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Opinión |
María Jamardo
Sábado, 04 de Abril de 2026
María Jamardo

Un nuevo orden mundial

 

Cuando el presidente de los EE.UU., Donald Trump, se dirigió a la nación el pasado miércoles en un discurso en prime time, no dejó lugar a dudas: los objetivos estratégicos centrales de la operación militar contra Irán están “cerca de completarse”. Tras poco más de un mes de intensos bombardeos conjuntos con Israel, iniciados el 28 de febrero, el líder republicano afirma haber asestado golpes decisivos al régimen de los ayatolás. La Armada iraní ha desaparecido, con más de 155 buques dañados o destruidos, miles de objetivos militares han sido alcanzados —más de 12.300 según datos del Comando Central estadounidense— y el arsenal de misiles y drones de la teocracia, severamente degradado. Irán, ese “matón del Oriente Medio” que durante décadas amenazó con su programa nuclear y su red financiada de proxies terroristas, diseminados estratégicamente en Gaza, Líbano o Venezuela, ya no representa la misma amenaza existencial.


Los hechos sobre el terreno respaldan, en gran medida, esta narrativa de éxito militar. Y, así, frente al escepticismo de muchos detractores de Trump, por ser Trump, los ataques iniciales eliminaron al líder supremo Ali Jamenei y a altos mandos de la Guardia Revolucionaria Islámica, decapitando temporalmente la cadena de mando. La superioridad tecnológica y operativa de las fuerzas estadounidenses e israelíes ha sido abrumadora: precisión quirúrgica en instalaciones nucleares, fábricas de armamento y centros de control.

 

Por ello, el líder estadounidense ha comparado esta campaña de 32 días con conflictos históricos mucho más prolongados, inaugurados por predecesores como Biden u Obana, destacando que “las victorias han sido rápidas, decisivas y abrumadoras, como pocas se han visto”. No en vano, fuentes militares confirman que la capacidad ofensiva de Teherán ha quedado dramáticamente reducida, y que el régimen lucha por mantener el control interno frente a las protestas civiles, paso previo a la intervención exterior, y las deserciones de elementos clave, en sede doméstica.

 

Sin embargo, la realidad de esta guerra no es un desfile triunfal sin sombras. Irán, pese a sus pérdidas, cerró el Estrecho de Ormuz, estrangulando el flujo de petróleo global y provocando una crisis energética que ha disparado los precios del combustible en todo el mundo. Un escenario que ha transformado el conflicto originario en una “guerra de necesidad” para Washington, según la mayoría de los analistas, donde la apertura de la ruta marítima se ha vuelto prioritaria para buena parte del mundo Occidental consciente del ultimátum implícito de Trump: en las próximas dos o tres semanas se intensificarán los golpes “extremadamente duros” para rematar la faena, pero con la vista puesta en una pronta retirada de la caballería que apuesta por ceder el testigo a otros actores regionales —como los países del Golfo, enemigos íntimos de los ayatolás— la responsabilidad de garantizar la seguridad del estrecho. “Si no pueden conseguir combustible, que se involucren”, ha dicho el presidente americano, con su característico pragmatismo. Y pese a que no hay tropas terrestres masivas en el horizonte inmediato, el Pentágono ha preparado movilizaciones contingentes en un contexto en el que las bajas del régimen iraní superan los 2.000 muertos y se han reportado del orden de 26.500 heridos por los ataques, según estimaciones oficiales, con daños colaterales inevitables en una operación de esta envergadura.


Esta victoria parcial —porque aún no es total mientras Ormuz siga bloqueado— contrasta con la actitud de los aliados europeos. Un factor que, sin duda, ha influido en la decisión más trascendental de Trump, hasta la fecha, en materia de política exterior: su amenaza de abandonar la OTAN e incluso contribuir a su desmantelamiento efectivo. El presidente ha sido claro: “Estoy considerando seriamente salir de la OTAN. Es más allá de reconsideración. Siempre supe que era un tigre de papel”.

