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Opinión | Turisteando
Paco Morales
Jueves, 01 de Enero de 2026
Paco Morales

Salabrio vuelve al Mar Menor para dar identidad a Cabo de Palos

Las ciudades del mundo siempre han buscado símbolos que las representen y les den personalidad propia. Entre esos símbolos, las estatuas han jugado un papel esencial en la proyección cultural y turística de los destinos. No son meros adornos: son relatos petrificados que atraen miradas, generan identidad y se convierten en motores económicos.

 

La lista de ejemplos es amplia y reveladora. En Europa, la Sirenita de Copenhague, inspirada en el cuento de Andersen, se ha convertido en uno de los símbolos más fotografiados de Escandinavia. En Bruselas, el irreverente Manneken Pis demuestra cómo una figura de apenas medio metro puede atraer a millones de visitantes cada año.

 

Más cerca de casa, en Lanzarote, el Diablo de Timanfaya se ha transformado en seña de identidad insular, mientras que en Sanxenxo la Madama acompaña hoy la imagen del municipio gallego. Copenhague cuenta con la Sirenita, Cracovia con su Dragón de Wawel, Ljubljana con los dragones de sus puentes, Escocia con sus unicornios y Reikiavik con los trolls y elfos.

 

Del mismo modo, Cabo de Palos podría hallar en el Salabrio su criatura mítica propia, llamada a convertirse en símbolo e identidad del lugar.

 

En el propio ámbito local, el Ícue de Cartagena ejemplifica perfectamente este fenómeno. Esta escultura contemporánea se ha consolidado como punto de encuentro y símbolo de modernidad de la ciudad, demostrando cómo una obra escultórica puede convertirse rápidamente en referencia visual e icono identitario que los cartageneros adoptan como propio y que los visitantes reconocen inmediatamente.

 

Esta tendencia regional se confirma con la reciente inauguración en el Puerto de Mazarrón de una escultura monumental de la Virgen del Carmen, que rinde homenaje a su tradición marinera y nace con la vocación de ser un nuevo hito turístico.

 

La comparación es inevitable: mientras que la cola de ballena del puerto de Cartagena representa una apuesta estética moderna sin arraigo cultural específico en la zona, Salabrio en Cabo de Palos hundiría sus raíces en la tradición popular local y la memoria colectiva del Mar Menor. Una escultura que nace de las leyendas del territorio siempre tendrá más fuerza identitaria que un símbolo importado, por hermoso que sea. La autenticidad cultural puede ser el factor diferencial que convierta a Salabrio en un icono más duradero y significativo para los habitantes y visitantes de la comarca.

 

Estos casos muestran que una estatua bien ubicada y narrada es capaz de convertirse en un atractivo turístico por sí misma, hasta el punto de desplazar flujos de visitantes y dar notoriedad internacional a ciudades que, de otro modo, no estarían en el mapa turístico.

 

Las estatuas cumplen múltiples funciones. Desde lo cultural, rescatan mitos, leyendas y personajes, transmitiendo memoria colectiva y dotando de singularidad a los espacios públicos. Desde lo turístico, funcionan como puntos de referencia obligados para el visitante, multiplican la difusión en redes sociales y sirven de pretexto para diseñar rutas, eventos o productos locales.

 

En lo económico, la ecuación es clara: cada turista que se acerca a contemplar una estatua consume también en bares, restaurantes, hoteles y comercios. La experiencia internacional es contundente: se estima que esculturas como la Estatua de la Libertad o el Cristo Redentor de Río de Janeiro generan millones en ingresos anuales. Incluso ejemplos más modestos, como las esculturas de "vacas" en Nueva York o Chicago, supusieron en su momento un boom turístico con impactos millonarios en la economía local.

 

En el Mar Menor contamos con una leyenda propia que merece ser rescatada: Salabrio, un monstruo acuático con fama de guardián de sus aguas. Esta criatura mitológica, descrita en la tradición oral como un ser de cuerpo alargado y cola de caballito de mar, formó parte de las creencias populares hasta hace dos siglos. Los pescadores contaban que se desplazaba entre San Pedro del Pinatar y Cabo de Palos, refugiándose en la isla del Barón, y que las mujeres le ofrecían frutas para curar dolencias.

