Sin verde no hay turismo de calidad: el reto pendiente de Cartagena
Panorámica de la ciudad de Cartagena - SHUTTERSTOCKQuien conduce hacia Cartagena atraviesa un paisaje áspero, casi lunar. Montes pelados, tierra reseca, ausencia de sombra. No es el norte de España, cierto, pero tampoco es este el aspecto natural del territorio. Cartagena es hoy una de las ciudades más áridas de Europa, con apenas 300 milímetros de lluvia al año, pero esa aridez no es un destino inevitable: es el resultado de siglos de explotación y décadas de abandono.
Durante tres siglos, Cartagena sacrificó sus bosques para construir los navíos de la Real Armada. Los montes circundantes fueron talados sistemáticamente para alimentar los astilleros del Arsenal. Ya en 1778, el ingeniero Jorge Juan advertía con claridad: sin el gobierno prudente de los montes, la fábrica de navíos quedará en poco tiempo sin recursos. La ciudad entregó su patrimonio forestal al servicio del Estado. Nunca se lo devolvieron.
Pero el paisaje actual no solo explica la historia naval. También refleja la dejadez contemporánea. A la entrada de Cartagena, junto a los barrios de Torreciega y El Hondón, más de 150 hectáreas de terrenos industriales contaminados permanecen abandonados desde hace décadas. Son las antiguas fábricas de Española del Zinc y Potasas y Derivados. Espacios envenenados por metales pesados que constituyen una herida abierta en el acceso a la ciudad.
El visitante que llega no percibe una ciudad que cuida su entorno. Percibe dureza, calor extremo y una sensación de descuido que condiciona toda la experiencia turística. En turismo urbano, la primera impresión no es anecdótica: determina expectativas, condiciona la estancia y define el recuerdo del destino.
Ciudad verde es el término que utilizan los urbanistas para definir aquellas urbes que integran infraestructura verde en su diseño: calles arboladas, plazas habitables, continuidad de espacios naturales y un gran sistema periurbano que funciona como pulmón. No se trata de imitar modelos nórdicos ni de renunciar a la identidad mediterránea. Se trata de construir una ciudad civilizada en su propio clima.
Las ciudades necesitan tejer una red verde que funcione como infraestructura básica, resume el urbanista Salvador Rueda. Esa infraestructura verde no es decorativa: reduce la temperatura hasta cinco grados, mejora la calidad del aire, hace caminable el espacio público y aumenta la competitividad turística del destino.
Una ciudad sin verde continuo expulsa al peatón. Y un destino urbano que expulsa al peatón pierde visitantes, acorta estancias y empobrece la experiencia. Cartagena aspira a consolidarse como destino urbano y portuario, y ambos modelos se recorren a pie.
El crucerista desembarca y pasea por el casco histórico; el visitante urbano enlaza monumentos, comercios y espacios culturales caminando. Si durante buena parte del año la ciudad resulta hostil para el peatón por falta de sombra, la experiencia se acorta, el consumo se reduce y la percepción del destino se resiente. En una ciudad mediterránea, la calidad del espacio público no es un complemento: es parte esencial del producto turístico.
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En ese mismo eje puerto-ciudad, ya hubo propuestas para soterrar el tráfico mediante un túnel que liberara la superficie para el uso ciudadano. La idea de hacer un túnel desde la Pescadería hasta el CIM permitiría transformar el corredor de asfalto en una alameda marítima arbolada y continua, similar a la Alameda Principal de Málaga, donde miles de personas pasean a diario bajo árboles maduros incluso en pleno verano.
Málaga entendió que sombra y continuidad peatonal son infraestructura urbana básica en climas cálidos. Aplicar ese criterio en Cartagena supondría coser definitivamente el casco histórico con el puerto y crear un eje verde de alta calidad urbana. La comparación demuestra que estas transformaciones no son utópicas, sino decisiones que mejoran la vida cotidiana y elevan el valor del destino.
Pero además, en Cartagena el verde cumple una función sanitaria estratégica. La ciudad arrastra episodios recurrentes de contaminación atmosférica que podrían evitarse. En Cartagena se podrían prevenir 104 muertes anuales si se cumplieran las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre calidad del aire, documenta el doctor ingeniero Francisco José Conesa Cánovas.
Disponer de un gran pulmón verde no es solo una cuestión climática: es salud pública, calidad de vida y elemento diferenciador del destino turístico.
En este contexto, los más de 150 hectáreas de terrenos contaminados a la entrada de la ciudad representan simultáneamente el problema y la oportunidad. Española del Zinc, con más de 40 hectáreas declaradas suelo contaminado en 2009, permanece sin solución definitiva pese a las órdenes judiciales y las advertencias de la Guardia Civil sobre concentraciones de arsénico que superan cinco millones de veces los límites permitidos.
El Hondón, con 108 hectáreas afectadas por contaminación radiológica y metales pesados, aguarda desde hace dos décadas una descontaminación que nunca llega.
