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Opinión |
Beatriz Talegón
Jueves, 19 de Febrero de 2026
Beatriz Talegón

La huelga como síntoma de un país enfermo

Hay una imagen que se repite estos días en toda España: batas blancas en la calle, carteles escritos a mano y ojos cansados, más de agotamiento que de rabia. Son los mismos ojos que ayer miraban a nuestros padres, a nuestros hijos, a nosotros, desde el otro lado de la camilla. Los mismos que nos sostienen cuando estamos realmente preocupados, cuando todo es miedo, silencio y sirenas. Hoy han dicho basta. Y que lo hagan ellos (precisamente ellos) debería ponernos en alerta mucho más que cualquier dato macroeconómico.


No es un arrebato ni un capricho corporativo. Es el final de una paciencia que se ha ido desgastando consulta a consulta, guardia a guardia, año tras año. La reforma del Estatuto Marco ha sido la chispa, pero la mecha viene encendida desde hace mucho: jornadas que superan las 60 o 70 horas a la semana, semanas en las que se rozan las 90 sumando guardias, horas que no cuentan ni para la jubilación ni para la carrera profesional, contratos encadenados, agendas imposibles y una burocracia que devora el tiempo de mirar a la cara a un paciente. Todo ello en un sistema que se da palmaditas en la espalda por su excelencia, mientras recorta por la base donde más duele: en las personas.

 

Cuando uno habla con médicos que están en la huelga, la sensación es muy clara: llevan años sosteniendo un edificio lleno de grietas con sus propias manos. Cuando falla la planificación, cuando no hay personal suficiente, cuando se cierran camas o no se cubren bajas, la solución siempre es la misma: “échale un par de horas más”, “ya descansarán otro día”, “la vocación”. El problema es que la vocación no paga la hipoteca, no cura la ansiedad ni arregla un cuerpo que lleva demasiadas noches sin dormir. La vocación, usada como coartada, termina siendo una forma elegante de explotación.

 

Hay un dato que ayuda a entender la raíz del problema: España destina menos dinero público a la sanidad de lo que correspondería a la riqueza que genera. Dicho en cristiano: hacemos magia con menos medios de los que hacen falta. El resultado no es solo que falten refuerzos o que las infraestructuras vayan justas; el resultado es que, cuando la demanda sube (porque la población envejece, porque hay más enfermedades crónicas, porque llega una pandemia) la cuerda se tensa siempre por el mismo lado: el de los profesionales.

 

Por eso la discusión sobre las guardias no es un tecnicismo aburrido, es una cuestión profundamente humana. Para quien no pisa un hospital, hablar de turnos de 17 o 24 horas puede sonar abstracto, incluso exagerado. Para quien está dentro, significa algo muy concreto: decidir si quien te atiende a las cinco de la mañana lleva ya trabajando desde las ocho del día anterior; decidir si esa persona, al salir, puede irse a descansar o tiene que encadenar otra jornada porque, si no, no llega la plantilla. Significa convivir con la idea de que tu margen de error disminuye a medida que el cansancio se acumula… pero la responsabilidad sigue siendo exactamente la misma.


No se trata solo de cansancio físico. La medicina es, por definición, una profesión emocionalmente dura. Se convive con el dolor, con el miedo, con la muerte, con la incertidumbre de no saber si el tratamiento funcionará. Si a esa carga le añadimos la sensación de ir siempre con el agua al cuello, de no tener tiempo para escuchar, de despachar en siete minutos lo que necesitaría veinte, el desgaste se convierte en algo corrosivo. No es casual que hablen cada vez más de ansiedad, de burnout, de compañeros que se plantean dejar la pública o incluso la profesión.


Y mientras tanto, desde fuera, la narrativa oficial suele ir por otro lado. Se nos dice que tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo; que somos un ejemplo; que no podemos quejarnos. La ciudadanía lo nota de forma ambivalente: por un lado, una atención muchas veces excelente; por otro, listas de espera interminables, dificultad para conseguir cita en el centro de salud, sensación de que hay que “conocer a alguien” o “insistir mucho” para ser atendido a tiempo. En medio de esa tensión, la huelga aparece como un escándalo para algunos: “con la que está cayendo, ¿cómo se atreven a parar?”. La pregunta, quizá, debería formularse al revés: con la que está cayendo, ¿cómo han tardado tanto en hacerlo?


La foto de las plantillas también merece una lectura pausada. Nos repiten que “no faltan médicos”, que incluso estamos por encima de la media europea en número por habitante. Y es verdad, si se mira el dato bruto. Pero lo mismo que con la economía: no basta con saber cuánto hay, hay que ver cómo se reparte. Hay comunidades autónomas (y dentro de ellas, comarcas, barrios, pueblos) donde tener un médico de familia estable es casi un milagro. Servicios de urgencias saturados, especialidades que no se cubren, jóvenes que encadenan contratos sin un mínimo de estabilidad. El sistema no funciona igual en un gran hospital de una capital que en un centro de salud de una zona rural. Y quienes están en primera línea lo saben mejor que nadie.


