Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Opinión |
Beatriz Talegón
Jueves, 05 de Marzo de 2026
Beatriz Talegón

Tenemos derecho a la paz

Escribo estas líneas mientras los bombardeos sobre Irán siguen cayendo, mientras una escuela de niñas en Minab queda reducida a escombros con 148 estudiantes muertas dentro, mientras la Media Luna Roja iraní cuenta ya casi mil víctimas mortales y el mundo mira sin saber muy bien qué hacer. Y escribo, sobre todo, porque creo que hay cosas que necesitamos explicarnos con calma. Con palabras sencillas. Con la serenidad que exige lo grave.


Porque lo que está pasando nos afecta. A todos.
 

 

 

Empecemos por el principio: ¿por qué tenemos normas?

 

Hubo un tiempo (no hace tanto) en que los conflictos entre países se resolvían a cañonazos. Quien tenía más soldados, más armas, más poder, imponía su voluntad. La ley del más fuerte. Punto. Así funcionó el mundo durante siglos. Y el resultado fueron millones de muertos, dos guerras mundiales y un horror que Europa conoce bien.


Precisamente por eso, tras la Segunda Guerra Mundial, los países del mundo se sentaron y dijeron: “Esto no puede volver a pasar”. Y crearon las Naciones Unidas. Y firmaron una Carta fundacional que en su artículo 2.4 dice algo tan sencillo como revolucionario: ningún Estado puede recurrir a la amenaza ni al uso de la fuerza contra otro Estado. Solo hay dos excepciones: que lo autorice el Consejo de Seguridad o que sea en legítima defensa.


Dos excepciones. Solo dos. Porque la humanidad aprendió (a base de sangre) que si cada cual decide cuándo y cómo atacar al vecino, el mundo se convierte en una jungla.


Eso es el derecho internacional. No es un capricho de burócratas. No es una cosa de “izquierdas” ni de “derechas”. Es el acuerdo más básico que hemos alcanzado como civilización para no matarnos entre todos.
 

Y eso, ¿qué tiene que ver con lo que pasa en Irán?


Todo. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque masivo y coordinado sobre Irán. Lo hicieron por sorpresa, mientras había negociaciones diplomáticas abiertas sobre el programa nuclear iraní. Sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin que hubiera un ataque previo que justificara una legítima defensa. Sin detonante.


Bombardearon la residencia del líder supremo, Alí Jameneí, que murió junto a su esposa y su nieta de catorce meses. Bombardearon bases militares, infraestructuras civiles, hospitales. Bombardearon una escuela primaria de niñas en Minab donde murieron al menos 148 personas, en su mayoría alumnas que estaban en clase. En la plaza Nillofar de Teherán ejecutaron lo que se conoce como un “ataque de doble golpe”: primero bombardeas a civiles, y cuando llegan los equipos de rescate, una segunda bomba los mata a ellos también.


Según la organización iraní de derechos humanos HRANA, al menos 742 civiles han muerto, entre ellos 176 menores. Y la cifra sigue subiendo.


¿Y qué ha dicho el mundo? Pues el mundo está dividido. El propio secretario general de la ONU, António Guterres, condenó los ataques y advirtió de que esta acción militar “conlleva el riesgo de desencadenar una cadena de acontecimientos que nadie puede controlar en la región más volátil del mundo”. China y Rusia calificaron la ofensiva de “infundada” y contraria al derecho internacional. Francia, Alemania y Reino Unido, en cambio, se centraron en condenar la respuesta iraní y abrieron la puerta a “acciones defensivas proporcionadas” junto a Estados Unidos. En estos momentos van reculando y aunque no hablen claro, Reino Unido y Francia no se lanzan a sumarse a una guerra ilegal. 
 

La postura de España: no es “sanchismo”, es derecho


Y aquí es donde necesitamos hacer pedagogía. Porque en España, como siempre, todo se mete en la trituradora del partidismo.


El Gobierno de España ha adoptado una posición clara: rechazar la acción militar unilateral, exigir respeto al derecho internacional, reclamar desescalada y diálogo. Ha vetado el uso de las bases de Rota y Morón para las operaciones contra Irán. El presidente Sánchez lo resumió en cuatro palabras: “No a la guerra”. Y la ministra de Defensa, Margarita Robles, fue explícita: el convenio con Estados Unidos “debe operar en el marco de la legalidad internacional”, y lo que se están produciendo son “acciones unilaterales, sin respaldo de una organización multilateral, como la ONU, la OTAN o la UE”.


¿Es esto una postura “del PSOE”? No. Es una postura que se ajusta con precisión al derecho internacional. No hay mandato de la ONU ni obligación de la OTAN que fuerce a España a participar en estos ataques. El artículo 5 de la OTAN (el de la defensa colectiva) no se ha activado ni tiene por qué activarse, porque ningún miembro de la Alianza ha sido atacado por Irán. Y el convenio bilateral con Estados Unidos sobre las bases está explícitamente subordinado al respeto de la legalidad internacional.