 

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Bartolomé Navarro “Bartolo, expresidente de la Cofradía de Pescadores de Cabo de Palos contándonos que:

 

"Estábamos marcando los pulpos con el bote a remo y teníamos la red calada de atunes, cuando de pronto, vimos una sombra negra que se aproximaba por debajo del barco y al mirarlo yo creí que era una golondrina, pero una golondrina tiene alas y esto no tenía alas, tenía brazos y aproximadamente 3 metros de grande que se lio en la red y nos pegó un tirón que estuvo a punto de echarnos a pique. Qué pasó... que se nos rompió la red y se fue, y me sorprendió mucho al ver aquello. Aquello no parecía ni un delfín ni nada, era una cosa grande, alta, con unos brazos que tenía que daba miedo".

 

La escritora e ilustradora María Pilar Conn ha dado nueva vida a esta leyenda en su novela Salabrio y la pandilla del Cabo, advirtiendo que "se le puede invocar para pedir favores, pero hay que tener cuidado con lo que se pide". La autora descubrió la figura de Salabrio en un libro de Juan Francisco Jordán, transmitida por un anciano que vivió cerca del Mar Menor.

 

“Por casualidad llegó a mis manos un viejo libro escrito por Juan Francisco Jordán Montes, etnógrafo de las aldeas de montaña del sur peninsular, catedrático de Geografía e Historia y doctor en Historia Antigua y Arqueología. En uno de sus capítulos se hablaba de nuestro Salabrio, ese ser mitológico tan maravilloso. Aquello despertó en mí el deseo de seguir investigando sobre la mitología del Campo de Cartagena y del Mar Menor. Me pareció interesante escribir un libro infantil que tuviera a Salabrio como protagonista... En él se reunían atributos y valores que quise reflejar en la historia: la magia, la protección del entorno, el respeto a la familia, la deportividad y su don para la sanación. Con este libro deseo contribuir a que no se pierda una parte importante de nuestra cultura. No encuentro mejores motivos para acercar a los niños, desde las aulas, a la riqueza de la mitología ancestral de Cabo de Palos y del Mar Menor".

 

En este contexto resulta especialmente interesante la propuesta surgida en Cabo de Palos: instalar una estatua dedicada a Salabrio. La iniciativa, planteada por Diego de Haro y respaldada por figuras del ámbito cultural como Ana Escarabajal, no es un capricho, sino un intento de rescatar una tradición olvidada y proyectarla al presente como símbolo turístico.

 

La idea es brillante por varias razones. Recupera una leyenda local anclada en la memoria popular de la zona y refuerza la identidad de Cabo de Palos, dotando de personalidad a un espacio que carece de un icono representativo más allá de su faro. Además, atraería un turismo cultural y familiar, muy necesario para equilibrar el ocio nocturno, y generaría economía local, porque un nuevo atractivo trae consigo más visitantes, más consumo y más oportunidades de negocio.

 

Los puertos y zonas costeras son espacios privilegiados para este tipo de iniciativas. Allí donde llega el visitante por primera vez, una estatua puede marcar la diferencia entre un lugar más del litoral o un destino con alma. El Mediterráneo, tan rico en mitos marinos, ofrece un campo fértil para proyectos de este tipo.

 

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Una vez inaugurado, un monumento bien documentado y señalizado dedicado a Salabrio se integraría perfectamente en el paisaje costero del Mar Menor. Los nuevos visitantes lo fotografiarían como si llevara allí décadas, contribuyendo a crear una nueva tradición local y fortaleciendo la identidad cultural de la región.

 

El faro de Cabo de Palos ya es un símbolo consolidado, pero una estatua como la del Salabrio aportaría un nuevo relato, con el atractivo añadido de la mitología marina. Bien acompañada de campañas de promoción, visitas guiadas y un relato que enlace historia y modernidad, esta figura puede situarse en la misma liga que la Sirenita de Copenhague o el Diablo de Timanfaya.

 

Aplaudir propuestas como esta es apostar por un turismo de calidad, vinculado a la cultura y la identidad local, que es precisamente lo que Cartagena y sus diputaciones necesitan para reforzar su imagen en un mercado cada vez más competitivo.

 

Fuentes

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