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SEMANA SANTA

El Cristo del Refugio "silencia" Murcia en la noche de Jueves Santo

El murmullo cotidiano de la ciudad se apaga y la capital del Segura se transforma en un templo al aire libre

José Antonio Muñoz Viernes, 03 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
El Cristo del Refugio silencia la ciudad de Murcia.El Cristo del Refugio silencia la ciudad de Murcia.

 

La noche del Jueves Santo cae lentamente sobre la ciudad de Murcia, y con ella llega uno de los momentos más sobrecogedores de su Semana Santa: la procesión del Santísimo Cristo del Refugio, conocida popularmente como la del “Cristo del Silencio”.

 

A las puertas de la iglesia de San Lorenzo Mártir, la luz parece rendirse. Dentro, apenas unas velas dibujan sombras temblorosas sobre los rostros ocultos de los nazarenos. Todo está dispuesto. No hay voces. No hay música. Solo espera.

 

A las diez en punto, el seco sonido de tres golpes rompe la quietud. Es la señal. Las puertas se abren y la procesión comienza a fluir hacia la noche murciana. Desde ese instante, el silencio deja de ser ausencia de ruido para convertirse en protagonista absoluto. Un silencio denso, compartido, casi sagrado.

 

El cortejo avanza con paso lento. Los nazarenos, cubiertos con túnicas oscuras, caminan sin pronunciar palabra, cumpliendo un voto que empieza incluso antes de salir de sus casas y que no termina hasta el regreso. Las calles, parcialmente a oscuras, parecen contener la respiración. El murmullo cotidiano de la ciudad se apaga y Murcia entera se transforma en un templo al aire libre.

 

En el centro de todo, elevado sobre los hombros de sus portapasos, emerge la imagen del Cristo. No es solo una talla: es memoria, fe y herencia. Generaciones enteras han acompañado su caminar en una tradición que trasciende lo religioso para convertirse en identidad colectiva.

 

No hay bandas, ni aplausos, ni indicaciones. Solo el leve sonido de los pasos, el roce de las telas y, en ocasiones, algún canto lejano que se desvanece en la noche. Es una procesión que no se mira: se siente.

 

El momento culminante llega con el regreso al templo. Los nazarenos se arrodillan formando un pasillo de respeto. El Cristo avanza entre ellos en una escena cargada de emoción contenida. Nadie habla. Nadie rompe ese pacto invisible que une a todos los presentes.

 

Y así, cuando las puertas de San Lorenzo vuelven a cerrarse, la ciudad recupera poco a poco su pulso. Pero algo queda suspendido en el aire: la huella de un silencio que, lejos de ser vacío, ha estado lleno de significado.

 

Porque en Murcia, cada Jueves Santo, el silencio también habla.

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