El Cristo del Perdón recorre las calles de Lorca.
La tarde del Jueves Santo vuelve a latir con fuerza en Lorca cuando llega el turno de una de sus escenas más esperadas: la procesión del Cristo del Perdón. En medio del esplendor de los desfiles bíblico-pasionales, este momento introduce un matiz distinto, más recogido, donde la emoción se impone al espectáculo.
El paso de Cristo del Perdón avanza entre la multitud con una solemnidad que contrasta con la intensidad de caballos, bordados y carrozas que caracterizan el Jueves Santo lorquino. Aquí, la mirada se centra en la figura de Cristo, en su gesto sereno, en ese mensaje de misericordia que atraviesa generaciones.
Las tribunas guardan un respeto casi instintivo. El bullicio se atenúa, los comentarios se apagan y la avenida se convierte, por unos instantes, en un espacio de silencio compartido. Es uno de esos momentos en los que la ciudad parece recordar que, más allá de la rivalidad entre pasos y del despliegue artístico, el origen de todo está en la fe.
El cortejo que acompaña al Cristo del Perdón mantiene una cadencia firme. Los nazarenos avanzan con paso medido, mientras la iluminación resalta los detalles de la imagen, creando un juego de luces y sombras que intensifica su expresividad. No hay prisa: cada metro recorrido parece pensado para ser vivido.
A su paso, algunos espectadores se descubren la cabeza, otros guardan silencio absoluto, y no faltan quienes contienen la emoción. Es una escena íntima dentro de un marco grandioso, un instante de recogimiento en medio de una celebración multitudinaria.
Cuando el Cristo continúa su recorrido y se aleja, el pulso del desfile vuelve a crecer. Regresan los aplausos, el sonido de los cascos de los caballos, el brillo de los bordados. Pero algo queda flotando en el ambiente: la huella de ese paso que, sin necesidad de grandes artificios, ha logrado detener el tiempo.
Porque en Lorca, incluso en el corazón del espectáculo, hay lugar para la introspección. Y el Cristo del Perdón lo recuerda cada Jueves Santo con una presencia que no necesita palabras.




