Procesión de la Vera Cruz de Cartagena.
La ciudad de Cartagena volvió a sumirse en el silencio y la solemnidad del Sábado Santo con la procesión del Santo Entierro, uno de los desfiles más sobrecogedores de su Semana Santa y antesala del cambio de tono que llegará con la Resurrección.
Al caer la tarde, el casco histórico comenzó a llenarse de un público respetuoso que aguardaba la salida del cortejo desde su sede habitual. La oscuridad, apenas rota por la iluminación de los hachotes, envolvió una procesión marcada por el recogimiento y la sobriedad, en contraste con la luminosidad que caracteriza al día siguiente.
Los tercios, perfectamente formados, avanzaron con la precisión que distingue a las cofradías cartageneras, en un desfile donde cada movimiento, cada pausa y cada giro responden a una coordinación milimétrica. El sonido seco de los tambores y el acompasado paso de los penitentes marcaron el ritmo de una noche cargada de simbolismo.
El protagonismo recayó en los tronos que representan el traslado de Cristo al sepulcro, con escenas que invitan al silencio y a la contemplación. La elegancia de los portapasos y la cuidada estética de cada agrupación contribuyeron a crear una atmósfera única, en la que la ciudad pareció detenerse al paso de la procesión.
A lo largo del recorrido, calles y plazas se convirtieron en escenarios de respeto absoluto, con un público que acompañó en silencio el discurrir del cortejo. Solo la música fúnebre y el sonido de los tambores rompían la quietud de una noche que, un año más, volvió a evidenciar el profundo arraigo de esta tradición en Cartagena.
El buen tiempo permitió el desarrollo completo del desfile, favoreciendo la asistencia de numerosos visitantes que no quisieron perderse uno de los momentos más intensos de la Semana Santa local.
Con la recogida del último tercio, Cartagena cerró el capítulo más sobrio de su Semana Santa, preparando el ánimo para la alegría del Domingo de Resurrección. La procesión del Santo Entierro volvió así a reafirmarse como uno de los actos más emotivos y representativos, donde la ciudad se entrega al silencio antes de la celebración final.




