Imagen de archivoLa economía de los cuidados ha dejado de ser un asunto doméstico y secundario para convertirse en una cuestión central en el debate económico. El Foro Económico Mundial estima que el trabajo de cuidados no remunerado equivaldría al 9% del PIB mundial. Es una actividad que sostiene la vida cotidiana y permite que funcione el resto del sistema productivo, pero que sigue operando, en gran medida, fuera de los indicadores clásicos de riqueza.
Ese sostén invisible tiene, además, un claro sesgo de género. La Organización Internacional del Trabajo calcula que las mujeres dedican 3,2 veces más tiempo que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado y que, solo por esa carga, 708 millones de mujeres en el mundo estaban fuera de la fuerza laboral en 2023, frente a 40 millones de hombres. La desigualdad en el reparto de los cuidados no solo condiciona la vida en los hogares, también limita la participación laboral femenina y amplía la brecha económica.
La presión sobre este sector irá además en aumento. La OMS prevé que en 2030 una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más, mientras la OIT sitúa en 2.3 mil millones las personas que necesitarán cuidados ese mismo año. El envejecimiento de la población, el aumento de la esperanza de vida y la transformación de las estructuras familiares están elevando la demanda de atención de larga duración, cuidados infantiles y apoyos comunitarios.
Frente a esa realidad, los organismos internacionales insisten en que la economía de los cuidados no debe leerse solo como un coste social, sino también como una palanca de crecimiento. La OIT sostiene que una mayor inversión podría elevar el empleo total vinculado a la economía del cuidado hasta 475 millones de puestos en 2030, lo que supondría 117 millones más que en un escenario sin cambios. En otra estimación posterior, el organismo calcula que ampliar los permisos y los servicios universales de cuidado podría generar casi 300 millones de empleos en 2035. A ello se suma un estudio de la Confederación Sindical Internacional, según el cual invertir el 2% del PIB en cuidados en siete economías avanzadas permitiría crear más de 21 millones de empleos.
Europa ha empezado a mover ficha. La Comisión Europea presentó en 2022 la Estrategia Europea de Cuidados para reforzar el acceso a servicios asequibles y de calidad, tanto en atención infantil como en cuidados de larga duración. Bruselas señala que 18 Estados miembros están utilizando el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia para apoyar reformas en este ámbito y que la alianza sectorial creada para los cuidados de larga duración se ha comprometido a formar cada año hasta 2030 al 60% de la plantilla, unos 3.8 millones de trabajadores.
En España, el Gobierno sitúa esta transformación en la Estrategia estatal 2024-2030 para un nuevo modelo de cuidados en la comunidad, con una dotación inicial de más de 1,300 millones de euros. Según el último panel del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia, publicado en julio de 2025, el 56% de las prestaciones ya se ofrecen en el hogar o en el entorno comunitario, un dato que refleja el giro hacia un modelo menos institucional y más centrado en la proximidad.
La conclusión es cada vez menos discutible, ya que cuidar no es un apéndice sentimental de la economía, sino una de sus bases. La discusión ya no pasa solo por reconocer ese trabajo, sino por decidir cómo se reparte, cómo se remunera y qué papel quieren asumir los poderes públicos en un sector que va camino de convertirse en una de las grandes fronteras del empleo y del bienestar.




