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REPORTAJE | MURCIAECONOMÍA RADIO

Reportaje| 23-F: ¿Cómo se vivió el golpe de Estado en la Región?

Los cargos políticos y militares contuvieron la asonada en la Comunidad, que estuvo en la zona de Milans del Bosch

José Antonio Muñoz Lunes, 23 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

El 23 de febrero de 1981 España estuvo a punto de echar por tierra la joven democracia que acababa de estrenar tan solo unos años antes, en 1977, debido a unos desgraciados acontecimientos ocurridos en el Congreso de los Diputados. Para la gran parte de los ciudadanos estos hechos son de sobra conocidos y muchos los vivieron pegados a la radio, pendientes y alerta ante el temor de que volvieran a repetirse hechos pasados de la historia de España.

 

Cientos de políticos y militares de todo el país estuvieron a la altura durante aquella tensa noche en la que "ya no bastaban las palabras y había que demostrar con hechos lo que se era y en lo que se creía", como diría el escritor Javier Cercas en su sublime obra sobre el 23-F, 'Anatomía de un instante'

 

La Región de Murcia no se había constituido aún como comunidad autónoma en 1981. El PSOE controlaba, asimismo, la extinta Diputación Provincial, al frente de la cual estaba Carlos Collado Mena, y lideraba los principales ayuntamientos, con José María Aroca Ruiz-Funes al timón en Murcia; Enrique Escudero de Castro con el bastón de mando en Cartagena; y José Fuentes López como alcalde de Lorca.

 

En el ámbito castrense, Murcia estaba encuadrada en la III Región Militar, que dominaba desde Valencia el teniente general Jaime Milans del Bosch, considerado como uno de los cerebros de la asonada junto a Tejero y el general Alfonso Armada. La principal autoridad del Ejército en la Región estaba en Cartagena y era el capitán general de la Zona Marítima del Mediterráneo, el almirante Juan Carlos Muñoz-Delgado y Pintó. 

 

El golpe arranca en la Región en la mañana del 23 de febrero. Según relata el investigador Roberto Martín Bolaños en su libro 'Operación Turia', dos colaboradores de Milans, el general Santos Fernández y el coronel Marchante, son citados en Capitanía General con la misión de entregar dos sobres a los gobernadores militares de Murcia y Cartagena. Cumplen su cometido por la tarde, antes incluso del asalto de Tejero al Congreso. Llamas y Fortea abren la carta y se quedan petrificados. Y es que lleva dentro el bando de Milans del Bosch en el que, contraviniendo la Constitución de 1978, el teniente general declara el estado de sitio en la III Región Militar.

 

Las órdenes son acuartelar a las tropas a la espera de acontecimientos, dar lectura del bando en Radio Nacional de España y trasladar un batallón motorizado del Mallorca 13 a la capital. También informar a las autoridades civiles de que, ante las circunstancias extraordinarias provocadas por los sucesos en el Palacio del Congreso, el mando lo tomaban ellos. Los tres preceptos fueron ejecutados con disciplina por los jefes militares.

 

El bando de Milans se leyó en el Centro Emisor del Sureste de RNE en Murcia, en la calle Jaime I, a las 19.45, una hora después de los tiros de la Guardia Civil en sede parlamentaria. Desde esa hora, y hasta las 7.12, cuando se radió el comunicado en el que el teniente general plegaba velas, en la Región de Murcia funcionó una legalidad paralela en la que quedaba suspendida la actividad de los partidos políticos, se prohibían las reuniones de más de cuatro personas y se establecía el toque de queda. 

 

Lo que no se vio en Murcia fue tanques circulando por la ciudad, como en Valencia. Solo hubo unos mínimos movimientos de tropas en Cartagena y el desplazamiento a marchas forzadas del batallón de Lorca a Murcia. La trama se fue disolviendo como un azucarillo tras la aparición, de uniforme, de Juan Carlos I en la tele. A partir de la 1.30 horas la situación era de tranquilidad absoluta, coinciden todos los que han colaborado en este reportaje. La calma hizo que los políticos que estaban en las instituciones volvieran a sus casas.

 

El 23-F propició una profunda reforma del Ejército. Las Fuerzas Armadas de hoy poco tienen que ver con las de 1981, más allá de episodios recientes como el chat de WhatsApp en el que un grupo de militares retirados hablaba de fusilamientos y pronunciamientos. Pero lo que preocupa ahora es la crispación social y política que se vive hoy, que no era tan evidente entre los españoles de cuatro décadas atrás. 

 

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