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Opinión | El Periscopio
Sebastián Hidalgo
Jueves, 12 de Febrero de 2026
Sebastián Hidalgo

El submarino S-90 emerge al debate público

Durante décadas el debate sobre el Arma Submarina en España se ha centrado casi en exclusiva en los submarinos S-80 plus. Ahora, alcanzado el ecuador del programa con la entrega del S-82 Narciso Monturiol, resulta inevitable plantearse una nueva cuestión.

 

¿Ha llegado el momento de hablar del sucesor del S-80?

 

Para ponernos en contexto debemos hacer un pequeño repaso por la historia del programa. La Armada Española encargó oficialmente la construcción de los cuatro submarinos en marzo de 2004 al astillero de Navantia en Cartagena, con el objetivo de modernizar y no perder a su flotilla submarina.

 

Lo que nació como un programa valorado en algo más de 2.100 millones de euros acabó convirtiéndose en uno de los proyectos industriales y militares más caros de nuestra historia reciente, con un coste que hoy roza los 4.000 millones de euros para solo cuatro unidades. Una inversión colosal que obliga a plantearse qué viene después.

 

Pese a todos los contratiempos España se sobrepuso a los problemas que fueron surgiendo con la implementación del programa. Y no es para menos. La construcción de un submarino moderno solo es comparable en complejidad a la de una nave espacial. Ambos deben operar en entornos donde el ser humano no puede sobrevivir ni un solo segundo sin protección.

 

Con más de 8.000 kilómetros de litoral, España necesitaría como mínimo ocho de los S-80 que hoy se están construyendo. ¿El problema? Si no somos capaces de exportarlo la viabilidad de programa podría pender de un hilo.

 

Los países productores de submarinos no son ajenos a esto. Con la excepción de Alemania, la mayoría ha dejado de fabricar submarinos de propulsión convencional para centrarse en la propulsión nuclear.

 

Los países que no tienen un mercado de exportación consolidado como España enfrentan dos opciones: perder la capacidad de fabricar submarinos convencionales, como ocurrió con Italia, o migrar hacia la propulsión nuclear, como es la tendencia actual en Japón.

 

Los hechos nos hacen pensar que el futuro S-90 debería ser nuclear si dejáramos al margen cuestiones políticas y sólo tuviéramos en cuenta las militares. La propulsión nuclear sería la solución a la problemática que enfrenta hoy la Armada, pues tengamos en cuenta que una unidad de un futurible S-90 nuclear podría cumplir la función de tres S-80.

 

En definitiva, la capacidad submarina de la Armada atraviesa un periodo de incertidumbre. Esta situación de momento se ve opacada por el avance del actual programa, a la espera de que el Ministerio de Defensa confirme la construcción de las dos unidades que faltarían. Estas serían clave para dar tiempo a Navantia para que pueda exportar el S-80 y justificar la inversión realizada durante décadas. También para que la Armada pueda reclamar que su futuro submarino sea de propulsión nuclear.

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