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Opinión |
María Jamardo
Sábado, 31 de Enero de 2026
María Jamardo

Censura y lentejas

El Gobierno de Pedro Sánchez se ha convertido, desde hace tiempo, en un gran potaje de lentejas, o las comes o las dejas, en el que los mecanismos propios de la democracia se chamuscan a fuego lento a medida que avanza la legislatura. Lo hemos visto este semana con el polémico ‘decretazo’ ómnibus de las pensiones, concebido para que sucediese lo que sucediese con el mismo, el relato jugase a favor del socialismo. Un win win del manual de resistencia, cada vez más previsible, en el que la derrota fue utilizada en contra de la oposición, a la que “no le importan los pensionistas”; y, una imprevista e imposible victoria habría sido una muestra de la voluntad de este Ejecutivo por “mejorar la vida de la gente”, a pesar del empeño de “las derechas” por poner palos en las ruedas.

 

La realidad es que, más allá de la subida de las prestaciones a los jubilados españoles, como arma de capitalización electoral, ya conocida por todos, el empeño del Gobierno por insistir en la imposición, al margen del control parlamentario, hurtando el debate de las iniciativas en el Congreso y el Senado y excediéndose en una potestad legislativa que está limitadísima a los supuestos de extraordinaria y urgente necesidad, ahonda cada vez más el descrédito institucional y en la desconfianza de los ciudadanos.

 

Una ciénaga de despropósitos y partidismo que, esta semana, en un funeral de Estado se ha visto reconfortada por el sentimiento profundo y arraigado de los españoles en su fe, una nación católica reivindicándose en un Estado aconfesional, no como declaración ideológica y politizada de la realidad, sino como hecho social e histórico arraigado, cargado de razones y reivindicativo de una identidad que, a menudo, ha sido denostada por quienes tienen la obligación de respetarla y representarla. Liliana como voz, quebrada, de lo que somos. La soberanía del pueblo envuelta en el dolor, el profundísimo respeto y la crítica sin ofensa. Y una reclamación incontestable: la búsqueda de la verdad.

 

La verdad es precisamente la que menos gusta a quienes más ejercen la censura ante la que no cabe rendirse nunca. Porque, esta semana, también, mientras Adamuz, Córdoba y Andalucía nos daban una lección de esperanza y aliento, hemos asistido, en Sevilla a la cancelación como máximo exponente de la intolerancia y la pobreza intelectual de quienes, desde hace mucho, se autoproclaman guardianes de la moral, el auténtico periodismo y las artes cuando, en realidad, son todo lo contrario y lo saben. Sólo en la libertad democrática de poder elegir, si participas o no en unas jornadas, está el éxito de todo un país superando las heridas de un conflicto indeseable. En la posibilidad de discutir con quienes piensan diferente, la grandeza de rebatirles con argumentos y combatirles con la palabra. Y, en la voluntad de sentarte frente al que detestas, incluso, la muestra evidente de que el rencor es incompatible con la inteligencia.

 

Por desgracia, una vez escuchado y leído todo lo que ha sucedido, en estos últimos días, tras la pataleta de un tal Uclés -a unos días de que arrancase una convocatoria a la que se había comprometido a asistir, seis meses antes- la sensación es que estamos condenados, sin quererlo nosotros, deseándolo quienes polarizando no la han superado, a que la guerra civil sea perpetua. Conviene decirlo claro: una izquierda infantil y victimizada que, frente a las verdaderas víctimas de la tragedia y la pérdida, se permite hacerse la indignada cuando le toca enfrentarse a la confrontación de las ideas y a la vida real. Una izquierda egoísta e impostada que cree que el resto del mundo no tiene sus propios problemas. Una izquierda empeñada en que, en un mismo tiempo y, casi, espacio, vuelvan a revivir las dos Españas.

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