Todo es cuestión de tiempo

Las relaciones internacionales siempre se han definido por la relación de poder entre las tres vertientes principales del mismo: el poder económico, el político y el militar. Algo que, al menos, te suelen enseñar en la primera clase de esta materia es que el país que domine estos tres poderes o al menos dos de ellos, podría postularse como el hegemón del mundo; aquel que parte y reparte.
Como mencioné en el último artículo, el siglo XX y sus Guerras Mundiales le sirvieron a Estados Unidos como piedra de toque para convertirse en ese hegemón indiscutible que el mundo necesitaba para establecer la paz (sobre todo en occidente). Ellos dominaban esas tres vertientes a través del capitalismo, la democracia y la fuerza nuclear.
De hecho, así fue hasta el (11-S) y el comienzo de la “Guerra contra el terror”; cuando el poder que Washington había liderado durante sesenta años y que parecía imperante comenzó a agrietarse. Pero volviendo al tema, en esas primeras clases en las que te comienza a llegar información de muchos sitios y en las que te quiere sonar todo un poco, a los docentes se les olvida generalmente mencionar una clave de poder: la población.
No hace mucho tiempo, el crecimiento de la población de manera excesiva que tenían países como China o la India, se podía llegar a demonizar. Si bien es cierto que un crecimiento de la población sustentado en un desarrollo escaso de la productividad y los ingresos, no conduce a otra cosa que a un empeoramiento de las expectativas de vida. Pero esto cambió, y estos países, unos mejor que otros, supieron cómo canalizar esa nueva forma de poder.
Así, soluciones como la “Política del hijo único”, además de controvertidas en su tiempo no fueron más que una estrategia que pretendía evitar un suicidio demográfico, pero aun más una catastrofe sobre el crecimiento. Lo están logrando. El ejemplo chino sorprende ya que además de seguir con tasas de variación de población positivas cada año, siguen engrosando esa clase media china e invirtiendo en mejorar las condiciones de vida de la población. Además, por supuesto de estar mejorando todo ello vía salarios (pasando de 300 dólares anuales de renta per cápita en 1990, hasta los 14.000 anuales en la actualidad).
¿Y la India?
La India, un país que, a pesar de ser cercano al anterior, es muy diferente en cuanto a cultura, sociedad, normas y proyección hacia el futuro. Este se dio cuenta de que debía empezar a despertar a ese gigante dormido que lleva dentro hace apenas dos décadas. Un país cuyas tasas de natalidad son superlativas, y donde en 2023 nacieron 23 millones de niños. Es ahora cuando quiere “armar”, y entiendan mis términos, a una nación con potencial de ser hegemón.
Una sociedad intelectualmente capaz que debe vencer, eso sí, las altas tasas de analfabetismo que posee y las carencias estructurales que calan en los diferentes estratos de su sociedad. Con todo ello, y siguiendo los pasos de adaptación poblacional a la productividad podrán conseguir alcanzar un nivel de desarrollo lo suficientemente sólido para poder intentar meter la cabeza entre los hegemones, y demostrar que una población bien dirigida es un arma poderosa. Todo es cuestión de tiempo.





