España no solo no está obligada a participar, sino que hacerlo en una operación sin autorización del Consejo de Seguridad y difícilmente justificable como legítima defensa la colocaría al borde de la ilegalidad internacional.


Eso sí: España también ha condenado los ataques iraníes contra los países del Golfo. El ministro Albares convocó al embajador iraní y le trasladó el rechazo y la condena. Porque defender el derecho internacional es defender el derecho internacional para todos, no solo cuando nos conviene.
 

El sinsentido de arrasar para llevar democracia


Hay quien dice: “Pero es que el régimen iraní es terrible”. Y sí. Lo es. Nadie con dos dedos de frente defiende al régimen iraní. Un régimen que ejecutó a decenas de personas en 2025, que reprime protestas con brutalidad, que niega derechos fundamentales a las mujeres, que persigue a los disidentes. Pero eso (y esto es clave) no justifica lo que está pasando.


No se lleva la democracia con bombas. “La violencia nunca trae la paz y la democracia, solo trae el caos”, dijo el propio Albares. Y tiene razón. Lo hemos visto en Irak. Lo hemos visto en Libia. Lo hemos visto en Afganistán. Cada vez que alguien ha intentado imponer la democracia a base de misiles, el resultado ha sido más muerte, más caos, más radicalización y más sufrimiento para la población civil.


La democracia no se exporta con bombas. La democracia se construye cada día. Se construye con instituciones sólidas, con separación de poderes, con libertad de prensa, con diálogo, con respeto a las minorías, con elecciones libres, con educación. La democracia es un ejercicio cotidiano, lento, imperfecto, pero infinitamente más eficaz que cualquier misil.


Y esto es exactamente lo que significa un Estado de Derecho en la democracia moderna europea: un sistema en el que nadie (ni el más poderoso) está por encima de la ley. Un sistema donde las normas se consensúan democráticamente, donde existen contrapesos, donde el poder se controla, donde los conflictos se resuelven con palabras y no con armas.
 

El peligro de dinamitar las reglas del juego


Sé lo que algunos están pensando: “Pero es que la ONU no funciona. El Consejo de Seguridad está bloqueado. Rusia tiene derecho de veto”. Y sí, es verdad. Es un problema real. La ONU tiene limitaciones enormes. Pero la respuesta a que un mecanismo no funcione perfectamente no es saltárselo. Es mejorarlo, reformarlo, dotarlo de más legitimidad.


Porque si aceptamos que cuando el Consejo de Seguridad no nos da la razón podemos actuar unilateralmente, entonces estamos diciendo que las normas solo valen cuando nos convienen. Y si las normas solo valen cuando nos convienen, no son normas: son privilegios.


Piénsalo así: cuando criticamos al régimen iraní por imponer su voluntad a base de fuerza, por no respetar los derechos de su población, por saltarse las reglas básicas de convivencia… ¿qué estamos criticando exactamente? La ley del más fuerte. Eso criticamos. Pues no podemos denunciar la ley del más fuerte cuando la aplican otros y aceptarla cuando la aplican los nuestros.


Si no dotamos a las organizaciones internacionales de legitimidad, si no cumplimos los acuerdos que hemos firmado, si no respetamos las resoluciones que nosotros mismos hemos votado… entonces nada sirve. Y todos (todos) nos ponemos en peligro.


Porque hoy le toca a Irán. Pero mañana, sin reglas, sin marcos, sin instituciones que funcionen, puede tocarnos a cualquiera.
 

Esto va de defender la vida


Quiero terminar con algo que no debería hacer falta decir, pero que en medio del ruido mediático y la polarización parece necesario recordar: esto no va de partidos. No va de defender al PSOE ni de atacar al PP. No va de Sánchez ni de Trump. No va de izquierda ni de derecha.


Va de poner sobre la mesa algo tan elemental como que las personas tienen derecho a vivir. Que las niñas de una escuela en Minab tenían derecho a vivir. Que los civiles de Teherán tenían derecho a vivir. Que los ciudadanos de los países del Golfo atacados por Irán tenían derecho a vivir.


Va de recordar que los mecanismos que nos hemos dado (imperfectos, lentos, frustrantes a veces) son lo único que nos separa de la barbarie. Que las Naciones Unidas, el derecho internacional, las resoluciones, los tratados, el diálogo… son las herramientas que inventamos para no destruirnos.


Y va de decir en voz alta, sin miedo y sin complejos, algo que no debería ser controvertido: tenemos derecho a la paz. Todos. También los iraníes. También los israelíes. También nosotros.


La democracia se defiende haciéndola. Cada día. En cada conversación, en cada aula, en cada parlamento, en cada organismo internacional. Se defiende escuchando al que piensa diferente. Se defiende reforzando los cauces del diálogo. Se defiende cumpliendo la palabra dada.


Y se defiende, sobre todo, negándose a aceptar que la única solución posible sea la violencia.

Porque no lo es. Nunca lo ha sido.

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.