ucraniano

La guerra entre Rusia y Ucrania, lejos de ser un conflicto aislado en Europa del Este, se ha convertido en un punto de inflexión para el futuro de la libertad y la seguridad del continente. Mientras el Kremlin persigue sus ambiciones expansionistas, son los ciudadanos ucranianos quienes cargan sobre sus hombros el peso de la defensa no solo de su patria, sino de los valores democráticos que sostienen a Europa.
Su sacrificio, olvidado por Occidente, nos recuerda que la libertad, tantas veces dada por sentada, aún exige coraje, resistencia y un profundo sentido de responsabilidad colectiva. Por desgracia, la frase de Jefferson: “El árbol de la libertad debe ser regado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos” sigue teniendo vigencia.
El país se ha transformado en un auténtico laboratorio de guerra moderna, donde los drones han pasado a ocupar el papel protagonista. En el frente se ponen a prueba defensas antidrón y estrategias de enjambres de drones que hasta hace poco parecían sacadas de una película de ciencia ficción. Esta evolución ha demostrado que el dominio del cielo ya no reside únicamente en grandes aviones de combate o potentes misiles, sino en la capacidad de saturar las defensas aéreas con tecnologías asequibles y de precisión.
Rusia también ha aprovechado este conflicto para probar un arma que hasta la fecha no se había probado. El Ejército ruso lanzó por primera vez el misil balístico hipersónico “Oreshnik” contra una planta en la ciudad de Dnipro. Su velocidad de Mach 11 (once veces la velocidad del sonido) lo convirtió prácticamente en un objetivo inatrapable para las defensas aéreas convencionales donadas por Estados Unidos y la Unión Europea.
La guerra lleva ya más de tres años desde la invasión a gran escala lanzada por Moscú en febrero de 2022, un ataque que reabrió de forma brutal un conflicto que en realidad llevaba activo desde 2014 en el Donbás. A lo largo de este tiempo, la contienda ha pasado de lo que muchos creían que sería una ofensiva relámpago a convertirse en una guerra de desgaste marcada por bombardeos continuos, avances milimétricos y un enorme coste humano, donde Rusia ha dilapidado todas las reservas de sus viejas armas de la Guerra Fría.
Ucrania ha visto cómo ciudades enteras quedaban arrasadas, millones de familias se veían forzadas al exilio y el país asumía un esfuerzo militar y civil que pocas democracias modernas han logrado sostener en pleno siglo XXI. Mientras tanto, Putin mantiene su estrategia de presión territorial, decidido a afianzar el control sobre las regiones: Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia. Pero detrás de esta ofensiva prolongada se esconde también una necesidad interna, el presidente ruso busca con desesperación victorias que pueda vender como éxitos ante su ciudadanía, consciente de que su autoridad y quizá su permanencia en el poder tal como la conocemos dependen del rumbo de este conflicto. No son pocos quienes sostienen, y yo me encuentro entre ellos, que este conflicto terminará definiendo no solo el destino de Ucrania, sino el del propio líder del Kremlin.
En definitiva, la guerra ruso-ucraniana ha dejado claro que Europa ya no puede permitirse vivir de espaldas a su propia seguridad. La defensa no es un asunto lejano ni exclusivo de los militares; es una responsabilidad cívica que condiciona nuestra libertad y nuestro futuro. Para los europeos y, muy especialmente, para los españoles, tradicionalmente ajenos a estos debates, ha llegado el momento de asumir una auténtica cultura de la defensa: comprender los riesgos, valorar a nuestras Fuerzas Armadas, apoyar una inversión adecuada y participar de un consenso social que entienda que la paz solo se sostiene si estamos preparados para protegerla. Y eso es precisamente lo que han tenido que entender los ucranianos a la fuerza.




















