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Opinión |
Beatriz Talegón
Jueves, 19 de Marzo de 2026
Beatriz Talegón

Un rey que baja el tono y sube el nivel

 

Lo primero que llama la atención de las palabras del Rey en México esta semana es el tono que ha decidido emplear. Nada de épica hueca ni de autoflagelación impostada. Reconoce que hubo “mucho abuso” y “controversias morales y éticas” durante la conquista, asume que hay capítulos que hoy “no pueden hacernos sentir orgullosos”, y aun así evita esa dinámica tan tentadora de pedir perdón por todo, a todos y para siempre. No es poco en un tiempo donde la Historia se usa como arma arrojadiza, como un martillo para golpear al adversario político o como un instrumento de chantaje diplomático.


Al elegir ese enfoque, Felipe VI se desmarca tanto de quienes quieren convertir la colonización en una epopeya intachable, como de quienes la presentan como un pecado original que nos marcará de por vida. Es, en el fondo, una invitación a respirar hondo, bajar un par de decibelios y ponernos a hacer lo que una democracia seria debería hacer siempre: estudiar, matizar, contextualizar, aprender.
 

Ni héroes perfectos ni monstruos únicos


Uno de los problemas del debate sobre la conquista es que se ha instalado en dos caricaturas: la leyenda rosa y la leyenda negra. En la primera, España habría llevado la luz, la fe, el progreso y la civilización a unos pueblos que vivían en una especie de oscuridad permanente. En la segunda, España aparece casi como una anomalía monstruosa, el único imperio capaz de la crueldad, de la explotación y del exterminio. Ninguna de las dos versiones hace justicia a lo que realmente ocurrió.


Claro que hubo barbaridades por parte de los conquistadores: matanzas, trabajos forzados, imposición violenta de estructuras de poder, destrucción de culturas y un impacto demográfico brutal. Y claro que hoy eso nos provoca rechazo, rabia y tristeza. Pero tampoco podemos olvidar que muchos de los grandes imperios precolombinos, como el mexica o el inca, se habían construido también sobre guerras de expansión, sometimiento de pueblos vecinos, tributos asfixiantes e incluso sacrificios humanos. No se trata de hacer un “y tú más”, sino de entender que la violencia estaba presente en todas las partes implicadas, cada una a su manera.


Eso no blanquea nada. Al contrario: nos obliga a dejar de pensar en términos de “buenos” y “malos” para preguntarnos por qué, una y otra vez, la humanidad ha recurrido a la barbarie para organizar el poder, la riqueza y el territorio. Y a partir de ahí, preguntarnos qué hemos aprendido y qué queremos hacer distinto hoy.
 

También hubo conciencia y debate


Hay otro aspecto que casi nunca se cuenta, porque no encaja bien en ninguno de los relatos simplistas: desde muy pronto, dentro de la propia Corona española hubo voces que se plantaron. Teólogos, juristas, religiosos, cronistas… personas que vieron con horror lo que estaba ocurriendo y se atrevieron a decirlo. El famoso debate sobre la legitimidad de la conquista, las discusiones sobre si los indígenas eran súbditos con derechos o simples piezas de explotación, las normas dictadas sobre el papel para protegerles, muestran que incluso en pleno siglo XVI había conciencia de que allí se estaban cruzando líneas. Y de manera muy tranquila, el rey también ha soltado esta idea, la de las leyes que se redactaban, y la realidad que se imponía.


Es verdad que muchas de esas leyes se incumplían de forma sistemática. Es verdad que el interés económico fue, demasiadas veces, mucho más fuerte que cualquier escrúpulo moral. Pero esa tensión entre la codicia y la conciencia, entre el abuso y el intento –a veces torpe, a veces hipócrita– de poner límites, forma parte de nuestra herencia. Ahí está el germen de algo que, siglos más tarde, llamaremos derechos humanos.
 

Del pasado que duele al futuro que importa


Cuando hoy hablamos de aquellos abusos, no lo hacemos para recrearnos en la culpa ni para competir en el ranking mundial de atrocidades. Lo hacemos porque necesitamos entender de dónde viene la idea de que ningún ser humano puede ser tratado como objeto, esclavo o despojo. La Declaración Universal de los Derechos Humanos no cayó del cielo: es hija de muchas barbaries acumuladas, de muchas luchas, de muchos “nunca más” pronunciados después de guerras, genocidios y esclavitudes.


Lo interesante de las palabras del Rey es que señalan precisamente eso: que no podemos juzgar el siglo XVI como si sus protagonistas hubieran tenido nuestro marco jurídico y moral, pero sí podemos –y debemos– usar nuestro marco actual para leer críticamente lo que pasó y decidir qué tipo de sociedad queremos ser hoy. No se trata de perdonarnos o condenarnos por lo que hicieron otros, sino de asumir que tenemos la responsabilidad de no repetir, con otros nombres y otros métodos, aquello que ahora sabemos que fue intolerable.
 

Estudiar la Historia sin miedo… ni consignas


España no necesita un relato heroico sin grietas, ni un eterno ejercicio de autofustigación. Lo que necesita es una relación adulta con su propia historia. Eso implica aceptar que fuimos capaces de construir universidades, imprentas y ciudades en América, de fusionar lenguas, tradiciones y culturas, y al mismo tiempo asumir que todo eso convivió con violencia, racismo, explotación y silencios forzados. Las dos cosas son verdad. Y sólo si aceptamos las dos podremos mirarnos al espejo sin complejos.


Por eso es tan importante defender el estudio serio de la Historia frente a las consignas políticas, los titulares fáciles y los intereses del momento. Nos hará bien a todos –aquí y al otro lado del Atlántico– leer a los historiadores, escuchar las voces indígenas, revisar los archivos, conocer los matices. Porque cuanto más compleja sea la mirada, más puntos de encuentro encontraremos entre sociedades que, a día de hoy, comparten idioma, lazos familiares, comercio, cultura y retos comunes.


No necesitamos pedir perdón por algo que no hicimos nosotros, pero sí necesitamos entender bien lo que pasó para ser mejores ahora. De eso, y no de otra cosa, va la madurez democrática. Y quizá por eso las palabras de Felipe VI, sin aspavientos ni grandilocuencias, han sonado a algo tan poco frecuente en estos tiempos: sentido común.

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