Felipe VI durante su discurso de Navidad.
El Rey ha aprovechado su mensaje de Navidad para alertar de la “inquietante crisis de confianza” en las instituciones que atraviesan las sociedades democráticas, incluida la española. Y recordar las “consecuencias funestas” que tuvo en el pasado el avance de “los extremismos, los radicalismos y los populismos”, que se alimentan del desencanto, la desinformación, las desigualdades y la incertidumbre. “La tensión en el debate político provoca hastío, desencanto y desafección”, ha advertido.
Frente a estas amenazas, Felipe VI ha hecho un llamamiento al diálogo, el respeto en el lenguaje y la escucha de las opiniones ajenas, “la ejemplaridad en el desempeño del conjunto de los poderes públicos” –en referencia velada a la corrupción- y la empatía con los más vulnerables. La convivencia, ha subrayado, “no es un legado imperecedero”, sino “una construcción frágil”, que se debe preservar. “El miedo solo construye barreras y genera ruido [que] impiden comprender la realidad en toda su amplitud”, ha dicho.
Por vez primera, Felipe VI ha pronunciado su discurso de pie, para acentuar la imagen de dinamismo. Al contrario que en otras ocasiones, en que ha pasado revista a los principales problemas que aquejan a la sociedad, esta vez ha preferido centrarse en un mensaje casi único para ganar eficacia comunicativa. El escenario elegido, por tercera vez, ha sido el Palacio Real, más solemne que La Zarzuela, en el que reside la Familia Real.
En este punto, ha abordado el núcleo de su discurso: la necesidad de preservar la convivencia, porque esta “no es un legado imperecedero”, sino una “construcción frágil”, que precisa del cuidado de todos. Su mayor amenaza, según Felipe VI, está en “una inquietante crisis de confianza” que “afecta seriamente al ánimo de los ciudadanos y a la credibilidad de las instituciones.
Tras asegurar que no se trata de señalar a nadie ni de “buscar responsabilidades ajenas”, se ha preguntado cuáles son las líneas rojas no se deben cruzar nunca para, a continuación, enumerar algunas normas imprescindibles de conducta que han sido casi erradicadas del debate político en España y que algunos partidos presumen incluso de despreciar, como el “respeto en el lenguaje” o la “escucha de las opiniones ajenas”.
Frente a la creciente polarización política, el jefe del Estado ha recordado que, “en democracia, las ideas propias no pueden ser dogmas; ni las ajenas, amenazas”. Y que “avanzar consiste en dar pasos, no correr a costa de la caída del otro”.






