Imagen del belén de El Albujón
En la Región de Murcia, diciembre tiene dos latidos. Uno suena a sobremesa eterna y planes que empiezan con “solo una” y acaban con villancicos improvisados. El otro late más despacio, con el ruido mínimo de un engranaje y la paciencia de quien coloca una figura milimétrica sin que tiemble el pulso. Ese segundo latido se escucha en El Albujón, donde el belén es una historia colectiva que empezó en 1994 y, tres décadas después, sigue creciendo sin perder el origen.
El presidente de la Asociación Belenista de El Albujón, José Gabriel Rosique, lo resume con la naturalidad de quien ha visto cómo una tradición se sostiene a base de constancia. “La implicación vecinal ha tenido mucho que ver”, explica. Aquel año, cuenta, una comisión de fiestas decidió dedicar el remanente económico de las celebraciones a poner en marcha un belén modesto. La idea se empujó desde dentro, con nombre y apellidos. José David Garnés Marín, su tío y el gran artesano del proyecto, fue el motor inicial. Comercios de la plaza colaboraron en las construcciones y una cena benéfica ayudó a reunir fondos para comprar las primeras figuras.
El primer montaje se instaló en los soportales del Centro Cívico, en la Plaza Mayor. Eran otros tiempos y otras dimensiones: alrededor de 30 metros cuadrados, piezas de talleres murcianos y casas hechas con apoyo vecinal, como quien arma un relato con materiales disponibles. Con los años, el belén fue ganando entidad y también necesidades prácticas. Pasó al interior para poder vigilarlo y, cuando la tradición ya pedía espacio, llegó a ocupar el salón de actos del Centro Cívico, con 120 metros cuadrados de escenas, oficios y movimientos.
Ahí aparece, con fuerza, la marca de autor que hoy distingue a El Albujón. “Nuestro belén tiene esa característica: hay muchas figuras que están en movimiento”, subraya Rosique. Garnés Marín fue quien construyó mecanismos, animó posturas, convirtió la artesanía en una coreografía pequeña y constante. En el belén, la Navidad no es estática: trabaja, camina, gira, vuelve a empezar.
La historia del montaje también es la historia de sus mudanzas. En 2010, unas obras en el Centro Cívico obligaron a buscar refugio y el belén se instaló en una nave cedida por un vecino, a la salida del pueblo, frente a una gasolinera. Allí alcanzó una de sus mayores superficies expositivas, rondando los 200 metros cuadrados. Y después llegaría el salón parroquial, otro escenario de una tradición que se adapta sin rendirse.
El verbo "adaptarse" se volvió literal en noviembre de 2014. Un incendio en el salón parroquial estalló cuando se estaba montando el belén. Las crónicas de entonces explicaron que el fuego se inició por un fallo en una resistencia utilizada para cortar poliexpán, con humo, calor y daños materiales importantes en el local y en la estructura del montaje, aunque las figuras no llegaron a arder porque aún no estaban colocadas. Rosique lo recuerda y fue “difícil”, pero no definitivo. Se rescató lo que se pudo, se buscó otra ubicación y se montó, pese a todo, en una nave o taller cedido. La tradición no se apagó, solo cambió de sitio y siguió.
Para entender por qué sigue, hay que mirar el legado. “Dejó mucho trabajo… prácticamente más de dos belenes para montar”, dice Rosique, al hablar de José David Garnés Marín. La Asociación conserva piezas, repara lo que hace falta y alterna escenas y figuras para que el montaje respire cada año de forma distinta. Ese “ir alternando” es una manera de mantener viva una herencia sin convertirla en museo. También es una forma de cuidar lo que no se ve: las horas. Las muchísimas horas.
Porque el belén de El Albujón se levanta con constancia. Rosique calcula que el montaje lleva “un mes y medio” y que, este año, lo han hecho principalmente dos personas, con ayuda de otras tres. Cinco manos, a ratos, para sostener una obra que hoy reúne cerca de 2.000 figuras.
Ese número impresiona, pero lo que de verdad pesa es lo que contiene. El belén se apoya en el trabajo artesanal como columna vertebral. “La mayoría son de artesanos de aquí”, explica el presidente, y cita Puente Tocinos como uno de los grandes puntos de origen, con piezas de Viuda de Galán y otros talleres murcianos. A esa base se suman adquisiciones de otros lugares, con una selección anual inevitable, porque no todo cabe. El resultado es un belén que se permite cambiar sin perder identidad, un montaje con movimientos, pero también con “escenas típicas del Campo de Cartagena y de la Región de Murcia”, su sello más reconocible.
Las visitas, cuenta, han ido bien. Al principio, la lluvia frenó el arranque navideño, pero la gente se ha animado y esperan más afluencia en los días fuertes, especialmente en fin de semana. Y ahí el belén cumple su segunda función, además de la cultural: la comunitaria. Porque un belén así, en un pueblo, es también un punto de encuentro. Una excusa bonita para salir, para enseñar a alguien “lo nuestro”, para que una tradición se haga conversación.
Para quienes quieran acercarse, la Asociación mantiene el belén abierto en estas fechas con horario de mañana de 10:00 a 13:30 y de tarde de 17:00 a 20:00, ampliando los fines de semana hasta las 21:00 y al mediodía hasta las 14:00. Permanecerá montado hasta el 6 de enero, Día de Reyes, el cierre natural de una Navidad que aquí se cuenta a escala pequeña.
No hace falta coronarlo ni compararlo con nada, porque cada belén tiene su propio pulso y su propia manera de contar. El de El Albujón, además, cuenta el tiempo: el de un pueblo que desde 1994 se coordina para que la Navidad no sea un adorno de temporada, sino una obra común que regresa, se renueva y vuelve a ponerse en marcha año tras año.






