La corrupción mata

Hoy domingo se cumple una semana del fatídico accidente en Adamuz que costó la vida de 45 personas. Vaya por delante mi más sentido pésame a familiares y amigos.
Aún hoy, son muchos los interrogantes que continúan abiertos sobre las causas del accidente y, aunque todo apunta a deficiencias en la infraestructura, a una posible rotura de la vía, mucho me temo que aún tardaremos en conocer las conclusiones de la investigación en curso.
Mientras eso ocurre, y de manera paralela, vienen apareciendo noticias que de una u otra manera vinculan los trabajos de conservación de las vías ferroviarias con empresas relacionadas con la trama Ábalos-Koldo-Cerdán.
¿Qué pasaría si se llegara a demostrar una relación directa entre la causa del accidente y el comportamiento ilícito relacionado con el pago de comisiones?
Estando en un país desarrollado, aunque tengamos salarios que dicen lo contrario, no deberíamos tener que llegar a situaciones tales como las que vivimos estos días para constatar la gravedad de uno de los delitos más graves que se puede cometer. Porque la corrupción llena los bolsillos a unos pocos, pero mina los cimientos del Estado y debilita la democracia y. ahora más que nunca, España tiene necesidad de ser reforzada ante las tropelías que día a día conocemos de Pedro Sánchez.
La corrosión que produce la corrupción no puede ser corregida con moralinas basadas en declaraciones buenistas, ni mucho menos, con funerales laicos en búsqueda de satisfacer multisensibilidades. La erosión que produce la corrupción se corrige con leyes que disuadan, sin miramientos, a aquellos que quieran primar su interés personal antes que el de los ciudadanos o transgredir la libertad y convivencia que debe mantenerse en cualquier comunidad.
Pero se puede dar un paso más. de emprender un proceso de revisión legislativa para dimensionar adecuadamente la gravedad de los delitos de corrupción. Ese paso al que me refiero consiste en rechazar y oponerse a participar en cualquier tipo de corrupción. Y para eso debemos dimensionar adecuadamente qué es y dónde empieza la corrupción.
Hasta en el evangelio viene establecido: “El que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto" y ahí todos tenemos mucho que decir.
Nuestro país está plagado de redes clientelares, de estructuras de poder. La sociedad civil, en general, que debería ejercer una labor de contrapoder, actúan como cómplices de las decisiones políticas que, de una u otra forma, le reportarán beneficios propios en el corto plazo. Y mientras esto ocurre, los ciudadanos normales, los que madrugan y luchan día a día para poder cubrir todos los gastos de la familia cada día bien con mayor dificultad.
Hemos pasado de política de programas, de política basada en ideología y en soluciones a una política de propaganda fundamentada en influir en la opinión pública a través de la publicidad y el marketing. Y eso nos ha llevado a asumir como normal la inacción, la falta de ideas, el debate vacío y, lo que es peor, la inoperancia basada en el miedo al “qué dirán”.
Por esta razón asumimos sin cuestionarnos que el gobierno de Sánchez destine 1.371 millones en abonos de transporte, mientras que apenas invirtió 680 millones de euros en la conservación y mantenimiento de los casi cuatro mil kilómetros de vía de alta velocidad. Una inversión que supone, en términos reales un 42,5% menos que hace 10 años.
La política en esta Región de Murcia tampoco eso ajena a esa política de la propaganda y por eso seguimos con los mismos debates los últimos 20 o 30 años: AVE, Gorgüel, Autovía del Bancal, Aeropuerto, etc. Para paliar la incompetencia e inoperancia que caracteriza a los goberantes del bipartidismo han tenido que rebasar cualquier límite ético establecido. Observamos afirmaciones y posicionamientos que, en cualquier ámbito particular, profesional o familiar, tendrían consecuencias inmediatas, pero, en política, se tornan en “relatos” que llevan hasta el fin del mundo.
Por tanto, la política de la propaganda también es otra forma corrupción que nos lleva a la mediocridad. Los españoles se están dando cuenta. Ya no valen los discursos vacíos. Es la hora de la vuelta del sentido común y de las medidas valientes que pongan a España y los españoles en el centro de la política. Y lo más importante, los españoles necesitamos políticos que pongan en marcha leyes para que no haga falta que mueran personas para darnos cuenta del fatídico destino que tenemos como país si continuamos por estos derroteros.





















