La Oración en el Huerto de Salzillo.
La mañana del Viernes Santo se abre paso en Murcia con una luz clara, casi dorada, que parece hecha a medida para uno de sus momentos más emblemáticos: la procesión de los Salzillos. No es una procesión cualquiera; es un encuentro entre la fe y el arte, entre la devoción popular y la genialidad de Francisco Salzillo.
Desde la iglesia de Jesús, sede de Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, comienza a formarse el cortejo. Los nazarenos, con sus características túnicas moradas, aportan una nota de color inconfundible en una mañana que mezcla recogimiento y expectación. Pero aquí hay algo distinto: el silencio no es absoluto, ni la solemnidad es rígida. En Murcia, el Viernes Santo también sabe a tradición viva, cercana.
Y entonces aparecen ellos: los pasos de Salzillo
Uno a uno, los grupos escultóricos van saliendo a la calle como si el tiempo se detuviera. La Oración en el Huerto, El Prendimiento, La Flagelación… escenas talladas en madera que parecen respirar, que transmiten emoción en cada gesto, en cada pliegue, en cada mirada. No son solo imágenes religiosas: son auténticas obras maestras del barroco español desfilando por la calle.
El público no se limita a observar: participa. Hay aplausos, comentarios en voz baja, miradas que se detienen en los detalles. Los estantes avanzan con ese paso característico, acompasado, que hace que las figuras cobren vida. Es como si Murcia entera caminara con ellas.
Uno de los momentos más esperados llega con la aparición de Nuestro Padre Jesús Nazareno. La emoción se hace más visible, más compartida. Es la imagen que da sentido a todo el desfile, el eje en torno al cual gira la mañana.
Las calles del casco histórico, bañadas por la luz del día, se convierten en un museo efímero. Balcones llenos, aceras abarrotadas, niños sobre los hombros de sus padres: generaciones distintas unidas por una misma tradición. Aquí no hay distancia entre obra y espectador; todo sucede a pocos metros, casi al alcance de la mano.
Cuando la procesión regresa a su templo, la ciudad queda con una sensación difícil de explicar. No ha sido solo un acto religioso ni solo un desfile artístico: ha sido una experiencia compartida, una forma de entender la identidad murciana.
Porque en la procesión de los Salzillos, cada Viernes Santo, el arte sale a la calle… y Murcia se reconoce en él.