Estos espacios envenenados constituyen una vergüenza urbanística y un lastre para la imagen. Pero una vez descontaminados, podrían convertirse en un gran parque urbano de 500 hectáreas. El Plan General de Ordenación Urbana facilitaría la recalificación de suelo para completar esa superficie con terrenos contiguos a la ciudad.
Un parque accesible desde todos los barrios, con zonas de sombra, itinerarios peatonales y ciclables. Un gran oasis verde donde los cartageneros puedan pasear en verano sin riesgo de golpe de calor y donde los turistas encuentren algo más que un casco histórico sofocante.
Pero el proyecto de ciudad verde no se completa solo con el gran parque central. Requiere además reforestar todos los montes que rodean el casco urbano. El visitante que se aproxima a Cartagena debería encontrar laderas verdes abrazando la ciudad, no montes pelados que transmiten abandono y hostilidad climática. Ese cambio en la percepción de llegada condiciona la experiencia completa.
La reforestación de zonas áridas ya no es una utopía técnica. Existen sistemas probados que garantizan tasas de supervivencia superiores al 80% incluso con menos de 300 milímetros de lluvia anuales. El proyecto Life Nieblas en Gran Canaria logró un 87% de supervivencia plantando más de 15.000 árboles mediante captadores de niebla que aprovechan la humedad atmosférica.
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El aprovechamiento de la humedad ambiental permite obtener agua incluso en condiciones extremas, destaca el Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias. La proximidad al mar garantiza humedad significativa.
El factor crítico en cualquier reforestación es el agua durante los primeros dos o tres años de vida del plantón, recuerda el doctor Conesa. Sin riego de apoyo con tecnología probada, la mortalidad se dispara y la inversión se pierde. Cartagena no puede permitirse más fracasos. Los montes pelados de Galeras, Atalaya y la Sierra Minera son el recordatorio de plantaciones sin seguimiento que murieron al primer verano.
Pero la tecnología de riego no basta si la elección de especies es errónea. La reforestación debe priorizar arbolado autóctono adaptado al clima mediterráneo semiárido: pino carrasco, algarrobo, lentisco, acebuche y palmito. Estas especies resistieron siglos en estos montes antes de la tala masiva y están diseñadas para sobrevivir con menos de 300 milímetros anuales. Plantar especies foráneas inadecuadas, como se hizo en proyectos anteriores, condena la inversión al fracaso y perpetúa el paisaje árido que ahuyenta al visitante.
El proyecto Horizon del monte Galeras, con 300.000 euros para reforestar 90 hectáreas, representa el primer test de voluntad real. La ubicación es estratégica junto al Castillo de Galeras que será puesto en valor. Similar proyecto de puesta en valor requiere el cercano monte de Fajardo, donde el cuartel histórico aspira convertirse en hotel de lujo. Los miles de cruceristas que recalan en el puerto merecen encontrar montes verdes de verdad, no colinas peladas que confirman todos los prejuicios sobre el sureste español.
Madrid repuso 80.000 árboles tras Filomena. Murcia capital proyecta plantar 50.000. Barcelona, Valencia y Sevilla han ejecutado vuelcos masivos en reforestación, no acciones testimoniales. Son inversiones millonarias que convierten sus ciudades en lugares más habitables y turísticamente más atractivos. Cartagena, siendo la más árida, necesita el esfuerzo proporcionalmente mayor, no el más pequeño.
Las empresas del Valle de Escombreras, tras décadas contribuyendo a la contaminación atmosférica, deben asumir su responsabilidad social corporativa financiando reforestación profesional de los montes que rodean su valle con tecnología avanzada y resultados medibles.
Cartagena sacrificó sus árboles para construir barcos durante siglos. Hoy necesita reconstruir su paisaje para servir a sus ciudadanos y visitantes. El modelo de ciudad verde no requiere inventarse: está funcionando en docenas de urbes europeas.
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Cuando el visitante llega debería sentir que entra en una ciudad pensada para disfrutarla, no para soportarla. Esa transformación requiere decisión política, inversión sostenida y rigor técnico.
Una ciudad verde no se proclama. Se camina. Y Cartagena, que fue durante siglos una potencia naval europea, aún está a tiempo de convertirse en referente de adaptación urbana al clima mediterráneo.
La pregunta no es si Cartagena puede convertirse en ciudad verde. La pregunta es si quiere hacerlo.
Fuentes
Dr. Francisco José Conesa Cánovas, Jorge Juan (ingeniero de Marina, 1778), Salvador Rueda (urbanista), Pablo Díaz Luque (Universidad Abierta de Cataluña), Organización Mundial de la Salud (OMS), ISGlobal, Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA), Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), Cabildo de Gran Canaria (proyecto LIFE NIEBLAS), Ayuntamiento de Cartagena, Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, Guardia Civil (informes sobre contaminación terrenos Zinsa), Juzgado de Instrucción número 5 de Cartagena, Defensor del Pueblo (resolución sobre suelos contaminados El Hondón).




















