Virginia Gómez Gil, creadora de Taller La ModernaEn España, ser autónomo no es solo una forma de trabajar. Es una forma de estar en el mundo. A veces con orgullo, a veces con vértigo, casi siempre con la agenda llena y poco margen de maniobra. En los últimos meses, el colectivo sigue creciendo y ya supera los 3,4 millones de personas, con un avance interanual de más de 38.000. Dentro de ese universo, hay una fotografía que pesa. Las mujeres rondan el 37% del total y superan el millón largo de afiliadas. No es un matiz estadístico, es un cambio de paisaje que también trae consigo un choque frontal con una realidad tozuda, la conciliación.
Los datos del INE dibujan ese mapa con crudeza. Entre los 25 y los 49 años, la tasa de empleo femenina cae cuando hay menores de 12 años en casa, mientras en los hombres ocurre lo contrario. La brecha no se explica sola, pero sí señala un lugar incómodo. El de las jornadas dobles, los horarios imposibles, los cuidados y las facturas que no entienden de calendario escolar. En ese escenario, emprender deja de ser un eslogan y se convierte en logística íntima, mental y económica.
Por eso, el último directo del año de MurciaEconomía Radio no se fue a un plató ni a un despacho. Se vino al territorio. Taller La Moderna, en la huerta de Murcia, puso el sonido y el contexto. Allí trabaja Virginia Gómez Gil, restauradora y creadora de un espacio que define como un taller de restauración creativa. Entra material de particulares y empresas que quieren “devolver el espíritu a piezas olvidadas” y también personas que llegan a aprender, porque La Moderna ofrece cursos y acompañamiento para que cada quien afronte su propio proyecto. En paralelo, Virginia intenta abrir hueco para lo que aún está en proceso, una línea propia de diseño y piezas propias.
El origen del taller no fue una decisión improvisada. Virginia se formó en Bellas Artes y recuerda una “pulsión” antigua hacia ese mundo. En 2017 decidió “liarse la manta a la cabeza” y montar el proyecto que soñaba desde pequeña. La ubicación, explica, fue primero práctica, vive a cinco minutos. Luego se convirtió en elección. Aun cuando se planteó moverse a una zona más céntrica por visibilidad, terminó ganando el entorno y, sobre todo, la posibilidad de marcar su propio ritmo. “En la balanza siempre gana quedarme aquí”, resume, en un lugar donde el tiempo se mide distinto.
![[Img #112527]](https://murciaeconomia.com/upload/images/12_2025/1464_virginia-vertical.png)
Ser autónoma, dice, no es una foto bonita, es el día a día. A Virginia se le nota el equilibrio inestable entre la ilusión y el cansancio. “O romantizo o no estaría aquí”, admite con sinceridad. La parte que le compensa sigue siendo esencial, levantarse con ganas para hacer lo que le gusta. Pero el reverso aparece rápido. “Es un deporte de riesgo absoluto”, dice. Y cuando la conversación entra en maternidad y conciliación, no duda. “La conciliación es inexistente”. No lo plantea como drama, lo plantea como hecho.
La reivindicación principal aterriza donde suele doler más. La economía diaria y la presión estructural. Virginia señala la cuota y la falta de flexibilidad como una mochila que no distingue realidades. “No puedes meter en el mismo saco a una autónoma que trabaja sola, a una empresa pequeña con uno o dos empleados, y a otra con veinte o cincuenta". Y describe el vértigo del mes a mes como una cadena de golpes que a veces no da tregua. “Se te junta la cuota, el alquiler y de repente el cierre de trimestre”, explica, y en esa suma entiende que haya quien desista, aunque el oficio le importe.
No pide épica, pide un sistema que respire. Por eso ve lógica en modelos donde la cotización se ajuste más a lo que se gana, porque el trabajo por cuenta propia no responde a un sueldo fijo. “Nunca hay nada seguro”, insiste, y esa incertidumbre no se apaga al cerrar el taller. El autónomo no solo trabaja en el lugar de trabajo. En casa sigue gestionando clientes, proveedores, cuentas y problemas. Es trabajo mental que no descansa y que, con cuidados de por medio, convierte el calendario en un puzzle sin borde.
Cuando mira atrás, reconoce que le habría servido una advertencia. “No era tan romántico como yo lo pensaba”, dice entre risas. No por arrepentimiento, sino por realismo. Y aun así, no renuncia al horizonte. Para 2026 quiere un crecimiento “orgánico”, lento, compatible con la etapa de crianza. “Sin prisa pero sin pausa”. Mantener el taller vivo mientras sus hijas crecen y, poco a poco, materializar esos sueños que siguen ahí.
El consejo final a quien quiera emprender llega con humor y un punto de verdad amarga. “Que corra, que corra y no mire atrás”, suelta primero. Luego matiza con algo más profundo. Hay personas a las que les basta un sueldo y cerrar la jornada. A otras les pesa más levantarse con ilusión. Virginia se reconoce en estas últimas, en las mentes “un poco más románticas” que se buscan la manera “sea como sea”. Sin prometer finales felices, sin vender humo. “El tiempo dirá”, concluye. Y en esa frase queda resumido el mundo autónomo. Un oficio sostenido a pulso, con belleza y barro. Con la huerta murciana alrededor y una pregunta que sigue abierta para 2026: cómo hacer un país donde emprender no signifique caminar sola.









