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Opinión | El Periscopio
Sebastián Hidalgo
Jueves, 08 de Enero de 2026
Sebastián Hidalgo

Los emisarios de Donald Trump

 

El pasado 3 de enero tuvo lugar una de las operaciones militares más complejas y espectaculares de las últimas décadas. La intervención estadounidense bautizada como Absolute Resolve”, se desarrolló con una puesta en escena más propia de una superproducción de Hollywood que de una acción militar real. Donald Trump cumplió finalmente su amenaza contra Nicolás Maduro, y lo hizo dejando claro que su política exterior no entiende de medias tintas.

 

Durante semanas la administración del magnate movilizó ingentes cantidades de material bélico hacia el Caribe. Estados Unidos desplegó cazas de quinta y sexta generación, respaldados por la armada más poderosa del mundo. Al frente del dispositivo se situó el USS Gerald R. Ford, un coloso de 337 metros de eslora, con capacidad para albergar hasta 4.500 tripulantes y operar 70 aeronaves. Una auténtica ciudad flotante y la joya de la US Navy, convertida en un símbolo inequívoco de intimidación militar.

 

Pero el despliegue no se limitó a un gesto disuasorio. Mientras la demostración de fuerza era visible en el mar y en el aire, sobre el terreno la operación avanzaba con una precisión quirúrgica. La Delta Force, la unidad de operaciones especiales más prestigiosa del país y especializada en misiones antiterroristas, fue la gran protagonista. El operativo comenzó con ataques coordinados contra las principales bases militares de Caracas, provocando apagones en amplias zonas de la ciudad y golpeando infraestructuras clave como las telecomunicaciones, aeropuertos y puertos. El objetivo era claro: desmantelar las defensas antiaéreas venezolanas y garantizar el paso seguro de los helicópteros tácticos encargados de la misión principal.

 

Según los datos ofrecidos posteriormente en la Casa Blanca por el propio Trump y por el jefe del Estado Mayor Conjunto, participaron 150 aeronaves procedentes de una veintena de bases terrestres y plataformas marítimas como el Gerald R. Ford. Una cifra que, por sí sola da vértigo. Para ponerla en contexto, España cuenta con 139 aviones de combate en total. Es decir, Estados Unidos desplegó en una sola operación aérea más aeronaves de las que posee íntegra una de las principales fuerzas aéreas europeas. Un despliegue descomunal calificada sin pudor por el inquilino de la Casa Blanca como “espectacular” y “sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial”. La hipérbole no era casual, el mensaje iba dirigido directamente a la cúpula del régimen chavista y a los enemigos del magnate.

 

¿Tienen razón en calificarla así? Quizás haciendo un resumen de lo acontecido podremos saber la respuesta.

 

A las dos de la madrugada, hora local en Caracas, las tropas de élite llegaron al punto donde se encontraba el dictador. En cuestión de minutos aislaron la zona y arrestaron al mandatario y a su esposa, Cilia Flores, mientras dormían, según fuentes citadas por la CNN. Hubo intercambio de disparos. “Recibieron fuego y respondieron con fuego”, reconoció el Jefe del Estado Mayor, en un intento de subrayar el riesgo asumido y la contundencia de la respuesta.

 

A las 3:29 de la mañana, los helicópteros aterrizaron en la base y la pareja fue trasladada al USS Iwo Jima rumbo a Nueva York, donde Maduro sería juzgado por cargos de narcoterrorismo, entre otros. Desde el inicio de los ataques hasta el momento en que las fuerzas especiales derribaron la puerta de la habitación del mandatario transcurrieron apenas tres minutos. Tres minutos que demuestran el nivel de preparación, coordinación y superioridad tecnológica de las fuerzas armadas estadounidenses.

 

Trump, fiel a su estilo, añadió un componente casi cinematográfico al relato al describir la vivienda de Maduro como “una fortaleza”, con puertas de acero y un espacio seguro al que no logró llegar a tiempo. “Estábamos preparados para atravesar el acero, pero no fue necesario”, presumió el presidente estadounidense, reforzando una narrativa de omnipotencia que, más allá del resultado inmediato, deja claro el mensaje que Washington quiso enviar al mundo.

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