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Opinión |
María Jamardo
Sábado, 07 de Febrero de 2026
María Jamardo

Dirty Sánchez

Dirty Sánchez no es un insulto elegante, ni falta que hace. Dirty Sánchez se ha convertido esta semana en una de las etiquetas más virales e incómodas para el presidente del Gobierno de España que acostumbra a internacionalizar, cada vez que sucede, la parte más vergonzosa de su legislatura. Sánchez ‘el sucio’ señala algo más profundo que un exabrupto en redes sociales: su obsesión enfermiza por controlar el relato, limpiar el espacio público de toda información que no pase por el filtro gubernamental y presentar como peligrosa cualquier voz que no le aplauda.

 

Pedro Sánchez no persigue la falta de regulación de los medios digitales, ni de los perfiles en X, Instagram o Tik Tok de los ciudadanos particulares o de los influencers que tributan fuera de España; persigue la disidencia. Y lo hace, envuelto en una retórica populista y, en apariencia, buenista —la protección de los menores, la lucha contra el odio, la defensa de la democracia— que, en realidad, sirve de coartada para una pulsión mucho más vieja y menos noble como que el poder sea quien decide qué puede leerse, qué puede decirse y quién está autorizado a decirlo.

 

El presidente habla de “universo tóxico” para referirse a las redes sociales, pero rara vez concreta qué es lo tóxico. Curiosamente, nunca lo son los bulos del Gobierno, los cambios de versión en su política (los pactos con Bildu, Podemos en el Gobierno, la amnistía,…), los silencios estratégicos o los datos maquillados de empleo y economía. Para Sánchez lo tóxico siempre está fuera, en los medios de comunicación incómodos, en los periodistas de investigación, en las plataformas que no controla, en los ciudadanos que no tragan con la mentira.

 

Sánchez no soporta la información alternativa porque rompe su mayor fortaleza: el monopolio moral del relato. Y, es cuando las cosas se le complican y ya no puede esconderse tras el parapeto institucional o se ve obligado a competir en el mercado de las ideas, cuando empieza a hablar de “regulación”, de “límites” y de “responsabilidad”. Palabras nobles, usadas como cerrojos. La idea de prohibir o restringir el acceso de menores —y, por extensión, de todos— a contenidos no supervisados por el Estado no es una política de protección, es una política de desconfianza en la capacidad de pensamiento crítico y responsabilidad personal de los ciudadanos.

 

El sanchismo no cree en una sociedad adulta, capaz de analizar, discernir, contrastar y equivocarse. Cree en una ciudadanía tutelada, infantilizada y subvencionada. Por eso molesta tanto que figuras externas, como Elon Musk, señalen su deriva totalitaria. “El rey está desnudo” no porque Musk tenga razón en todo sino porque el Gobierno español reacciona con nerviosismo cada vez que alguien pone nombre a lo evidente. Sánchez gobierna como si la crítica fuera un sabotaje y la libertad de expresión, una amenaza. La paradoja es obscena. Un presidente que llegó al poder denunciando la “ley mordaza” y prometiendo “transparencia” ahora fantasea con un ecosistema informativo intervenido donde la verdad oficial circule sin fricciones y la contradicción, la sospecha o la simple pregunta sea, automáticamente, criminalizada.

 

No se persigue el delito, que ya está previsto y regulado; se persigue la incomodidad. No se combate la mentira; se castiga la discrepancia. Dirty Sánchez no juega sucio porque lo diga Musk, sino por lo que hace desde el poder cada vez que decide, a golpe de ‘decretazo’ y fuera del marco presupuestario constitucional, ensuciar las reglas del juego democrático, cuando se presenta como el único  árbitro neutral posible, mientras mueve la portería; cuando llama fascistas a los demás mientras sueña con el monopolio del control absoluto; cuando señala como ‘fascista’ a todo aquel que, sencillamente, no compra su verdad como un dogma de fe en el líder único, sin cuestionarla, como un autómata.

 

Sánchez, como antes China, Irán, Rusia, Corea del Norte, Myanmar (Birmania), Arabia Saudí, Vietnam, Turkmenistán, Eritrea, Siria, Pakistán, Turquía o la Venezuela chavista fantasea con intervenir las redes sociales. Lo que ha servido para recordarnos que, incluso en los Estados de Derecho más consolidados, la libertad de información, como cualquiera de las libertades nunca ha sido un regalo del poder, siempre ha sido una conquista frente a él. Y cada vez que un gobierno se obsesiona con regularla, limitarla u ordenarla, conviene recordar una verdad incómoda: quien teme a la información libre es quien más cosas tiene que ocultar.

 

No se dejen confundir por las cortinas de humo. Sánchez no quiere ciudadanos bien informados, quiere ciudadanos anestesiados, silenciosos, domesticados y previsibles. La democracia nunca se defiende apagando las voces discrepantes e independientes sino amplificándolas y escuchándolas con atención. Incluso —y sobre todo— cuando más molestan. Quizá, por eso mismo, a Sánchez ‘el sucio’, el apodo le escuece tanto. No por vulgar o polémico, sino por certero.

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