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SEMANA SANTA

Las mujeres en la Semana Santa, una disputa que sigue recorriendo cofradías y tribunales

La exclusión de las mujeres en una cofradía valenciana contrasta con los pasos dados en buena parte de la Región, donde ya hay estantes, presidentas, escoltas y juntas con presencia casi paritaria

Alba Molina Jueves, 26 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:
Paso de La Samaritana de Cartagena - Juan Ramón EscuderoPaso de La Samaritana de Cartagena - Juan Ramón Escudero

La decisión de la Cofradía de la Purísima Sangre de Sagunto de mantener fuera a las mujeres de la procesión ha vuelto a abrir una discusión que nunca terminó de cerrarse del todo. La asamblea rechazó cambiar sus estatutos por 267 votos frente a 114, y esa votación ha llevado al Gobierno a iniciar el expediente para retirarle a la Semana Santa saguntina la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional.

 

Lo ocurrido en Sagunto no es un episodio aislado ni una rareza local. El Tribunal Constitucional ya dejó claro en 2024, en el caso de la Esclavitud del Cristo de La Laguna, que impedir la entrada de mujeres por razón de sexo vulnera el derecho a la igualdad y no puede ampararse sin más en la autoorganización interna de una hermandad. La resolución marcó un precedente, aunque no ha bastado para cerrar un debate que reaparece cada vez que una cofradía intenta blindar como tradición lo que hoy choca de frente con el principio de no discriminación.

 

En la Región de Murcia, sin embargo, el paisaje empieza a dibujarse de otra manera. No porque todo esté resuelto, ni mucho menos, sino porque la incorporación de la mujer ya no se limita a papeles secundarios o simbólicos. En Murcia capital, por ejemplo, Sole Ruiz será este año la primera mujer que porte al Cristo de la Sangre, titular de la procesión de Los Coloraos. Y no es un gesto aislado. También hay mujeres al frente de cofradías: Elena Olmos preside el Cristo Yacente; Inmaculada Martínez, Servitas; Elvira Mompeán, el Resucitado; y Luisa María Rodríguez, la Fe.

 

Cartagena es, quizá, el mejor ejemplo de esa doble velocidad: una Semana Santa donde la mujer ha ganado presencia y mando, pero donde todavía sobreviven resistencias muy concretas. Sigue reciente el caso de la Agrupación de Granaderos de la Cofradía Marraja, después de que una mujer y su hija denunciaran que no se les permitía desfilar en ese tercio, concebido como recreación de la infantería de Marina del siglo XVIII. El asunto llegó al Defensor del Pueblo y al Ministerio de Igualdad, que apreciaron indicios de una posible discriminación por razón de sexo. La cofradía defendió entonces que no existía exclusión general hacia las mujeres y apeló al criterio histórico de la agrupación, pero la polémica terminó escalando también en la vía eclesiástica: primero la Diócesis de Cartagena avaló el veto y después el Tribunal Metropolitano del Arzobispado de Granada anuló esa resolución.

 

Así, en la ciudad portuaria, durante años, la presencia femenina quedó más vinculada al acompañamiento o al trabajo interno, pero esa imagen hace tiempo que empezó a cambiar. Hoy las mujeres participan como portapasos, músicas o responsables de agrupaciones. Y el cambio se ha hecho visible también arriba, en los puestos de mando. Marien García, presidenta del Resucitado, fue además la primera mujer en presidir la Junta de Cofradías de Cartagena, una señal clara de que el acceso femenino ya no se queda en la orilla.

 

Ese movimiento se repite, con sus matices, en otros puntos de la Región. En Lorca, la presencia femenina en distintos espacios de la Semana Santa forma parte ya de la realidad desde hace años. En Águilas, Isabel Sánchez Segura se incorporará este 2026 como primera mujer escolta de la Virgen de los Dolores. En Jumilla hay varias presidentas de hermandades y la Hermandad de la Virgen de la Soledad ha modificado sus estatutos para permitir que los hombres procesionen con túnica. En Cieza, mientras tanto, la paridad está prácticamente normalizada: cinco de los once integrantes de la directiva de la Junta de Hermandades Pasionarias son mujeres.

 

Por eso, el caso de Sagunto impacta tanto. Porque llega en un momento en el que en casi todas las ciudades de España ya han empezado a asumir que la participación de la mujer no rompe nada esencial, ni vacía de sentido la tradición, ni desfigura el rito. Más bien obliga a revisar inercias y a desmontar privilegios que durante décadas se dieron por naturales. Ahí está el verdadero conflicto. No entre fe y cambio, sino entre una forma de entender la tradición como legado compartido y otra que todavía la reserva, llave en mano, para unos pocos.

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