A eso se suma otro desequilibrio del que se habla poco: la falta de enfermeras en comparación con otros países de nuestro entorno. Cuando hay poca enfermería, muchas tareas que podrían desarrollar ellas (seguimiento de crónicos, educación sanitaria, cuidados continuados) terminan recayendo, directa o indirectamente, sobre los médicos. Es como si en una orquesta le pedimos al director que, además de dirigir, toque el violín, el piano y vaya pasando las partituras a todos. Al final, la música sale, pero a qué coste.

 

Desde el punto de vista del paciente, una huelga médica es, lógicamente, inquietante. Se aplazan citas, se reprograman intervenciones, se suspende actividad. A nadie le hace gracia enterarse de que su operación se retrasa o que esa consulta que lleva meses esperando se vuelve a posponer. Sería hipócrita negarlo. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿qué es más dañino para nuestra salud a medio plazo, una huelga puntual o un sistema que funciona a base de agotamiento crónico? Un servicio que aguanta gracias a la buena voluntad de su gente es un servicio frágil. Y cuando se rompe, ya no se arregla con un par de parches.


Hay un riesgo que deberíamos mirar de frente: la privatización silenciosa. Cuando la sanidad pública se resiente, la puerta de salida la marca la tarjeta de crédito. Quien puede, contrata un seguro y esquiva esperas; quien no puede, se queda en la lista. Así, poco a poco, el sistema deja de ser el espacio común en el que todos nos encontramos y se convierte en un circuito de dos velocidades. La huelga de los médicos no va solo de sus derechos laborales; va, también, de frenar esa deriva.


¿Hay alternativa? Sí, pero exige cambiar prioridades. Significa asumir que la sanidad pública no es un gasto que se recorta cuando vienen mal dadas, sino una inversión que sostiene todo lo demás: la economía, la cohesión social, la confianza en las instituciones. Significa comprometer, por ley, un aumento gradual del presupuesto sanitario hasta niveles comparables con los de nuestros vecinos; reforzar en serio la Atención Primaria (no con discursos, sino con plantillas, infraestructuras y tiempo); equilibrar plantillas de médicos y enfermeras; estabilizar a los jóvenes para que no tengan que irse fuera; poner límites claros y respetados a las guardias y a las jornadas.


Implica también algo menos tangible, pero igual de importante: escuchar a quienes están dentro antes de legislar sobre su trabajo. No es razonable que quien pasa la noche en Urgencias se entere por el BOE de cómo debe organizarse su tiempo, sin que su experiencia haya sido tenida en cuenta. Los médicos no pueden ser meros ejecutores de decisiones ajenas; tienen que formar parte de la definición del sistema que sostienen. Cuando se les convoca solo para la foto y se les ignora en la letra pequeña, la desafección está garantizada.

 

A veces, para entender una huelga, ayuda cambiar el foco. Pensemos en un médico de familia de un barrio cualquiera: llega al centro de salud con una agenda que ya está desbordada antes de empezar. Entra el primer paciente, y el segundo, y el quinto; mientras atiende, va rellenando formularios, informes, recetas electrónicas, justificantes. Suena el teléfono, le piden que firme algo, que revise una analítica urgente. A mediodía ya ha visto a treinta personas; por la tarde, quizá tenga consultas domiciliarias o una guardia. ¿Cuántos minutos reales ha tenido para escuchar, para explicar, para tranquilizar? ¿Cuántas veces ha salido del trabajo con la sensación de haber hecho menos de lo que debía, no por falta de ganas, sino por falta de tiempo?

 

Ese médico, esa médica, es quien hoy está en la calle con una pancarta. No pide un privilegio; está pidiendo algo que nos beneficia a todos: un sistema que no le obligue a elegir entre su salud y la nuestra. Un sistema que no dependa del heroísmo, sino de la planificación, la inversión y el respeto.

 

Los médicos no están reclamando que volvamos a aplaudir desde los balcones. De hecho, si algo han aprendido de aquellos días es que los aplausos, sin cambios reales, se convierten en ruido hueco. Lo que piden ahora es más incómodo y más serio: que afrontemos, como sociedad, el coste de tener una sanidad pública digna; que dejemos de usar su vocación como excusa para explotarlos; que aceptemos que sin condiciones laborales justas, no hay calidad asistencial posible.

 

Cuando un colectivo así se planta, no se rebela contra la ciudadanía, sino contra un modelo que les obliga a sostener lo insostenible. Nos están diciendo, con la autoridad de quien ve el sistema desde dentro, que el enfermo no son ellos, sino la propia sanidad. Que lo que hoy vivimos como molestia (una consulta que se retrasa, una prueba que se pospone) es, en realidad, un aviso a tiempo.


Si no cambiamos el rumbo, llegará un día en que la sala de espera esté llena, el médico no llegue… y ya no sea porque está en una manifestación, sino porque hace tiempo decidió irse a otro sitio donde sí le cuidaran. Y entonces, quizá, será demasiado tarde para preguntarnos en qué momento dejamos de entender que su huelga era, en el fondo, un acto de responsabilidad con todos nosotros. Porque los médicos nos están diciendo que este país está enfermo.

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