El comunicador y formador Borja Nicolau, en una charlaHay aprendizajes que llegan con aplausos y otros con silencios incómodos. Borja Nicolau ha conocido ambos. Lleva más de quince años trabajando la comunicación en formatos distintos, escenarios, empresas, eventos, podcast y formación, y de ese recorrido se trae una idea que repite como quien advierte de un error frecuente: comunicar bien no es algo innato.
La frase aparece cada vez que alguien le suelta el típico “a ti se te ha dado bien siempre”. Nicolau lo rebate sin romanticismos y declara que hay gente que tiene más facilidad, sí, pero el salto real no viene del supuesto talento, sino del entrenamiento. Y ahí está, para él, la buena noticia: se puede aprender. “Es el elemento a través del cual nos relacionamos las personas”, recuerda, así que dejarlo “para quien tenga carisma” es, directamente, dejarlo en manos del azar.
Ese convencimiento fue empujándolo hacia la formación. En su caso, no llegó tarde ni como plan B, ya que desde que decidió emprender como comunicador ya tenía claro que, además de subirse a un escenario o ponerse frente a un micro, quería ayudar a otros a comunicar mejor. Hace seis años dio el giro definitivo y se dedicó al cien por cien a ese terreno, hablar en público, presentaciones, comunicación interpersonal y dinámicas reales de empresa, de las que no salen en los manuales pero mandan en la vida diaria.
El punto débil que se repite: la estructura
Si Nicolau tuviera que señalar una sola carencia que ve una y otra vez cuando alguien prepara una presentación, no dudaría: la estructura. Lo dice con insistencia y con una comparación muy visual. La estructura en la comunicación es como el emplatado en un restaurante. Puedes tener los mismos ingredientes, pero si están puestos “de cualquier manera”, la impresión cambia por completo".
En la práctica, describe, muchas personas salen a comunicar sin saber exactamente qué quieren decir. Llevan ideas, datos e intención, pero no orden. El resultado es un discurso con apariencia de movimiento que, por dentro, es ruido. “Muchas ideas tiradas de manera caótica”. En cambio, cuando se trabaja la estructura, pasa algo inmediato y es que el mensaje se entiende mejor y, de rebote, el ponente se siente más seguro. “Ahora me entienden”, “ahora ha quedado claro”, “ahora sé qué es lo importante”.
De esa obsesión por convertir una exposición en un mensaje con forma nace Regala, su programa propio para hablar en público y conectar con audiencias. La propuesta, explica, se construye como un recorrido en bloques, desde la preparación del mensaje hasta la comunicación no verbal y el entusiasmo, y con un objetivo muy concreto: que una presentación enganche, entretenga y se recuerde.
En su planteamiento aparecen herramientas como el storytelling y el uso inteligente del humor, no para “hacer gracia” por obligación, sino para activar atención y memoria. En el fondo, su idea es sencilla: si la audiencia no se queda con nada, da igual lo brillante que fuese el contenido.
El miedo a hablar en público, dice, no se cura con frases motivacionales. Se trabaja con proceso: preparar, hacer, corregir. Nicolau habla de “horas de vuelo” como si la comunicación fuese pilotaje, "cuanto más practicas, más manejable se vuelve".
En sus formaciones utiliza una herramienta que muchos temen y casi todos agradecen después: grabar. Verse hablando, con sus tics, sus aciertos, sus muletillas y sus silencios, permite identificar mejoras con una claridad que nadie te explica desde fuera. Es incómodo, pero eficaz: ver lo propio sin filtros acelera el aprendizaje.
Más allá del escenario, Nicolau trabaja también la comunicación interpersonal con el modelo Bridge, que plantea cuatro estilos principales asociados a los elementos de la naturaleza. Su valor, sostiene, está en la aplicación inmediata: la gente se reconoce rápido, lo comenta en el acto y empieza a ajustar su manera de hablar con el equipo casi sin darse cuenta.
Para él, Bridge funciona como un “diccionario” de relaciones: si asumes que las personas somos diferentes, también aceptas que tenemos preferencias distintas para comunicarnos. Y esa simple comprensión rebaja conflictos inútiles. Si alguien va directo al grano, no tiene por qué estar siendo desagradable: puede estar hablando en su idioma. El trabajo, entonces, consiste en traducirse.
Su etapa como Product Manager en una multinacional también marca su manera de diseñar formaciones: no desde la teoría, sino desde la mecánica de lo cotidiano. Nicolau pone un ejemplo que cualquiera ha vivido: reuniones que empiezan tarde, interrupciones, decisiones que se aplazan. Su consejo es casi una vacuna: si tienes 15 minutos, prepara 15. Lo contrario, preparar 30 para un hueco de 15, suele terminar igual, ya que no se cubre el contenido, no hay decisión y todo se pospone.
Cuando habla de humor, Nicolau no lo vende como chascarrillo, sino como sentido del humor. La capacidad de suavizar, crear clima y conectar sin perder profesionalidad. Y lo prueba con una anécdota: al encontrarse con alguien antes de coger un AVE, ambos se reconocieron por un gesto humorístico ligado a una caja en un evento de hacía tres años. Tres años. Ese es el punto: lo que hace reír, bien medido, se queda.
Para quien siente que “esto no es lo suyo”, Nicolau propone tres vías en paralelo: leer para tener recursos, practicar cada vez que haya ocasión y complementar con formación presencial y vivencial. No lo plantea como un camino épico, sino como oficio: comunicar mejor es, sobre todo, trabajar mejor el orden, la intención y la relación con quien te escucha.






