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Opinión |
María Jamardo
Sábado, 06 de Diciembre de 2025
María Jamardo

Feminismo guadiana

Jefa de Tribunales en El Debate y tertuliana de televisión

 

Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, tras la moción de censura de 2018, apoyado en dos banderas ideológicas: la regeneración democrática, bajo el lema de combatir la corrupción que, por aquel entonces, salpicaba al Partido Popular; y, el feminismo, como eje transformador de la realidad social. Hoy por hoy ha perdido ambas. La primera pisoteada por las ínfulas de nuevo rico de sus más estrechos colaboradores, a los que ahora no conoce, Koldo García Izaguirre, José Luis Ábalos, Santos Cerdán y, más recientemente, Paco Salazar. La segunda ahogada tras el silencio de las socialistas que han callado, cuando no señalado, a aquellas que se han atrevido a denunciar los comportamientos inadecuados de los suyos, por el mero hecho de que son de los suyos.

 

Lo peor de los recientes escándalos del PSOE no han sido las ‘mordidas’, ni las tramas, ni siquiera el doloroso trapicheo con las mascarillas mientras la gente moría sola en pandemia. Lo peor ha sido desnudar el mal trato a las mujeres, en una sucesión de despropósitos que han terminado por dinamitar una narrativa populista e incoherente. El ‘caso Salazar’, las revelaciones sobre los gustos íntimos de Ábalos -y cómo se refería a las señoritas de compañía que frecuentaba-, los fallos en las pulseras telemáticas de protección a las víctimas de violencia machista y, antes, las nefastas consecuencias, advertidas, de la Ley del ‘solo sí es sí’, han generado una crisis interna y externa en lo poco que queda de la izquierda clásica. Las mujeres como moneda de cambio electoral que, a la hora de la verdad, siempre han estado desprotegidas.

 

El detonante más reciente y explosivo es el asunto de ‘Paco’ Salazar, exasesor de confianza de Pedro Sánchez en La Moncloa y figura clave en el aparato del PSOE, contra el que se han hecho públicas varias denuncias de acoso sexual presentadas por al menos dos mujeres, empleadas bajo su mando. Las acusaciones son graves: "Se subía la bragueta en tu cara, escenificaba felaciones y pedía vernos el escote", relatan los escritos internos presentados, hace cinco meses, en el canal anti acoso del partido, que "desaparecieron" temporalmente por un supuesto error informático, avivando las sospechas de encubrimiento.

 

La gestión del caso ha sido lamentable y ha desatado una revuelta interna en el socialismo que, una vez más, ha preferido protegerse a sí mismo, aunque hacerlo haya supuesto desatender a las víctimas, en una dinámica irreversible que erosiona, a dentelladas, el voto femenino, clave en los resultados obtenidos por Sánchez en las últimas generales.

 

De nada han servido las reuniones mantenidas por algunas de las más poderosas socialistas, Pilar Bernabé o la mismísima María Jesús Montero, vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, con las afectadas para calmarlas. Difícilmente se pueden apaciguar los ánimos cuando lejos de transmitir apoyo, prestar respaldo cerrado o acompañamiento para denunciar ante la Fiscalía, acudes a la cita para encararte con ellas, afearles su valentía y acusarlas de “querer destrozar la vida de los compañeros” y “respaldar a quienes quieren acabar con el PSOE”. Lejos de hacer gala de una mínima empatía y cumplimiento del código ético, el partido de Sánchez se ha convertido en una secta, también en lo femenino. Una mafia dirigida por rufianes de entrepierna suelta que cuentan con la complacencia de comisarias que exigen a las denunciantes, sin despeinarse, voto de silencio y alejarse de los medios por conveniencia política. Del “yo sí te creo, hermana” al “no habrá sido para tanto, querida”.

 

El PSOE ha mutado el feminismo de batucada, a la sombra de Podemos, en un feminismo guadiana de grandes eslóganes y ruidoso detrás de las pancartas, pero mudo ante los abusos internos. Las bases ya lo han dejado claro: "Un partido no puede ser feminista a tiempo parcial". Cierto. El feminismo genuino, el de la igualdad real, sin matices, ni sesgos, exige coherencia, no excusas, ni dobles raseros.

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