 

La razón es evidente y justificada: mientras Estados Unidos libra una guerra contra un régimen que amenazaba con armas nucleares al resto del mundo tal y como lo conocemos y desestabilizaba una región amenazada, los socios europeos —con el Gobierno de España en cabeza, como máximo exponente de la traición— han brillado por su ausencia. Ni envío de buques para ayudar en las labores de reapertura del estrecho, negativa a los derechos de base (Rota y Morón) para logística, escala o repostaje, pese a los Tratados vigentes; y, hasta cierre del espacio aéreo.

 

El viejo continente ha preferido sumergirse en una lectura moralista desde Bruselas antes que asumir riesgos reales. Algo que Trump respondió sin rodeos:  “Sin EE.UU., la OTAN no es nada”. Tiene razón y, lo que es todavía peor, sus todavía ‘socios’ de le UE (que no han sido capaces de conformar una verdadera comunidad política, ni pactar sistemas conjuntos de defensa como un ejército propio), lo saben.
 

La consecuencia directa de esta postura es el debilitamiento estructural de la Alianza. Trump no necesita escenificar una salida formal —que requeriría aprobación del Senado— para desmantelar la Organización Atlántica en la práctica: basta con reducir el compromiso estadounidense, retirar recursos progresivamente y dejar claro que Washington no financiará de manera indefinida la seguridad de un continente que se niega a gastar el 2% de su PIB en defensa, como se comprometió. Países como Polonia o los bálticos, más conscientes del peligro ruso, ven con alarma cómo Europa queda expuesta. Macron y otros líderes europeos han reaccionado con indignación, pero su “disgusto” suena hueco: ¿dónde estaban cuando EE.UU. necesitaba apoyo concreto en Ormuz? La OTAN, concebida para defender Occidente del comunismo soviético, imprescindible para seguir conteniendo la amenaza expansionista rusa y los alargados tentáculos de la dictadura China, ha quedado relegada a un club de amiguetes, políticamente correctos, donde América sigue poniendo el músculo y Europa las constantes quejas.



Así las cosas, la decisión de Trump acelera un realineamiento histórico. Mientras su país se centra en su propio interés nacional, el desmantelamiento efectivo de la OTAN obligará a Europa a despertar, hacerse mayor y valerse por sí misma, asumiendo que ya no puede depender de Washington como paraguas eterno. Para España, por ejemplo, esto implicará revisar su postura cómoda de depender de la Quinta Flota o de bases compartidas, desde el activismo de salón del “No a la guerra”, sin reciprocidad real. Las consecuencias geopolíticas son profundas. Y ante lo que se cierne, Rusia y China observan con atención, identificando las grietas que podrían explotar y con Putin celebrando, de manera velada, la fractura transatlántica que, en una contradicción manifiesta sí apoya a Ucrania, como barrera de contención, y sufraga sus armas.



La guerra contra Irán ha revelado dos verdades tan incómodas como irrefutables. La primera, que la superioridad militar estadounidense sigue siendo decisiva cuando se emplea con determinación, logrando en semanas lo que otras administraciones no consiguieron en años o décadas. La segunda, que la era de la OTAN como alianza asimétrica ha tocado a su fin. Trump no está aislando a América, está liberándola de cargas obsoletas y obligando a Europa a despertar. El precio de la energía sube, temporalmente, hay tensiones diplomáticas y el régimen iraní agoniza, pero resiste. Sin embargo, el balance es netamente positivo para la seguridad occidental: un Irán debilitado, sin capacidad nuclear inmediata y una OTAN que, si supera este desafío, saldrá reformada.
 

Occidente necesitaba este reset. Trump lo está ejecutando con la crudeza que caracteriza su estilo impopular. Quizás porque no es un político profesional al uso, sino un empresario, con mentalidad ganadora, al frente de un proyecto ejecutivo. La historia juzgará si lo suyo fue valentía o imprudencia; por ahora, los datos militares y la pasividad europea inclinan la balanza hacia la primera opción. El futuro de la paz en Oriente Medio y la defensa de Europa dependerán de si los aliados afrontan la realidad antes de que sea muy tarde para todos.

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