Que nadie crea lo que ve con sus propios ojos

La izquierda sigue, cuesta abajo y sin frenos, instalada en su relato frente a la verdad, en el slogan frente a la evidencia y en el haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago con el que el presidente del Gobierno, cada vez más previsible y menos resistente, trata de aferrarse un poco más al sillón del poder. La mejor muestra de que para algunos solo importa su versión de la realidad -aunque haya pruebas objetivas de que la están manipulando- tuvo lugar el pasado lunes, en plena calle, a la luz del día, cuando se produjo un incidente que ha servido a los habituales del equipo de opinión sincronizada y sus adláteres para alimentar la tensión que, como ya dijo José Luis Rodríguez Zapatero, es lo que más les conviene. La estrategia pasa por dividir, todavía más a la opinión pública, y poner de manifiesto cómo ciertos sectores de la izquierda construyen historias paralelas que chocan, frontalmente, con la evidencia grabada y documentada.
Así arrancaba el enfrentamiento dialéctico de una conocida tertuliana en espacios de marcado sesgo izquierdista, afines al Gobierno, tras denunciar una agresión física que, presuntamente, había sido promovida y materializada por el periodista Vito Quiles y por un supuesto grupo de ‘matones’ que lo acompañaban. Según la versión de la autoproclamada víctima -vertida de inmediato en redes sociales y amplificada por medios afines- le propinaron golpes, de los que como consecuencia sufrió hematomas visibles, por los que tuvo que acudir a urgencias y que le obligaron a cancelar compromisos profesionales, atendiendo a razones de “salud” y “seguridad”. Hasta apareció en un plató portando un cabestrillo en el brazo y calificó lo ocurrido como un paso más en la deriva hacia el “terrorismo fascista”, con total impunidad.
La respuesta institucional no se hizo esperar. Varios senadores socialistas, junto a representantes de ERC, Bildu, PNV, BNG y Compromís, impulsaron una declaración de condena al “acoso” ejercido por Quiles, al que lejos de describir como periodista, nos guste más o menos su forma de preguntar o de abordar a los políticos, señalaron como una grave amenaza a la libertad de expresión. La senadora Rocío Briones leyó el texto en el hemiciclo, refiriendo empujones y un intento de aproximación violenta. El relato sobre una mujer ‘de las suyas’ agredida por un miembro de la ultraderecha, corrió como la pólvora en los medios habituales y entre los perfiles oficialistas. El mensaje estaba servido, en vísperas del 8-M más descafeinado de la historia de la democracia. El feminismo de pancarta ya tenía a su mártir y cada vez que se hablaba de ella o de lo que, según ella, había ocurrido, la soflama cobraba más fuerza: hay que proteger a las mujeres de la violencia machista y fascista que campa a sus anchas.
Sin embargo, frente a la consigna de la fe ciega, afloraron innumerables grabaciones -realizadas por testigos, por miembros presentes del propio entorno de Quiles y por cámaras de seguridad- que contaban una secuencia, radicalmente, opuesta a la primera versión que vio la luz. Las imágenes, que circularon sin censura en X, YouTube e Instagram, mostraban al reportero Quiles intentando acercarse a la ‘víctima’ en una zona pública del Senado, tras un acto de partido. Y, lo que se veía en ellas era un cerco humano conformado por senadoras, asesores y acompañantes que impedían el paso a Quiles, mientras era grabado y agraviado entre carcajadas por la señora en cuestión: “Botox Quiles, botox quiles”. No había puñetazos, no había empujones directos por parte del periodista, ni un solo contacto, ya no digamos violento, que justificase una denuncia por lesiones. Los roces, si los hubo, procedían del propio grupo envolvente y de la aglomeración de gente rodeando a su musa. Ni rastro de la agresión descrita.
Ante semejante despropósito, por entonces ya judicializado, Quiles reaccionó con rapidez no sólo para negar categóricamente cualquiera de las acusaciones sino para denunciar, asimismo, un linchamiento mediático y legal contra él, anunciando, además, acciones jurídicas por falso testimonio, calumnias y difamación contra quienes buscaban, personalizando en él al enemigo, no sólo señalar al resto de los de su segmento ideológico-mediático sino afectar, definitivamente, su reputación, su credibilidad y lograr lo que tanto tiempo llevan buscando. Silenciarle. Retirarle la acreditación parlamentaria y escarmentar, colateralmente, a quien se atreva a imitarle o replicarle.
El golpe definitivo llegaba el pasado miércoles cuando la magistrada del Juzgado de Instrucción número 23 de Madrid, competente por turno para asumir el caso, rechazó la orden de alejamiento solicitada por la tertuliana. En el auto, ampliamente apoyado en la posición de la Fiscalía, se concluyó que no existían indicios suficientes de delito grave de acoso, ni de lesiones relevantes, en todo caso no correlativas con el encuentro entre la tertuliana y Quiles, y en el legítimo ejercicio de preguntar de este último.
El contraste entre el relato inicial y las pruebas aportadas es abrumador. Y, sin embargo, sigue el viejo patrón conocido de que una mujer lance una acusación contra un hombre, con la máxima virulencia, para activar el engranaje mediático e institucional de la izquierda, que emite su veredicto de condena sin esperar verificación, ni pruebas, ni respeto a la presunción de inocencia; y, cuando las imágenes desmontan la versión, se pasa página en silencio o se minimiza el desmentido o se altera, de nuevo, el resultado jurídico. Es la misma dinámica que ya hemos visto en otros episodios. Lo que importa es priorizar el mensaje político -mujeres víctimas y desvalidas, como si todas lo fuéramos, frente a un agresor que, por la razón que sea, implica un rédito político para su causa ‘feminista’ perversa.
La izquierda, o al menos su ala más ruidosa y mediática, no parece dispuesta a tolerar que la realidad interfiera en su narrativa. Si los vídeos muestran que no hubo agresión, se ignora o se reinterpreta. Si el juez archiva la petición de medidas cautelares, se calla o se busca otro ángulo. El objetivo no es esclarecer la verdad, sino reforzar la pataleta, el mantra de la persecución del machismo estructural y del peligro fascista imaginario. Mientras tanto, la credibilidad del periodismo -y del propio sistema- se resiente cada día un poco más, como la de las verdaderas mujeres víctimas de maltrato, de violencia o de opresión real.
Este caso no es aislado. Es el síntoma de una polarización en la que los hechos ya no importan tanto como el encaje ideológico. Es el resultado tangible de lo que Juan Soto Ivars tan bien desnudó en su “Esto no existe”. La Justicia, por ahora, ha hablado con claridad. Solo nos queda por ver si el discurso fabricado sobrevive a las imágenes o si, por fin, la verdad termina imponiéndose, aunque la izquierda trate de que nadie crea lo que ve con sus propios ojos.




















